Augusto González Pradillo.

Estados Unidos ha desalojado este miércoles, 20 de enero de 2021, a Donald Trump de la Casa Blanca. Pero que nadie cante victoria. El empresario menos indicado para presidir la nación más poderosa había sido votado el pasado mes de noviembre, en segundas nupcias, por millones y millones de sus compatriotas. Muchos más que en 2016. Entonces, y también antes, sobrevolaban preguntas: ¿La suma de muchos tontos da como resultado un ente inteligente? ¿Todos los que votaron a Trump son imbéciles? ¿El voto es sagrado? ¿No hay forma de mejorar la Democracia para evitarnos lamentables espectáculos como los vividos durante los últimos cuatro años en la primera potencia del mundo? 

Jason Brennan es un catedrático norteamericano que se ha planteado las preguntas que anteceden y muchas más. Lo hace en un libro que lo peor que tiene es un título falso y desafortunado. “Contra la Democracia”, que es como se editó la obra, es en realidad un muy documentado estudio sobre quienes votan en Estados Unidos y sus muchas carencias. Las conclusiones son, obviamente, trasladables en gran medida a cualquier país occidental y pasan por un veredicto que a los lectores de LA CRÓNICA les atañe, al igual que al propio diario: quienes se acercan a las urnas no están, en su gran mayoría, bien informados sobre lo que votan. Informarse es un deber cívico esencial, aunque infrecuente en nuestra sociedad.

“El apoyo inicial a Trump en las primarias procedía de votantes excepcionalmente poco informados”, afirma con rotundidad Brennan. No es una opinión, sino el resultado de encuestas reiteradas, pues lo que conocen los votantes se ha medido en Estados Unidos desde hace 65 años. Allí, los más ignorantes son los que se abstienen. “Lo más sorprendente es lo estable que es la ignorancia política”, se lamenta el autor. Incluso los que intentan conocer, lo hacen en muchos casos con un “sesgo de información” que limita su éxito, ese empeño por reforzar nuestros estereotipos y nuestras creencias previas hasta la cerrazón más absoluta. ¿No les suena todo esto inquietantemente familiar?

Tan llenas están esas páginas del filósofo americano de frases ingeniosas que a muchos de sus lectores se les habrá pasado por alto lo que, al menos a juicio de este periodista, es lo más relevante para nosotros ahora y ante nuestro futuro: la imperiosa necesidad de disponer de información veraz para atenuar el riesgo de desastres similares en futuras elecciones. Aquí o allí.

“La información sí importa”, exclama Brennan. “Existe una sobrada evidencia de que las preferencias políticas dependen de la información (…) y que los votantes poco informados cometen errores sistemáticos”. Y eso es lo que hay que mejorar, insiste el ensayista. “Los políticos no divulgan toda la información relevante” y ante tamaña falta de información, por activa o por pasiva, lo que le asombra a Brennan es “que las democracias no funcionen aún peor de como lo hacen”.

El libro en cuestión ha tenido repercusión en muchos países por plantear como alternativa merecedora de valoración la epistocracia, que es como se denomina al gobierno de los expertos. Esto ya viene desde Platón… refutado por Aristóteles. La propuesta tiene un problema de base, cuando menos: nadie se pondrá de acuerdo en quién sabe más que los demás ni sobre quiénes son los expertos. 

Después de leer con atención este peculiar “Contra la Democracia”, uno se malicia que lo de la epistocracia actúa como un McGuffin digno de Alfred Hitchcock. El propio autor se espera a las ultimas páginas de su ensayo para reconocer que “probablemente, es imposible diseñar un examen que evalúe de manera precisa el conocimiento necesario para unas elecciones en particular”. De ahí que proponga incentivos a los aspirantes a votantes, en lo que es la parte más rebatible de su razonamiento, al igual que desdeñar los muchos riesgos de cuestionar el sufragio universal, un enfermo con una mala salud de hierro… ante la falta de alternativas mejores.

“La democracia es una herramienta. Si encontramos una herramienta mejor, deberíamos sentirnos libres para usarla”. Por ahora, no parece que nadie la haya encontrado, aunque todos deberíamos sentirnos libres de imaginar el modo de hacer de este mundo algo mejor. En eso, Brennan es un ejemplo del gozo de la libertad de pensamiento al menos tan grande como Trump lo es de los riesgos que nos acechan mientras sigamos desinformándonos con tanto ahínco, a merced de nuestros prejuicios.

Dicho lo cual, leer LA CRÓNICA y cualquier otro periódico, con su carga exhaustiva de información veraz, es una buena manera de intentar procurarnos el antídoto contra el próximo Donald Trump, allá donde se encuentre. 

Es tanta la tarea, para todos, que no podemos descuidarla.

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