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22 julio 2024
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EL PASEANTE / Un ucraniano en Guadalajara

El lector y nosotros lo veremos en directo. Nuestro ucraniano quizá no: él tiene que afanarse en terminar su trabajo en el tajo, para ganarse la vida a miles de kilómetros de su casa, de sus amigos y de su patria.

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El 24 de febrero de 2022, mientras millones de personas en todo el mundo intentan saber más de lo que está ocurriendo en Ucrania, ese hombre ya lo sabe. Es un tipo alto, fuerte. Se diría que ronda la treintena. De estar en su país, habría sido movilizado para defenderlo frente a Rusia. Pero él está en Guadalajara, con la cuadrilla que está reformando un local en la Calle Mayor.

«Acabo de hablar con un amigo, hace dos minutos, y está la cosa muy mal». Lo dice en un español nuevo, casi a estrenar. Por eso, el énfasis no lo ponen las palabras sino la mano derecha, que se agita arriba y abajo en el gesto internacional que denota lo que es tremendo, bárbaro, sin medida.

Nuestro obrero ucraniano acaba de entrar al bar de todos los días, que será el suyo mientras no tenga que ir a otro lugar para seguir trabajando. En su patria, por miles se cuentan los que huyen de Kiev, para seguir viviendo. El café con leche humea en la barra al tiempo que en la pantalla del televisor el humo lo ponen los misiles de Putin, arrasando las defensas antiaéreas de las instalaciones militares.

Este ucraniano, alto como una espingarda, de repente guardia silencio y parece como si estuviera repasando dentro de él la conversación con su amigo, la que acaba de tener, desde España, gracias a esos teléfonos móviles que no conocen fronteras, aunque estas sí que existan y sean mutables para la geopolítica internacional. 

En Twitter, asoma el inevitable corresponsal de la CNN bajo un descomunal casco de kevlar,  como si asomarse al balcón de un hotel para la crónica en directo fuera un acto heroico y de altísimo riesgo para su vida. 

Son imágenes que suenan a ya vistas, como en Bagdad hace dos décadas, cuando las armas las esgrimían otros y los proyectiles cruzaban los cielos en dirección contraria.

Son estrategias más que probadas. Ya lo hizo Hitler con los Sudetes y luego con Polonia

Ojalá el desenlace de este guion sea diferente.

El lector y nosotros lo veremos en directo. Nuestro ucraniano quizá no: él tiene que afanarse en terminar su trabajo en el tajo, para ganarse la vida a miles de kilómetros de su casa, de sus amigos y de su patria.

La vida sería muy sencilla si no la complicáramos.

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