Nuestra generación está rompiendo los moldes. Aunque siempre se ha asociado el inconformismo a la juventud, la generación Z está yendo un paso más allá. Ese inconformismo se está traduciendo en un borrado de las líneas que las ideologías divisivas habían intentado imponer. Los límites se han difuminado y la libertad se ha ensanchado. Sin embargo, esa ruptura no se ha producido sobre la nada, sino, precisamente, contra la nada.
El principal cambio tiene que ver con la solidificación de la liquidez. La postmodernidad había llevado a la atomización individualista de las sociedades, dividiendo a las personas y exacerbando sus individualidades, pero, a la vez, agrupándolas de forma sectaria en grupos gregarios. Ciudadanos cada vez más divididos en torno a cuestiones etéreas y, por tanto, más instrumentalizables y menos libres respecto de lo mollar.
Sin embargo, como señalaba, la generación Z ha roto este paradigma. Se deja de lado lo que fluye para engancharse a la solidez. No somos individuos que campan solos y distraídos a lo largo de la vida, sino personas que buscan que su vida tenga un propósito y se asiente sobre pilares básicos. A falta de vivienda, de empleos estables y de salarios decentes, los jóvenes españoles hemos reflexionado sobre si el porqué de esa falta deviene de una ruptura de las sociedades por la atomización postmoderna. Nos dijeron «no tendrás nada y serás feliz», pero hemos descubierto que la felicidad se asienta sobre la posesión, tanto material como de valores conectados a esa materialidad. De ahí, el tímido giro católico que muestran las encuestas o la tendencia a la ruptura de las identidades excluyentes.
Así, se vuelve a poner el foco en la identidad. Pero no en una identidad excluyente y sectaria que busca el enfrentamiento estéril, sino en una identidad abierta e inclusiva que busca fortalecer lazos sin ánimo de dividir y polarizar. Mi pregunta es si esa vuelta a la esencia y a la identidad también supondrá una vuelta a la raíz. Una vuelta a dónde venimos, a nosotros, a nuestros pueblos.
Estos últimos años, hemos visto fenómenos que, también, apuntan a esa dirección. Frente a sociedades urbanas más individualistas, las sociedades rurales surgen como una némesis a esa manera de entender la vida, una vida que sigue siendo cosmopolita y moderna, pero que no deja de lado la solidaridad y el entendimiento de la vida como una forma de comunidad que no borra la individualidad. Como decía, han surgido “influencers”, comunidades digitales y artistas que han puesto de nuevo lo rural en el centro de atención. Una ruralidad que nada tiene que ver con ‘Los Santos Inocentes’ o ‘El disputado voto del Señor Cayo’ de Delibes, pero sí tiene que ver con su ‘Castilla, lo castellano y los castellanos’; una ruralidad moderna y desvergonzada que entiende de la importancia de la identidad y la raíz como un factor que permite la existencia de lazos no tóxicos entre los habitantes de un mismo espacio cultural, que nace y surge de unas tradiciones y formas de entender la vida y el trabajo compartidas, pero no de elementos solamente conectados a factores personales y, por tanto, carentes de solidaridad y susceptibles de belicosidad.
Así, puede decirse que la semilla está puesta. Esta generación Z entiende la importancia de la tierra y el origen, pero no desde una visión esencialista y patrimonial, sino desde una mirada hacia la búsqueda de factores estables que permitan la vida solidaria en comunidad. Esta generación quiere poder quedarse. Por tanto, la parte de los valores está. Ya nadie se avergüenza de ser de pueblo, ya no se mira a la España rural desde una atalaya moral que ve en esta parte de nuestro país un espacio gregario y anacrónico. Se ha puesto el foco en la importancia de lo cercano y de lo compartido, de aquello que nos permite trazar una línea con aquellos que nos precedieron.
La cuestión es dónde está la parte material. Leyes de despoblación que no se aplican en su esencia o estrategias de reto demográfico que nacen prácticamente vacías no logran llenar el vacío material, la falta de oportunidad. ¿Cómo un joven de hoy en día puede quererse quedarse en el pueblo donde ha nacido -y del que tiene que emigrar- o en el pueblo de sus abuelos si su vida se vacía de oportunidades y de servicios?, ¿dónde están los poderes públicos para ponerse al servicio directo de esas necesidades, para aprovechar esta oportunidad de cambio cultural y, de esta manera, asegurar la pervivencia de aquel lugar donde se guardan nuestro porqué y nuestras esencias? Somos la generación que ha decidido quedarse.
Ojalá seamos, también, la generación que se quede.

