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Els Joglars no se jubila a los 65 (y lo demuestra este mes en Madrid)

Aceptar como cierto lo que no es con tal de no perder lo que se tiene es un vicio antiguo que nunca prescribe. Cervantes lo vio, como visionario que era. Els Joglars lo revive ahora en Madrid. Acaba de estrenarse y LA CRÓNICA te lo cuenta.

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Anda preocupada media España por cómo pagar a los jubilados, esos seres sospechosos a los que se responsabiliza de las mil apreturas presupuestarias de un Gobierno sin presupuestos. En esas estamos, sí, para que con sólo asomarnos por Madrid comprobemos que la compañía de teatro más veterana de Europa sigue activa y coleando, a sus 65 años bien cumplidos. Sin intención de jubilarse.

El dato es ese: en este 2026, Els Joglars celebra sus 65 años de trayectoria con el marchamo de ser la compañía privada en activo más veterana del continente. Más de cuarenta producciones teatrales han puesto en escena durante estas décadas bajo la tutela, en distinto grado, del incombustible Albert Boadella.

Quien se acerque hasta los bajos de la Plaza de Colón podrá recorrer esa trayectoria en 36 postes multimedia, en una muestra gratuita, accesible de martes a domingo, entre las diez de la mañana y las ocho de la tarde.

Allí mismo, hasta el 27 de septiembre, quien quiera tiene a su alcance un tipo de disfrute más intenso, durante más de 100 minutos. Es el tiempo, desde que se descorre el telón hasta los aplausos finales, en que se nos propone un salto de cuatro siglos de la España cervantina a la Celtiberia desnortada de nuestros días.

7 gamberros (con)sentidos y disfrutados sobre el escenario

‘El retablo de las maravillas. Variaciones contemporáneas sobre un tema de Cervantes’ está abriendo la nueva temporada del teatro Fernán Gómez del Centro Cultural de la Villa y eso es de lo que hablamos.

En el entremés original, Cervantes termina a palos la breve trama. En el montaje de Els Joglars, la cosa vuelve a su inicio entre inofensivas pompas de jabón.

Como el lector no merece que le hagan spoiler pero sí nos debemos a la obligación de informarle, apuntemos algunos datos gloriosos de la representación:

  • No estamos ante el teatro político al uso en el tardofranquismo o en la naciente democracia, cuando Els Joglars sufrió un consejo de guerra por La torna.
  • Sí estamos ante la muy sana tradición de esta compañía de meter el dedo en el ojo. Eso aclara la vista de quien quiere ver.
  • Algún chiste no gustará a los lectores de «El País» y, menos aún, a los redactores más pudibundos de su suplemento cultural.
  • Ramón Fontseré está iluminado por la divinidad del Teatro, sobre todo cuando se convierte en el sosias de San José María Escrivá de Balaguer. El cuadro dedicado a la figura del Marqués de Peralta es, quizá, el más desternillante de todo el conjunto.
  • Los otros seis actores dan vida, con distintos registros pero con el mismo nivel de eficacia, a los muy variados personajes a los que se enfrentan, a un ritmo trepidante.
  • ¿Es posible que el sonido de los clarines propios de una corrida de toros provoquen una carcajada? Sí.
  • ¿Le gustaría la obra a la reina Letizia si se acercase a verla? Quizá no.
  • Los sillones de la Sala Guirau son comodísimos y su distribución, muy adecuada para no perder detalle de la acción sobre el escenario.

Más allá de esos apuntes, tirados al vuelo, ante lo que se pone el espectador que paga los 22 maravedíes (sic) de la entrada es una muy inteligente sátira del tiempo actual, con el acento puesto en uno de sus vicios más contumaces y molestos.

Els Joglars aprovecha con soltura la forma más honesta de hacer un brillante homenaje al manco Cervantes: mantienen muy viva la crítica mordaz a todos aquellos que renuncian a su propio criterio. Tal miseria de pensamiento era objeto de las chuflas en los comienzos del XVII personificadas en los marqueses de Daganzo y en sus más cercanos servidores; en el XXI, los herederos de aquellos idiotas por conveniencia están tanto en la adoración inane al arte contemporáneo como en los restaurantes de cocina deconstruida. Postureo a costa nuestra, cuando no de nuestro dinero.

En ambas tramas, paralelas y sucesivas, los que no aceptan que sea razonable decir que se ve lo que no se ve porque no existe son siempre los de abajo, mientras que los de arriba se someten a lo que sea necesario para no descreer de todo aquello que ponga a salvo sus privilegios. Entreverada cada escena con chanzas y risas del público, la píldora se traga mejor.

Pasado el tiempo de la obra, la marquesa le ajusta las cuentas a los pillos y el orden vuelve a imponerse… sobre las tablas.

Al salir del teatro, las obras del parking de Colón siguen ahí (atentos los conductores a la hora de buscar donde dejar su vehículo), las mozas lozanas ocupan las aceras con bolsas de Zara, los turistas fotografían sin reparos la gran bandera española de la plaza y los problemas que nos acechan no menguan salvo para aquellos que los miran a través de algún canal muy concreto de ese retablo de las maravillas contemporáneo que tiene forma de televisión.

Cervantes lo vio, como visionario que era. Els Joglars lo revive ahora en Madrid, la misma ciudad donde pillos y cándidos siguen conviviendo, actores sin escenario, a la espera de un voto y mascullando cabreos.

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