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Un largo viaje a la guerra y al poder, sin salir de Madrid, con Asurbanipal

"Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria" proclaman los carteles que nos reciben y sí, la cosa gira sobre este hombre necesariamente despiadado. Es en Madrid, hasta octubre.

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Es allá por 2019 cuando en realidad comienza esta historia. El escenario es el mismo, el CaixaForum del Paseo de Recoletos. Pero los detallas varían.

Entonces, en la década pasada, lo que el British Museum trajo a la capital de España fue una apabullante exposición titulada «Lujo. De los asirios a Alejandro Magno».

Sirvió aquello, entre otros pequeños y grandes detalles, para conocer lo bien perfumados que estaban los reyes de Oriente Medio bajo sus sayones. Tanto amaban las esencias, para emanar tanto un olor sin sudor como un poder ilimitado, que las guardaban en recipientes tan bellos como aquel pez de oro encontrado en Takht-i Kuwad. El animalillo fue creado por un orífice para un rey aqueménida al tiempo que en Atenas el gobierno de Pericles hacía creer que algo parecido a la democracia es posible.

Ahora, el asunto que nos devuelve a aquellos siglos y mucho más atrás es más eterno incluso que la belleza: la guerra.

Ya no veremos ese pez pero sí muchos guerreros, cabezas cortadas, nobles en formación, leones heridos… La oferta es grande y escapa del gore del que más de uno de ustedes seguro que está suponiéndole al invento, más al gusto descrnado y contemporáneo de los telediarios.

«Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria» proclaman los carteles que nos reciben y sí, la cosa gira sobre este hombre necesariamente despiadado, conviviente con un hermano despiadado, hijo de un padre despiadado, nieto de un abuelo despiadado y reiterado vencedor de los despiadados elamitas que tanto le importunaron así como de unos despiadados y tardíos egipcios, menos capaces que sus predecesores para mantener imperios. ¿Gente distinta a los que ocupan los despachos actuales? Quizá no tanto.

Uno se malicia que si Donald Trump tuviera algo más de cultura admiraría menos a los romanos, que es lo que se supone hace, y se inclinaría más por buscar reflejo en los asirios: la conservación del poder y su expansión era para esa corte un fin que justificaba, sin un solo segundo de duda, el más contundente y sangriento de los medios. Los escarceos previos de diplomacia solían ser, de forma inevitable, el anticipo de la enésima campaña militar. Más o menos por donde hoy siguen cayendo misiles.

Con tanto desquiciado como nos rodea, a Asurbanipal hay que reconocerle que al menos sus palacios eran una sucesión de paneles en technicolor que alegraban la vista y reivindicaban las glorias del monarca.

Como la rapiña occidental se llevó a tiempo para Londres lo que quedaba del palacio norte de Nínive (junto a la actual Mosul) hoy todavía podemos contemplar esos relieves. Mucho de lo que quedó en el actual Irak se lo llevó por delante el DAESH en el penúltimo conflicto sobre aquella tierra. Razones de la sinrazón, ya saben.

Humbam-haltash, el rey vencido de Elam, pasó sus últimos días como prisionero entre aquellos muros. Uno de los fragmentos que tenemos ante nuestros ojos, como recordatorio del bélico desenlace, refleja en escenas consecutivas su apresamiento:

Apuntemos que, de puertas para adentro, en la corte de Asurbanipal se aplicaba una medida contundente contra la tentación del nepotismo: castrar a los altos funcionarios para que sus cargos no pudieran ser hereditarios. Un hombre sagaz, queda comprobado, aunque su sistema no fuera replicado en tiempos posteriores y eso tuviera consecuencias especialmente notables en, por ejemplo, la universidad española.

Hay muchas enseñanzas entre las paredes de esta muestra, donde los genios protectores se representan con la fiereza del ugallu, que expresa su poner con la maza y una daga enarbolada con tal contundencia que impresiona. Su fuerza no se disipa veinticuatro siglos después.

Y para cuando los espíritus no se hacían presentes, ahí estaba el propio Asurbanipal, demostrando su fuerzan a costa de un león, al que vencía y mataba.

Merece asomarse desde este siglo XXI por estos retazos del VII a.C. Y hacerlo cualquier día. Quien sea cliente del banco que cuida del centro cultural tiene la entrada siempre gratis. El acceso será libre para todos, con reserva, los días 19 y 20 de septiembre, con motivo del Festival de las Ideas. Los 6 euros de la entrada de adulto no parece tampoco ningún dispendio, en ningún caso.

Más aún, los 2,50 euros de un café son una gran excusa para echar un rato tranquilo en esa cuidada cafetería que corona el edificio y que pone sobre nuestra cabezas unas lámparas como higos luminosos entre celosías que nos refugian del exterior.

Es el momento de repasar lo visto y lo vivido. Todo, eso sí, antes del 4 de octubre, que es cuando se clausura.

Avisados quedan.

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