Texto: Augusto González Pradillo
Fotos: María Alonso y Augusto Glez.
El 7 de julio de 2026, habrá dos clases de corredores: los que intenten «coger toro» en la calle Estafeta de Pamplona y los que pedaleen en la cuarta etapa del Tour de Francia. Nos interesan estos últimos.
Los aficionados al ciclismo van a poder seguir cómodamente en el televisor los 182 kilómetros de recorrido desde Carcasona a Foix, entre el Aude y el Ariége, tierra de increíbles paisajes, historia medieval, castillos cátaros y muchas sorpresas.
Los de la «serpiente multicolor» del tópico ciclista no disfrutarán de las vistas tanto como tú a través de la retransmisión. Y sobre todo, no podrán aprovechar las muchas pistas que te facilitamos en este reportaje, más intenso que extenso, para que se te quite cualquier duda sobre tu próximo destino solo, en pareja o en familia.
¡Vamos allá! On y va!
Carcasona
Si hay una ciudad medieval en Francia que no decepciona, esa es Carcasona. Gracias al esfuerzo restaurador a mediados del siglo XIX de Eugène Viollet-le-Duc y Prosper Mérimée, podemos tener ante nosotros una auténtica ensoñación.
Desde España habrás llegado en coche o, si es por vía aérea, a través de Toulouse… y en coche, tras alrededor de una hora de camino, por autopista.
Si buscas hotel, tienes mucho donde elegir, sin que los precios sean demasiado problema. Una buena opción es el Hôtel du Chateau, al pie de de la ciudadela… nuestro objetivo.
Al igual que casi todos los que se acercan hasta aquí, entrarás por la Porte Narbonaisse, custodiada por una reproducción de la estatua de la Dame Carcas, un personaje de leyenda bastante inverosímil, una pretendida heroína sarracena a quien atribuyen, también de formaba fabulada, el origen del nombre de Carcasona. El original en piedra se puede ver, maltratado por el paso del tiempo, en una de las salas del museo.
Mirando a los lados antes de entrar en la villa medieval verás el terreno para las lizas que quedó entre las dos murallas. Hasta la reconstrucción del siglo XIX fue el barrio de los más humildes, que adosaban sus casas contra el muro.
Franqueada la puerta de la muralla, ya estamos en la vorágine de la rue Cros-Mayrevieille, que será nuestra primera parada, puesto que allí se encuentra la Oficina de Turismo, con empleados amabilísimos y un reciente atractivo multimedia: ponte las gafas de realidad virtual y disfruta de un buen rato recreando, en 360 grados, la historia de la ciudad de un modo realmente ameno y divertido.



Carcasona, ya lo estás intuyendo, es un lugar donde los pequeños de la casa disfrutan a sus anchas. Y los adultos, también. A conseguirlo contribuye desde hace poco un escape game de lo más entretenido, junto con un campamento medieval que no habría que dejar pasar por las muy variadas actividades que ofrece y los buenos ratos que garantiza.
A poco que camines estarás ya en la Plaza del Castillo, fortaleza que dejaremos para después. Ahora es momento para tomar fuerzas, bien en una terraza de las muchas a nuestra disposición o, mejor aún, con uno de los trucos que te contamos:
• Trucos y recomendaciones en Carcasona •
Entre el Hôtel de la Cité, al que pertenece, y la basílica encontrarás «La Boulangerie de la Cité», donde aprovisionarte de panes excelentes, reportería tentadora y mucho más. Lo que compres allí puedes comerlo a tus anchas y a la sombra justo enfrente, en una terraza con jardín sólo para los clientes del establecimiento. Aprovéchalo.




El mejor hotel de Carcasona, cuya boulangerie ya conocemos, te permite también darte un homenaje asequible para el mediodía. Tiene un menú de precio contenido al mediodía que no desentona del magnífico entorno, entre la iglesia y el castillo, dentro de unos jardines encantadores. La carta, por la noche, es para bolsillos más fuertes.
Si se te ha hecho tarde para los horarios franceses, puedes asomarte a Au Four Saint Louis, que ocupa desde hace dos meses el que fuera una de los restaurantes más prestigiosos restaurantes y que mantiene su local de origen. Terraza agradable para una carta imaginativa. Y si te apetece pizza, no dudes en pedirla.
Desde la basílica al castillo, mucho que ver
La basílica de Saint-Nazaire y su torre se asoma al viajero desde casi cualquier calle. Se alza incluso sobre los jardines más recoletos.
Hay que asomarse para ver cómo en su interior destacan las vidrieras, herencia de una construcción a mitad de camino del románico y el gótico. Analizar sus mensajes ocultos lleva un buen rato, bastante placentero. Luego, antes de salir del templo, quizá sea buena idea caer en la cuenta de una Piedad policromada, de una infinita tristeza.
El castillo requiere algo más de tiempo.
Situado en el corazón del barrio medieval de Carcasona, el imponente castillo de los Vizcondes de Carcasona fue construido en el siglo XII por los Trencavels, siendo modificado en los siglos siguientes. El precio de la entrada para adultos varía de los 13 euros a los 19, según la época del año.
Si puedes, contrata una visita guiada: los guías locales suelen contar anécdotas fascinantes que no encontrarás en las guías turísticas. ¡No olvides tu cámara, porque cada rincón es una postal



Una propina: cardar la lana en la «bastide»
El turista, que queda deslumbrado por la ciudadela medieval, no siempre se deja caer por la Bastide, que es la ciudad que se extiende a sus pies desde hace siglos.
Para enmendar el error y abrirse el apetito de explorar más, basta con acercarse a la Casa de la Lana y de la Tela, en el 77 de la rue Trivalle. La experiencia te enganchará.
Además de entender mejor lo mucho que Carcasona debe a la industria textil (mientras existió) disfrutarás como un niño aprendiendo todo el proceso de elaboración de los tejidos de lana. De oveja merina española, naturalmente.
Lagrasse
A media hora de coche desde Carcasona está Lagrasse. Antes de pasear por su caserío habremos cruzado por viñedos que aprovechan el terreno que surge de vallejo en vallejo, en una región que empieza a anunciar lo encrespado que se va a poner todo camino del sur en nuestro viaje.
Es este un pueblo que da gusto andar, apiñado a un lado del río, con su mercado auténticamente medieval, cubierto, y numerosas fachadas llenas de encanto.








No será el vino la primera sorpresa de este «País Cátaro». Como contraste a la fugacidad de la herejía, el poder de la Iglesia Católica permanece hecho piedra.
Así, al buscar la oficina de turismo de Lagrasse, uno se la encuentra al lado de la iglesia de Saint-Michel. Se la trajeron en el siglo XIV desde la otra orilla del Orbieu, por alejar la parroquia siquiera físicamente del poder del abad.
El control por estos lugares no era sólo político o religioso sino esencialmente económico, como denotan los artesonados pintados de esa época que se acaban de descubrir y que se exponen en la Casa del Patrimonio. Burgueses de burgo, capaces de hacer dinero.


Pero es al cruzar el Puente Viejo cuando todo cobra un nuevo sentido. En este tiempo no hay que pagar peaje aquí (si en las autopistas, claro) pero sobre el arco que salva el cauce se diría que aún sopla la alcabala del aire. O sea, los impuestos locales que se cobraban para hacer fortuna con el comercio que daba sostén al pueblo y, sobre todo, a la abadía.
Una abadía con casa palaciega
Llegar andando a la Abadía de Lagrasse es un paseo de diez minutos que nos devuelve diez siglos atrás, entre niños que revolotean sobre el río como golondrinas a ras de agua.
Entras al recinto, saludas, tomas un folleto y te topas no con un claustro sino con el palacio abacial, hecho patio asoportalado.
También con una bodega y unos dormitorios de dimensiones monumentales. ¿San Benito habría sonreído complacido o se habría alarmado de haber podido conocer el éxito terrenal de sus discípulos?





De entre todo lo visto, mientras vuelves hacia el pueblo, la memoria rumia del mejor modo que puede las cuatro caras de ese capitel que no entiendes y que, por eso, te desasosiega doblemente, con sus fantásticas figuras fantásticas. ¿Qué lección impartían? ¿Qué representaban? ¿Cuál era su sexo? ¿Acaso no era el propio sexo lo representado? Su sonrisa animalesca llena de provocación es de las que no se olvidan…
Villerouge-Termenés
A pocos minutos, lo que manda es la imponente presencia de un castillo, el de Villerouge-Termenés, de irregular contorno cuadrado e imponente interior.
En impecable español atiende el joven de la recepción, tan en español como la audioguía que ilustra sobre esta muy inteligente inversión municipal que ha sabido recuperar y respetar el edificio con un concepto pedagógico, apto para todos los públicos.
La región de las Corbières tenía aquí en el siglo XIV el centro de la archidiócesis que la administraba. Y así fue hasta la Revolución Francesa, que no es poco.
Se cuenta que Bélibaste, el último cátaro perfecto, murió aquí en 1321, en la hoguera. Asesinado como tantos de sus correligionarios en las décadas precedentes.
Nos acompaña en efigie y en audiovisual, para que no nos perdamos.





El castillo dispone de restaurante, con reserva previa. Más allá de la rotunda puerta de la fortaleza, se extiende (o se agrupa, sería mejor decir) el caserío medieval, con el pequeño río Lou como fondo.
Un remanso de paz desde el que cuesta esfuerzo evocar tantos episodios violentos como los que por aquí hubo. Que los hubo.
Laroque-de-Fa y su épicerie, con Macron y un gato




Las historias de hace un milenio, que aún resuenan, atraen tanto o menos que la belleza natural de este Parque Natural Regional de Corbières-Fenouilledes, por donde nos estamos moviendo. La belleza es impresionante al volante; más aún, claro está, para quienes tiran de mochila y camino, paso a pie.
A muchos de estos andariegos atiende Aurélien Bertrand en su muy particular épicerie. La salvó del cierre en este pequeño pueblo que es Laroque-de-Fa, con sus apenas 150 vecinos. Pero al pie de la carretera no faltan clientes, que disfrutan de la terraza y de las viandas, que son muchas y variadas.
En una de las mesas, una joven pareja con gato acepta pegar la hebra con los españoles trashumantes. Son un reflejo, feliz, de lo que en los libros técnicos se llama slow tourism y que a fin de cuentas consiste, simple y sensatamente, en disfrutar de la vida.
A Bertrand le han reconocido con premios en París por su carácter de emprendedor, de lo que da fe alguna foto incluso con el mismísimo presidente Macron.
Los embutidos, el queso e incluso el pan que te has comido son, más que republicanos, auténticamente imperiales.
Couiza, al pie de Rennes-le-Château y del dominio del Abbé Saunière
En esta tierra cátara, lo esotérico no es patrimonio de aquellos herejes.
En lo alto de una montaña, en Rennes-Le-Château los amigos del misterio tienen campo abonado. No sólo en el cementerio del pequeño pueblo (que ya no dejan visitar para evitar malas tentaciones a los más desquiciados) sino en todo: desde la iglesia a los edificios cercanos, que forman el llamado Domaine de l’Abbé Saunière.
El tal Bérenger Saunière, nacido en este peculiar país, llegó aquí como párroco en 1885. Los que quieren creer dan por cierto que si levantó este complejo y restauró la iglesia como lo hizo, es porque había encontrado un tesoro y se lo estaba gastando en el capricho.
Ayuda a las más diversas teorías la presencia central de Santa María Magdalena en el templo, pero también la pila de agua bendita con el diablo Asmodeo como pedestal. También el hallazgo de un enterramiento medieval bajo el altar.
Por si no fuera suficiente la vinculación con la mujer que habría dado origen a la dinastía de Jesús, el sacerdote levantó a su costa la llamada Torre Magdala, con unas vistas impresionantes sobre el valle y que fue su lugar de trabajo.
En plena tormenta occitana, con un viento furioso y lluvia torrencial, nos encontramos en una de las salas con Àngels Membrive Vilàs, especialista catalana en esta y otras materias. Recurrir a sus libros adentra al lector por los vericuetos de la «triangulación simbólica» de estas y otras localidades del sur de Francia, unidas por la numerología.
El caso es que a finales del XIX a la diócesis no le cuadraba el gasto ni tampoco la explicación esotérica. Para explicarlo, a falta de confesión alguna del interfecto, desde el episcopado le acusaron de vender misas y quedarse los donativos. O sea, un delito de simonía como tantos que ha habido en la historia de Iglesia. Suspendido por el tribunal eclesiástico de Carcasona, el cura no hizo caso y siguió dado misas para sus fieles, que no eran pocos.
Saunière, su criada ciega y la fiel hija de esta (a la que dejó como heredera universal) vivieron con holgura hasta la repentina muerte del páter en 1917, mientras tantos cientos de miles de compatriotas morían, con menos fama, en las trincheras del norte.






Después de bajar por la empinada carretera llegas a Cuiza, donde te encuentras con un tesoro real y tangible. Tan real como la propia piedra con que se levantó hace siglos, adecuadamente restaurado todo como acogedor hotel: hablamos del Château le Duc de Joyeuse.
Se descansa bien, se come impecablemente (aunque no barato) y es el colofón perfecto para una jornada de sueños y ensoñaciones.





Puilaurens y su castillo







A menos de una hora por carretera desde Cuiza se llega a uno de los castillos más reconocidos de esta ruta, el de Puilaurens, que exige un aviso previo: dejen las damas elegantes los tacones en casa y cojan, como todos, buenas suelas en el calzado y, a ser posible, bastones en las manos.
Llegar hasta arriba exige una cierta forma física y un acreditado sentido del equilibrio. Bajar intacto, más aún. Entre medias, comprendemos perfectamente el concepto «castillo infranqueable», empezando por lo vertical de la montaña.
Llegados al interior (algo que casi nunca conseguían los atacantes) nosotros sí podemos recorrer los restos y, sobre todo, girar al fondo a la derecha hasta localizar la poterna. Esa pequeña puerta, disimulada en el muro, te abre paso a un paisaje impresionante. El mismo que ya intuías según te acercabas hasta aquí.
El castillo de Puivert… desde una buena mesa



Aleccionadas las piernas por el sentido común, el viajero puede optar por contemplar el castillo de Puivert desde la distancia. Y, para completar el acierto, hacerlo desde una mesa bien surtida, con vistas. Es el caso de Le Dorival, restaurante cercano a un lago, a un camping… y a un buen menú con productos de la tierra.
Esta fortaleza de Puivert es una de las mejor conservadas de la ruta, hasta el punto de que se la distingue como monumento histórico desde 1907.
El castillo pasó a la historia por acoger a Leonor de Aquitania y a su trovador predilecto, Bernand de Ventadour. No extraña por ello que mantenga una «sala de los músicos» que en el siglo XXI sigue siendo escenario de conciertos.
Fontestorbes: una fuente insólita, una cerveza y una anti-Coke
Los ciclistas de la cuarta etapa del Tour de Francia de 2026 pasarán justo por delante de la Fuente de Fontestorbes, un fenómeno natural de lo más singular, que sólo se aprecia en los meses del estío: el caudal, que es continuo y abundante buena parte del año, se interrumpe de repente y vuelve a reactivarse pasados unos minutos. Para explicarlo hay varias teorías y lo reflejan algunos vídeos en Youtube, tan antiguos que aún se podía acceder a pie a la gruta, algo que ahora es imposible.
Lo que nadie te puede quitar es, si sabes buscar por los contornos, la divertida experiencia de degustar alguna de las bebidas hechas, algo más arriba, a partir del agua de este manantial.
Hace muchas décadas comenzó a prosperar el negocio con una fábrica de gaseosas y en la actualidad ofrece una cerveza blanche tan juguetona como su picantona etiqueta. También la versión local de la Coca-Cola, que es más caramelo que soda pero que sirve para ofender in absentia a Donald Trump. Y ese placer no te lo quita nadie.


Montségur
Hasta ahora, en este reportaje que intenta ser conciso –pero que va alargándose más de lo aconsejable para Internet– hemos citado a los cátaros, pero sin explicarlos. Tampoco lo vamos a hacer aquí, pues para eso está el museo de Montségur, el propio pueblo con sus callejas y todas sus gentes de hoy. Y, sobre todo, el castillo.
Parece difícil de creer que un caserío tan breve como este te proporcione tantas imágenes únicas y tantos buenos ratos con quien te sale al paso.
Y si junto a la iglesia hueles a gloria celestial, no te extrañes: es el aroma que sale de la panadería de Cyril, nieto de una almeriense que conserva un agradable dominio del español del mismo modo que domina su oficio, con las puertas de la boulangerie abierta todo el año y una producción artesanal que, según comprobaremos días después, llega a los mejores establecimientos de Foix.
Ahí está tambièn la desbordante simpatía de Frederic, que tras 40 años de vivir en París compró antes del COVID la casa que desde entonces convirtió en lo que es La maison sous le château, de la que es dueño, señor, cocinero, recepcionista y hasta jefe de mantenimiento. Con precios adaptados a la humildad del recinto, la amabilidad y la imaginación no se cobran. De regalo la compañía del inofensivo guardián, el perro Picard, filósofo andante a cuatro patas.
Como colofón digno de reseña, los compañeros de mesa y velada: un grupo de senderistas procedentes de los cuatro puntos de Francia, que se han ido encontrado según caminaban y que ya están cerca de terminar la ruta emprendida en Narbona y que culmina en Foix, también nuestro destino. Es el GR367, el Sendero cátaro y sus 250 kilómetros para hacerlos en 12 días.
A nosotros lo que nos espera nos espera es el castillo. Tan cerca. Tan alto. Tan imponente.












El castillo cátaro por antonomasia
Los ciclistas van a pasar el 7 de julio de 2026 por delante del centro de información y a la sombra de castillo de Montségur. No es la primera vez que eso sucede, como atestigua el siguiente video, que también ofrece interesantes vistas aéreas de la fortaleza:
Al igual que en los castillos precedentes, llegar hasta la cima requiere aliento y prudencia, para no tropezar.
Lo del calzado apropiado y la forma física no rige para un grupo que ha llegado desde casi todos los países de Iberoamérica, conducido segun nos aclaran, por la mayor especialista sobre María Magdalena en aquel hemisferio.
Otro tanto cabe decir de un siguiente pelotón (no ciclista, precisamente) ataviado al modo más espiritualmente hippie, lo cual incluye que alguno haga la ascensión… descalzo.










La subida comienza, precisamente, junto a lo que hoy es un idílico prado y la tradición considera el lugar donde se levantó, el 16 de marzo de 1244, la pira funeraria para más de 200 cátaros. De algunos de ellos se conservan aún los nombres. Era el final, grosso modo, de la herejía y de la cruzada lanzada por Inocencio III.
Foix: punto y final… hasta que sea un punto y seguido
En España, pocos serán los que sepan quién fue Herminia Muñoz. En Foix, sin embargo, aún la recuerdan, con su efigie en la pared de una de las casas de esta agradable ciudad. Fue enlace de la Resistencia, ese maquis tan nutrido de apellidos españoles, decisivos para liberar la comarca de los nazis.
El vínculo transpirenaico sigue, aunque los catalanes que tanto frecuentan la comarca no sepan discriminar que la bandera que ondea sobre el puente no es la senyera. Tampoco es la bandera de la Corona de Aragón, pues son tres y no cuatro las barras rojas de la enseña local.
Lo que no engaña es el castillo: en lo alto, como es de precepto y lleno de atractivos.
Menos divertido fue para algunos de sus ocupantes: los presos allí encerrados desde el siglo XVII hasta bastante después de la Revolución Francesa estaban para pocas bromas. La torre mas fotogénica es la que estuvo destinada a las presas; la cuadrada se reservaba para los penados militares y la redonda, para los presos comunes. Es allí donde, sobre las paredes de lo que fueron celdas, el viajero encuentra una inesperada colección de graffiti sobre la piedra. Incluido el afán de un (suponemos) maestro que grabó los grandes nombres de la historia de Francia sobre el muro. Tiempo y ganas se unieron para eso.
El castillo es la consecuencia de la gran riqueza de mineral de hierro de esta zona. No hay que ir muy lejos: justo enfrente, el cerro Saint Sauveur y sus 711 metros es puro hierro, que por aquí es hematita. De hecho, hubo minas hasta los años 70 del siglo XX, cuando se cerraron por no ser ya rentables frente a las de otros países más lejanos.
Durante los siglos, los condes de Foix se las apañaron para guardar oportunos equilibrios (en forma de sucesivas alianzas) con Aragón, Inglaterra y Francia. El primer conde, en 1012, fue Bernard, segundo hijo de Roger Le Vieux. Suya es la iniciativa de construir la torre más característica del castillo, que fue creciendo con el paso de los años… y el negocio de forja alimentada por el hierro de Foix. Enrique sería el último, que pasaría a la genealogía de la monarquía francesa como Enrique IV, uno de sus monarcas más reconocidos en este país.
Nadie debería terminar la visita sin asomarse al museo. Lleno de recursos interactivos, nos explica bien una obra excepcional: el Libro de la Caza de Gaston Fébus, que acompaña a la Humanidad con un derroche de escenas miniadas desde 1387. Como se custodia en el Museo del Ermitage y no parece que San Petersburgo vaya a ser nuestro próximo destino a corto o medio plazo, la mejor forma de conocerlo es en la copia de aquí, bien sea en el facsímil o en la experiencia visual que permite pasar página tras página y ver sus escenas, animadas y en versión panorámica.
Una penúltima paradoja: a salvo de la caza están los ocupantes del nido, en una oquedad de la base de piedra del castillo, donde una familia de búhos cornudos cría y crece en paz… bajo la atenta mirada de las cámaras de videovigilancia de los animalistas que los cuidan.
De las tres crías que han prosperado, una ya ha abandonado el nido. Como nosotros debemos también partir hacia otros destinos, más pronto que tarde.
Antes de abandonar Foix, una brasserie nos sacia el hambre y nos llena de esperanza: sus jóvenes camareros inyectan alegría en vena, con efectos aún más euforizantes que la cerveza que este restaurante produce frente al local, todo junto al río. El mismo que, al cruzarlo, nos lleva de vuelta a España, después de tomar avión y asiento en un vuelo desde Toulouse.
A tiempo, en fin, para ponernos delante del televisor el 7 de julio y recordar lo inolvidable de una etapa que no decidirá el Tour de Francia pero que, con recorrerla, nos ha abierto infinidad de caminos, recorridos y por recorrer.
Todo lo anterior, bien mirado, es sólo un esbozo.

















