Hay que andar, moverse, salir, mirar y ver, observar, pensar, intentar entender, compartir, reír y a veces hasta llorar. Hay que hacerlo cada día porque a la suma de todo eso es a lo que llamamos vivir, aunque se nos olvide con frecuencia. Por esa razón, este paseante se acercó el sábado en buena compañía a saludar a Rodrigo Rato, que no estaba en la cárcel (que es donde está) sino en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares. Juntos, nos echamos unas risas. A su costa y a la de todos, porque esa ronda de los noventa no la pagó sólo él, sino un poco todos y cada uno de nosotros, borrachos de codicia o de ignorancia.

Se ponía en escena "Sueños y visiones de Rodrigo Rato", una obra que viene salpicando España de lucidez y poniéndonos ante el espejo a través de dos actores y una selecta troupe de personajes recreados. Taxista incluido. Si tienen ocasión de verla, háganlo y se les ensancharán los horizontes (recordando) y los pulmones (sonriendo).

En menos de 70 minutos recorremos tres siglos de este país que estallan en las décadas más recientes con tramas y dramas en la persona de Rodrigo de Rato y Figaredo, hijo de banquero presidiario, presidiario y ex-casi todo él también.

El texto escrito al alimón por Pablo Remón y Roberto Martín Maiztegui es tan bueno que amenaza con dejar en un segundo término la interpretación de Juan Ceacero y de Javier Lara, que no desmerece, al igual que la ingeniosa puesta en escena. Pero el espectador empieza desde muy pronto a sentir un infinito agradecimiento hacia los autores, por tratar a la concurrencia como seres presumiblemente inteligentes y no como abobadas ovejas delante de un televisor, que es lo más frecuente en estos tiempos de desolación. 

Disculpará el lector la digresión, pero al volver a pisar la Plaza Cervantes y sus soportales  a este paseante se le fue la mente hacia un día también lluvioso de diciembre de 1986, cuando tuvo la suerte de pasear casi a solas por las gradas de Epidauro. Entonces, soñó/soñé con Aristófanes (al que hoy se consideraría un facha recalcitrante) feliz ante la risas del público, disfrutando de los sarcasmos contra los demagogos. Este sábado soñé, soñó este paseante, con los ecos del público de este mismo Corral de Comedias siglos atrás, más de 400 años después, aliviados por la ceremonia teatral de sus penas de súbditos gracias a alguna jocosa representación. 

Era teatro lo que había visto hacía minutos, pero también y sobre todo un tratamiento en vena contra la idiocia. Esa estupidez colectiva y hertziana que nos asola. El remedio existe y no lo venden en las farmacias sino en las taquillas. Usted verá si quiere aprovecharlo. A su alcance lo tiene.

P.D.: Si el lector ha detectado el anacronismo del artículo entre la biografía de Aristófanes y el teatro de Epidauro, enhorabuena por su cultura; si no, ya ha aprendido algo más en este día. A todos, vaya un guiño amistoso en la confianza de que nadie se ofenda por ese recurso literario, casi teatral, en unas breves líneas sobre el teatro.