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12 julio 2024
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ATILANO RODRÍGUEZ / Sólo Dios es omnipotente

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El pasado día 13 de marzo, el Presidente del Gobierno de España decretaba el estado de alarma en todo el territorio nacional para hacer frente a la emergencia provocada por el coronavirus (covid 19). Ante el temor que esta epidemia en expansión está generando en la sociedad, todos hemos de actuar con serenidad y responsabilidad, procurando el bien de nuestros semejantes y colaborando con las autoridades civiles y sanitarias para frenar la epidemia e impedir los riesgos de contagio a los más débiles.

En medio de la preocupación y creciente ansiedad que muchas personas manifiestan, es bueno que todos contemplemos nuestra fragilidad y limitación, teniendo en cuenta que no somos omnipotentes. A pesar de los avances de la técnica y de los descubrimientos científicos, en los que tantas personas ponen su confianza y su esperanza, un simple virus está provocando desconcierto, inestabilidad laboral, crisis económica y oscuridad ante el futuro en todos los países de la tierra.

Para todos los ciudadanos, la extensión del coronavirus es una llamada a practicar la solidaridad y a cuidar de las personas más débiles, abriendo el corazón a quienes no cuentan con los medios necesarios para responder a esta pandemia. Cada persona, creyente o no creyente, tiene ante sí una preciosa ocasión para practicar la fraternidad, para descubrir el valor de los otros y para ejercer la solidaridad con los vecinos, compañeros de trabajo y, especialmente, con los hermanos más necesitados.

En el tiempo cuaresmal, tiempo de gracia y de salvación, no podemos dejar de escuchar la llamada de Dios a la conversión, dándole gracias al mismo tiempo por los médicos, enfermeras y por cuantos trabajan en los hospitales. Ellos, a pesar de estar expuestos a la infección y al contagio de la enfermedad, cada día arriesgan su vida buscando la salud de todos los enfermos. Son los buenos samaritanos que no pasan indiferentes ante quien está tirado y malherido en el camino, sino que se bajan de su cabalgadura para acercarse, acompañar y curar las dolencias de sus pacientes.

Para los cristianos, este momento es una llamada a no cerrarnos sobre nosotros mismos. Si no podemos reunirnos en nuestras asambleas para celebrar la fe en Jesucristo, como solemos hacer ordinariamente, Dios nos ofrece la posibilidad de mirarnos interiormente para descubrir su presencia en nuestras vidas, para acoger la luz de su Palabra y para experimentar que, también en la enfermedad y la limitación, Él quiere ser nuestro compañero de camino y nuestra firme esperanza.

Elevemos nuestra oración a Dios por quienes nos gobiernan, por las personas que mueren cada día, por quienes están ingresados en los hospitales, por las familias de los enfermos y por el personal sanitario para que no les falten las fuerzas en su servicio diario. De este modo, podremos aprovechar esta situación inesperada para crecer interiormente, para vencer el miedo, abriéndonos a la trascendencia y practicando la solidaridad con quienes más lo necesiten.

Con mi sincero afecto, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez es Obispo de Sigüenza-Guadalajara