Stefan Zweig y su esposa, Lotte, tras consumar el suicidio.
Stefan Zweig y su esposa, Lotte, tras consumar el suicidio.

Bastante jodido es conseguir vivir con dignidad como para que, encima, te obliguen a morir indignamente. Sorprende que los ataques a la libertad individual vengan, precisamente, de aquellos que más se llenan la boca y los bolsillos haciéndose pasar por liberales. Si al menos lo fueran solo de bragueta, alguna satisfacción darían o se darían y molestarían menos al resto de la concurrencia.

Habrá comprendido el lector que este preámbulo viene a colación de lo dicho y escuchado en las últimas horas sobre la eutanasia en España. Habrá días en que vuelva a ser noticia este asunto, no tanto por conservar con vida al moribundo o para pasaportar al que quiere irse: llenará titulares cuando dicten en Moncloa y desatará debates marcados por el rédito político que cada bando saca con todo esto. En el mundo de los cerdos eso se llamaría hozar. Y hozar es lo que hacen.

Morir es la más íntima expresión de la intimidad de una persona. Tanto, que nadie puede ponerse en tu lugar cuando te toca. Y con tanta muerte a nuestro alrededor, sorprende lo bien que nos esforzamos en ignorarla, hasta que llega.

Ante los estertores de un hombre o de una mujer no cabe hablar de economía sino de compasión. Mejor aún si la religión se da un discreto garbeo y dejamos a cada cual decidir con lo único que tiene a mano frente al caos: su libertad. Qué hermosa palabra, tan denostada por quienes deberían defenderla.

Cuando a Stefan Zweig le pudo la desesperanza, se aplicó él mismo la eutanasia en forma de suicidio. Fue su decisión. Minutos después hacía lo mismo la mujer que le acompañó en aquellos años, cuando muy bien podría haberse quedado mirando el cadáver de aquel hombre, sin irse con él. A ver si llega el día y respetamos la vida respetando también a los que eligen dejarla, aunque no podamos evitar llorar su pérdida.

En los hospitales españoles, todos los días, la sedación del terminal abrevia su sufrimiento y adelanta el exitus. En otros países, la legalización de la eutanasia no ha provocado el “turismo de la muerte” que siempre se anuncia como inevitable. Si Europa todavía sirve de ejemplo para algo, miremos a Luxemburgo: desde 2009, cuando lo legislaron, solo se han registrado varias decenas de eutanasias y un único suicidio asistido. A ver si va a ser verdad que lo último que queremos es morirnos. Aspiramos a hacerlo sin dolor innecesario en el alma o en el cuerpo.

Si tanto molesta que nos hurguen en nuestras cosas del yacer o en las del pacer, con más motivo debería incomodarnos que nos dicten cómo morir.

La última persona que se fue ante mis ojos, tras aquella triste noche de agonía, seguro que entendería esto que escribo, apresurado y dolido, si aún pudiera leerlo.

Dejadnos morir en paz y no nos jodáis tanto la vida.

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