Gracías a la generosidad de su autor, podemos felicitar la Navidad a los lectores de LA CRÓNICA de la mejor manera, con el pregón ofrecido por el médico, historiador, periodista y gran ser humano que es Javier Sanz Serrulla el pasado viernes en la Concatedral de Santa María.

Fueron muchos los que, en un templo abarrotado, siguieron con atención sus palabras y las paladearon en directo; ahora serán miles los que puedan disfrutarlas aquí, como delicioso presente navideño.

Javier Sanz, que durante años compareció en este diario como columnista habitual, vuelve a demostrar que escribir bien nunca es un insulto, ni para los hombres ni para su inteligencia:

Buenas tardes. Tras abrazarse mi agradecimiento a la presencia de ustedes, vecinos y autoridades, laicas y eclesiásticas, don Alberto Rojo, alcalde de la ciudad; don Atilano Rodríguez, obispo de la diócesis, en esta tarde especial, debo hacer lo propio con el Club Siglo Futuro, representado en la figura de su presidente, don Juan Garrido, responsables de que esta voz, rota, pregone la Navidad de Guadalajara.

Si pregonar estas fechas, cuando el hombre debiera seguir mirando, perplejo, al cielo, con el ánimo de buscar el significado de cada una de las estrellas que le cobijan, es cosa difícil, qué no será hacerlo desde un presbiterio como el de esta concatedral de Santa María, como lo es también el de cualquier iglesia, la más humilde la provincia, donde se proclama la palabra de Dios, la guía espiritual de este paso efímero por la Tierra de los que caminan al encuentro con el Padre.
        
¿Dónde, sino en una iglesia, pregonar la Navidad y desear PAZ a los hombres que ama el Señor? Es el lugar, aunque esta tarde haya dudas sobre la idoneidad de la persona –yo las tengo-, pero esto va avanzando lo suficiente para no echarse atrás. “Gloria al Señor y Paz en la Tierra a los hombres que él ama”. Gloria y Paz, palabras principales de los ángeles en su canto una vez dieron la noticia a los pastores.
        
Proclamar el Nacimiento de Dios, la Buena Nueva, el scoop de cada año. El 25, a medianoche, vuelve a nacer el Niño Dios. Y vuelve a nacer en la pobreza humana, en una gruta; su cuna, un pesebre. Allí ha nacido por no haber encontrado pensión donde refugiarse la Madre para parir a su Hijo querido, en el día tan íntimo y digno de una mujer como es el día en que ha de dar a luz. Nace el Niño en el resplandor de la humildad, como nacerán tantos niños jesuses a lo largo del año, en lugares si cabe más inhóspitos y ahí comienza su peregrinaje por el mundo donde no distingue la mirada del hombre de la del lobo. En nada, comienza el peregrinaje de la familia sagrada en lo que se llamó la “huida” a Egipto. La huida… ¿cómo es posible?, ¿la huida de una mansa familia en un entorno pacífico? ¿de quién se huye y adónde encaminarse? Es el premonitorio destino del pueblo de “los sin papeles”, de Belén hasta hoy. Hoy es el día en que muchas familias siguen buscando la estrella que les guíe a un destino de paz, de dignidad, donde descubran su derecho a vivir en paz su condición de hombres como tales, creados a imagen y semejanza de Dios.  

Es cierto que la patria del hombre es su infancia -así dijo Rilke-, por ello hay tantos niños apátridas, tantos como sin infancia, niños a hombros de padres errantes que vagan porque huyen de guerras, hambres y vejaciones, porque buscan lo que aquí se nos dio regalado. Niños errantes en barcazas de papel cuyas madres rezan, porque qué es rezar sino con los ojos brillantes mirar o imaginar el rostro del Dios bueno, el Dios de todos, el Dios de la noche, el Dios de la orilla, rogar al cielo y llegar a la costa del primero de los mundos que caben en este planeta, donde no conocerán a nadie ni siquiera cómo se ha de saludar a ese nadie, pero sabiendo que saldrá el sol de otra manera. Es la historia cíclica que no enmendamos por la ceguera con la que nos venimos protegiendo; ayer de la imagen de aquel niño sirio, Aylan, que amaneció en una playa de Turquía bocabajo, con su corazón apagado. Aylan fue un 2 de septiembre de 2015 el niño Jesús dormidito de todos nuestros belenes que estaban por venir.

Hoy siguen durmiendo a descubierto, al acecho del hombre-lobo, 150 millones de niños jesuses, los llamados “niños de la calle” de todo el planeta, los niños víctimas del comercio de órganos, de la prostitución, del trabajo en la mina, de la mendicidad y del robo. ¿Qué infancia es también la de este mundo primero donde vemos cuidar a los perros como si fueran niños mientras que a muchos niños se les trata como a perros?!

Yo sé de la Navidad de la infancia más feliz porque sé de la mía, donde nada faltó en mi casa, pero tanta fue mi felicidad, lo sé ahora, no porque nada faltara sino porque nada sobraba. La viví con mis padres y hermanos. Mis padres eran magos, ya lo creo, magos adelantados diez días que en Nochebuena ordenaban una mesa bendecida por la humildad y el trabajo de un año largo, muy largo, en el que se habían multiplicado los panes y los peces de enero, la metáfora del trabajo diario, con la vista al frente en esa severa manera de ser de los hombres de una pieza como son los de esta tierra austera de Castilla. Mi felicidad, por qué no, sería la de todos los niños no ya de mi Sigüenza sino de eso que llamaban el Mundo, una felicidad de frío y estrellas de un año ya vencido y cada padre bendeciría cada mesa de cada casa porque las mentes blancas qué íbamos a saber de familias diferentes, de familias en soledad, de familias sin perspectiva. En cada casa habría una mesa sencilla y fraternal como la nuestra.

Fui sabiendo que esa mesa, la nuestra, ya digo, casi un altar, no era la mesa que alumbraba cada luz parda de cada casa de ese decorado frío que era mi pueblo. Fui sabiendo que una mesa como la nuestra sería la mesa en la que se sentarán, cuando se liquide el planeta, todos los niños jesuses que cada día devora el lobo hombre con su desprecio o con su peor acción, también con su descuido y hasta con su ignorancia.

Hay niños jesuses nacidos en la pobreza o en la soledad; niños nacidos en lo evitable al ser niños huérfanos de la solidaridad de quienes andamos mal que bien calzados y comidos. Por indignos nos tendremos si a sabiendas de uno solo de ellos no le acompañamos en cada su huida a Egipto, si no paramos a sus perseguidores, si no le extendemos la mano sin que se entere la otra.

En cinco días, en el punto del arco de la noche, vuelve a nacer el Hijo de Dios, y su cuna será un pesebre y María lo envolverá con el mínimo ajuar de unos pañales que trajo por todo traer en una borriquilla, y un San José pacífico de manos carpinteras asistirá con asombro a cuanto está ocurriendo: el mágico misterio de la vida, el que se dio en aquella gruta y el que ocurre cada noche ahí arriba, en el hospital, pero también en una acequia africana, sólo que allá la madre deberá acurrucar a ese niño Jesús negrito bajo un árbol para seguir en el tajo, deseando que se ponga el sol para llegarse a la choza y susurrarle la canción de sus antepasados que es la partitura de acción de gracias al Dios bueno que le trajo la compañía de un hijo al que amará más que a su vida.

Porque estamos en deuda con nuestros hermanos menores pido ayuda al Dios que nace. Le pido también un ramo de esperanza para cada uno de ellos, lejanos y próximos, le pido que cada noche, cuando cierren los ojos, tengan prisa porque amanezca para vivir la ilusión del nuevo día. Le pido que haga que se respeten sus derechos, los derechos de la infancia; le pido que se respeten no ya porque sean ley sino por amor a sus destinatarios. Le pido que ni uno sólo de los niños renuncie a la esperanza, que ni uno sólo pase su infancia en orfandad provocada. Le pido el justo reparto de cuanto Él sembró en este planeta: tierras y letras para todos sus hijos, pero antes para los más pequeños.  

Desde este atril les deseo a ustedes una Feliz Navidad, con el canto de los ángeles a los pastores: “Gloria al Señor y Paz en la Tierra a los hombres que él ama”. ¿Un canto o un mandato? En cualquier caso, también mi deseo.