En una ciudad como Guadalajara, donde su Ayuntamiento se gasta cada año 100 millones de euros y eso no acalla las críticas a su gestión, el que una tienda abra sus puertas no debería ser motivo de preocupación. Más que nada porque las soluciones se esperan para problemas de más enjundia.
En este caso, sin embargo, la llegada de una nueva tienda lo que ha provocado es la irritación entre bastantes de quienes han pasado por delante y han visto la gama de colores empleada con vistas a la calle Miguel Fluiters, que es donde se asienta.
Para el 4 de septiembre esta anunciada la apertura de este comercio en tan céntrica ubicación. Para vender frutas y «verdyras», según se anuncia tan a todo color.
Hasta el momento, el asunto ya ha saltado a las redes sociales, dispuestas siempre a entrar en ebullición. De los responsables municipales, por ahora, ni palabra. Para tranquilidad de los promotores del negocio hay que destacar que no escasean los buenos deseos, aunque sin olvidar la sorpresa despertada por la estética, que ha tenido algún antecedente más allá de Santo Domingo.

Lo que se preguntan los vecinos perplejos es cómo se ha autorizado semejante colorido, más aún en una de las calles más transitadas y céntricas de la capital alcarreña. ¿No contraviene ninguna normativa este caso concreto cuando una ordenanza obliga a los dueños de los inmuebles a mantenerlos pintados inexorablemente con tonos crema o tierra, por ejemplo, para no desentonar?
Confiemos en que haya sido un despiste en tiempo de verano. Ostentóreo, como diría Jesús Gil, pero despiste enmendable.
Un misterio más de una ciudad que, por cierto, se dispone a llevarnos a la Edad Media.


