En ese pedazo de queso de Mucientes que tienes encima de la mesa está encerrada la esencia de Castilla. Lo compraste hace días por tierras de Valladolid y ahora te aguarda a los postres de una cena. A la vista, alguno lo confundiría con piedra caliza, dura y rubia como aquella de Tamajón con la que Juan Guas levantó un bello palacio en Guadalajara. Por debajo de la dureza, basta arañar un poco con el cuchillo para comprobar lo que hay: olores y sabores que se multiplican en el aire y en la boca. Sólo hay que entregarse y se entrega. Hablamos de ese queso. Hablamos de los castellanos.

La Tierra es redonda, pero esta tierra es plana. Quizá sean esos horizontes abiertos los que facilitan a la gente del país tener la vista larga, siempre erguidos. Eso les permite escapar, con más solvencia que a otros, de la insensata contemplación del ombligo y sus pelusas.

Ser castellano en el siglo XXI es un privilegio porque no implica nada serlo. Si acaso, por castellano te abres a los caminos del mundo y los disfrutas en plenitud; como tú, que acabas de relamer en la comisura de la boca la penúltima miga de ese queso de oveja que te hace divagar y ser un poco más feliz, todo al mismo tiempo.

En este día de queso de Mucientes y vino de Cigales se acaba de despedir de Europa el viejo Juncker, que no es tan viejo pero sí parece cansado hasta los tuétanos. Se va el presidente de la Comisión Europea entre aplausos y palmadas en la espalda, creyendo como tú mismo crees que el nacionalismo es un cáncer que ya ha hecho metástasis en este continente.

Ojalá algún día pudieras comentar con el socarrón Jean-Claude las risas que te echaste contigo mismo y a su costa cuando le viste hecho cuadro pop en su propio país, en la nave reciclada de un pequeño pueblo de Luxemburgo. El país natal de Juncker es el paradigma, en su mínima extensión, del cruce de caminos que es Europa. Más humor y menos odio resultaría un buen tratamiento para este enfermo, si no está ya moribundo.

Mientras eso llega, nos queda el queso. O, por mejor decir, el recuerdo de todos los quesos: de Estrela, en Portugal, comprado en un ultramarinos del Bairro Azul de Lisboa; aquel Edam del mercado de Alkmaar, cuando los holandeses te enseñaron que aprender inglés era justo y necesario; el Arzúa con membrillo para cerrar una pulpada en feira gallega, acompañado de café de puchero con su chorro de orujo… Y así, hasta donde la memoria llegue, para revivirnos felices en nuestros buenos recuerdos.

Que venga ahora cualquier hijo de la gran puta a decirte a ti, o al lector si piensa como tú, lo conveniente e inevitable que es levantar nuevas fronteras…

Terminas de cenar y confirmas que tu casa está en cualquier lugar donde la vista alcance. Este queso de Mucientes, callado y cabal como buen castellano, te lo confirma.