Leopoldo Torres, en su etapa como Fiscal General del Estado.
Leopoldo Torres, en su etapa como Fiscal General del Estado.

Él estaba allí y ahí seguirá estando para siempre, aunque haya muerto. La noticia del fallecimiento de Leopoldo Torres Boursault llegaba a Guadalajara a última hora de la tarde del 22 de junio de 2021, cuando faltaba poco para que empezara a anochecer en este comienzo de verano. En realidad, llevamos anocheciendo décadas en esta democracia nuestra, aunque no queramos aceptarlo.

Leopoldo Torres era diputado por Guadalajara aquel 23 de febrero de 1981, aunque ya casi nadie se acuerde. También lo eran José María Bris y Luis de Grandes, porque entonces la provincia era tan de derechas como acostumbraba y aún votaba como tal. Torres era socialista y no era de Guadalajara, pero consiguió ser una institución en esta circunscripción, que terminó por aceptarlo como parte del paisaje.

Torres y Bono, en el Congreso de los Diputados en la sesión del 23-F, mientras algún tricornio intentaba ponerle zancadillas a la democracia.

¿Qué es lo mejor que puede decirse de Leopoldo Torres Boursault? Quizá, que impresionaba. Lo hacía siempre, hiciera lo que hiciera.

Había nacido en un pueblo de Soria, Valdeavellano de Tera, en 1941. Para cuando llegó a Guadalajara, este abogado ya era una referencia dentro del PSOE. En un país lastrado por décadas de catetismo patrio, él había desbastado las ignorancias en Helsinki y en Estrasburgo. Aquello le dio lustre y, sobre todo, capacidad de aguante, aunque sólo fuera por esa capacidad adquirida para simular distancia entre las miserias humanas y lo verdaderamente importante. Aunque también llegaba a ser entrañable, cuando las distancias se acortaban. 

Guadalajara le facilitó sentarse en el Congreso de los Diputados desde 1979 a 1990; tres legislaturas, tres, que le hicieron pasar de inicial «paracaidista» a respetado oráculo en las sempiternas guerras internas del socialismo provincial… y provinciano.

De su escaño pasó a ser Fiscal General del Estado, hasta que se hartó de aguantar lo inaguantable. No como otras, claro. Ni como otros. Que quien le sucediera en el puesto fuera el acreditado «Pollo del Pinar», famoso en la lucha canaria, lo explica casi todo.

Llegó también a vicepresidente primero del Congreso, a presidente del PSOE de Castilla-La Mancha y al Consejo de Estado, como miembro nato. Pero casi más importante de cómo llegaba a los cargos es recordar cómo se iba de ellos: con elegancia.

Javier de Irízar, que tan bien le conoció, le recordaba en la noche de este martes negro, después de conocido el óbito, para LA CRÓNICA: «Fue una gran persona, excelente jurista y durante los 12 años que fue secretario del Congreso, primero con UCD y luego con el PSOE, creo un estilo de gestión de la mesa mantenido hasta hoy. En su etapa de Fiscal General sostuvo sus convicciones incluso frente al Gobierno que le nombró lo que le llevó finalmente a dimitir antes de finalizar el mandato». Conmovido, el exalcalde y exsenador recuerda que Torres fue, también «el padrino de mi único hijo».

Por su parte, Luis de Grandes ha subrayado para este diario que «el fallecimiento de Leopoldo Torres constituye para mi un acontecimiento doloroso. Fue un político honorable que representó a Guadalajara con gran dignidad en el Congreso de Diputados. Adversario, que no enemigo, fue una persona de convicciones firmes». El político democristiano ha querido transmitir sus «condolencias a su familia y a su partido, que pierden con su fallecimiento a una gran persona y que merece el mejor recuerdo de quienes le tratamos».

Como los mejores católicos, Torres era bueno sin ser santo. Era, esencialmente, un hombre entero.

Su cuerpo se vela en el Tanatorio de la M-30,  en Madrid.

Descanse en paz.