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19 mayo 2024
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EL PASEANTE / Día de difuntos con Albert Camus

A los que ya no están los recuerdas hoy, en vísperas del Día de Difuntos. De la mano de Albert Camus, en la añoranza del sol que ocultan las nubes de este otoño de lluvias que calan los huesos.

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Llega noviembre y el aire se nos llena de espíritus, por el recuerdo de los que estuvieron y ya no están. Nos faltan como el sol del verano. El sol ahora ausente que siempre reverenció Albert Camus, ese que yace en una humildísima sepultura en el cementerio de Lourmarin. Lo recuerdas hoy y vuelves a estar ante su tumba, una piedra mínima y sin desbastar. El recuerdo revive.

La sencilla tumba de Albert Camus en el cementerio de Lourmarin, en mayo de 2022. (Foto: La Crónic@)

Porque este es el peregrinaje que quisiste hacer para intentar entender tu vida, en la de él. A ver cómo te explicas si no haber sido ese crío que leía «La caída», en edición argentina de «Losada», en un compartimento del expreso a Galicia, con Franco aún vivo. ¿Cómo justificar tu atónito interés al leer «La peste»? ¿Cómo las muchas veces que has vuelto a «El extranjero» y has temido llegar a ser el viejo Salamano? ¿Cómo no agradecerle a ese empedernido galán y fumador pied noir que fueras a encontrar el mayor consuelo leyendo «El mito de Sísifo»? ¿Cómo renunciar a visitar de nuevo, siquiera en su rastro humano, al periodista más solidario y firme del siglo XX en este continente, el de los artículos de «Combat»?

Y es al salir del pequeño cementerio cuando Camus te hace un penúltimo regalo.

Encaminaste tus pasos hacia el castillo de Lourmarin, donde te esperaba Jeanette, una casi octogenaria, de un vitalidad irrefrenable, que te contó entre risas la primera noche que pasó Camus en el pueblo, alojado en este viejo castillo, del que salió agradecido pero fugitivo a la mañana siguiente… camino del hotel.

Aquella mañana, en el exterior, rodaban una serie de televisión con la actriz Isabelle Huppert, de partenaire en una larga escena con una adolescente mulata y hermosísima a la que, en la ficción del diálogo, parecía que aconsejaba.

El equipo de rodaje se empeñó toda la jornada en perseguirte por las calles de Lourmarin, por entonces sin demasiados turistas. Junto a tu coche, una señal te pedía que condujeras tout doux, porque hay niños. Hay niños, sí, qué gran noticia.

Letrero cerca de un colegio, en Lourmarin, en el Luberon. (Foto: La Crónic@
Letrero cerca de un colegio, en Lourmarin, en el Luberon. (Foto: La Crónic@)

El sol aprieta. Ese sol que Camus veneró en su Argelia natal y que en Francia compartía también el mismo cielo con su siempre querida España, la de los republicanos derrotados. Él, que nunca naufragó en la ebriedad de la victoria.

A pocos kilómetros, sin saber por qué, hiciste un alto en Lauris. No lo tenías previsto, pero el hambre, incluso a la temprana hora del país, te hizo detenerte. Bajo unas sombrillas, algunos vecinos comían, servidos desde lo que al mismo tiempo era magasin del pueblo. Además de la radiante camarera, un hombre orondo se aseguraba, con discreción, de que estuvieras bien servido. Apenas te hablaba mientras comías. Fue sólo al final cuando llegó la sorpresa.

Leandro Pérez, nieto de un republicano español, en Lauris. (Foto: La Crónic@)
Leandro Pérez, nieto de un republicano español, en Lauris. (Foto: La Crónic@)

Hablaba un español perfecto, mejor incluso que el de todos aquellos que se te habían dirigido en tu lengua desde que pisaste suelo provenzal. Cuando le preguntaste por su nombre, respondió desde el fondo de una sonrisa: «Leandro Pérez». De sorpresa en sorpresa, este paseante fue conociendo la historia del abuelo republicano de ese hombre, derrotado pero no vencido, que se asentó aquí tras sobrevivir a la muerte de los campos de concentración y a las angustias de la Resistencia para hacer simplemente lo mejor que tenemos a nuestro alcance: vivir.

Lo recuerdas hoy, en vísperas del Día de Difuntos. De la mano de Camus, en la añoranza del sol que ocultan las nubes de este otoño de lluvias que calan los huesos.

Entre la vida y la muerte nos queda la esperanza.

Los muertos viven. Este es nuestro alivio y su enseñanza.

El castillo de Lourmarin (Francia) mientras unos asnos pacen tranquilamente a sus pies. (Foto: La Crónic@)
El castillo de Lourmarin (Francia) mientras unos asnos pacen tranquilamente a sus pies. (Foto: La Crónic@)

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