Augusto González Pradillo.

Cataluña es como un día de la marmota insoportable. A los que somos españoles por castellanos lo que ocurra en la burguesa Barcelona y en sus països aledaños nos importa, esencialmente, por lo que tiene de molestia y de recurrente aquelarre de viejos fantasmas. Y en aquellas tierras, de fantasmas y de mitos emponzoñados no andan escasos, como cualquiera sabe. El dinosaurio siempre está ahí, bailando una sardana. El futuro no llega porque lo han encerrado en el pasado.

Ahora que vuelven a las enésimas elecciones camino de su independencia, en la hemeroteca de LA CRÓNICA se ha removido, como queriendo volver a ser leído, un artículo de junio de 2018. Han pasado más de dos años y poco ha cambiado sobre lo entonces escrito, al menos a mejor. Los saraos se hacen ahora por videoconferencia y el café nos lo tomamos en casa, con los bares cerrados por el COVID en esta parte del planeta.

El millón de españoles que dejaron de serlo, y que en la capital del Estado y del Reino se aspiraba ese día a recuperar, siguen perdidos. ¿Algún día cuadrarán las cuentas de otro modo? Por eso, y por lo que todo esto tiene que ver con Guadalajara y algunos de sus personajes, quizá a algún lector de hoy este artículo le reviva sonrisas de ayer.

Allá vamos…


 

¿Saben aquel que diu…? Como si de un chiste del recordado Eugenio se tratara, hace ya una semana que un alcarreño estaba en Madrid, en un salón lleno de brillos y dorados, rodeado de catalanes y de corbatas, para escuchar al director de «La Vanguardia» hablar de sus cosas, que en estos tiempos tan agitados son las cosas de todos.

A diferencia de las impávidas peroratas de Eugenio Jofra Bafalluy, la de Màrius Carol Pañella (con ñ, no con ny) estuvo orientada a despertar sonrisas cómplices y gestos de aprobación entre la repulida audiencia, además de recordar por lo menudo las andanzas del apellidado Mas cuando devino en Artur desde el originario Arturo.

Ha pasado ya una semana y nada se ha conmovido bajo el orbe mundial o bajo el orbe catalán, tantas veces errantes por el espacio-tiempo en universos paralelos.

Viene todo este preámbulo a cuento para explicar que este que les escribe se acercó al «Palace» para que lo sentaran en una mesa de las primeritas, le atendieran con la amabilidad que no siempre encuentra en su cercana tierra alcarreña y se dispusiera a escuchar más que a hablar. Y sin embargo, también le preguntaban los atildados empresarios circundantes: ¿Qué tal le va a Félix (Abánades)? ¡Ah, pues no sabía yo que Carlos Slim había comprado en Alcalá la parcela que me dices! ¿Todavía caben almacenes de logística en el Corredor del Henares? En fin, si los de Hercesa lo hacen con los de Tarragona, habrá que estar atentos a la jugada…

Todo tan real como la vida misma, real como el dinero que se juega en los cenáculos, que nada tienen que ver con la despedida de Jesús a sus discípulos entre pan, vino y cordero sino con la forma de empezar el día entre café, croissants de tamaño mini y retahílas de palabras.

De Guadalajara en Madrid lo que interesa es el beneficio, lo cual no debiera sorprenderle a nadie, ya que lo que da valor medible a cualquier persona ante cualquier otra es eso y nada más: lo que se pueda sacar del prójimo a cambio del mínimo esfuerzo. Incluso la amistad, carente de sexo, es intercambio de compañía o de soledad acompañada, si lo miras bien. Nada que objetar, si todos estamos conformes. Lo mejor de la vida es intangible.

Por esos mismos salones del «Palace», en febrero de 1981 andaban inquietos periodistas y subsecretarios, unos detrás de otros, mientras en la acera de enfrente unos señores con tricornio disparaban contra el techo y tenían a todo un país en vela y al borde del infarto. Tantos años después, algunos periodistas son los mismos y lo que cambian son los motivos para la desazón. A Màrius Carol lo presentó Iñaki Gabilondo, que en 1981, cuando el golpe de Tejero, ocupaba despacho en TVE como fugaz director de informativos con la UCD. Sea un golpe de Estado o no eso que sucede y se repite hasta la extenuación en Cataluña, la voz gabilondiana se mantiene en el mismo tono catequético de antaño, aunque esta vez sin tanques a las puertas.

A pregunta, pública, de este periodista, el responsable de «La Vanguardia» vino a reconocer que lo del diálogo entre las partes puede y debe hacerse en Cataluña pero para recuperar a un millón de antiguos españoles, ahora desafectos. El otro millón de irredentos esenciales que integra hoy el independentismo se da por inevitable, aunque ceñidos a esos límites alteraría la aritmética electoral a términos más asumibles.

En diálogo, privado, al final del acto, el periodista catalán no descompuso el rostro cuando el periodista alcarreño le hacía notar que en el discurso había deslizado sin inmutarse el nombre de Cambó para ponerlo como ejemplo, lo cual habría horrorizado al auditorio si conocieran al personaje y sus andanzas. De hecho, la simple cita de ese prohombre en una información de LA CRÓNICA sobre antiguos planes de Rayet sembró el pánico en algunos relevantes despachos, hace ya muchos años. Màrius Carol asintió, entre sonriente y complacido: «No hubo un Cambó, sino varios. Pero en todo caso, para entender la Cataluña de hoy hay que conocer a Prat de la Riba y a Cambó».

Será por eso que a Cataluña no la entendemos. Como no se entiende Catalunya ni en Catalunya. O como se mira con perplejidad hacia Catalonia desde más lejanas fronteras. O será que no nos queda tiempo, capacidad ni deseos para bucear en la Historia entre tanto sobresalto contemporáneo. O que a nadie le importa nada más que lo suyo, desde ese egoísmo tan nuestro que nos ayuda a sobrevivir, por más que entretengamos la espera del final en destrozar a los demás y a lo que les rodea.

Y, pese a todo, estamos juntos, compartiendo un tiempo y un espacio.

Al girar el cuello, tras despedirnos, los empresarios de peluco radiante y corbata en flor ya se habían marchado. La calle es suya, desde la altura que da el dinero. Que será, a fin de cuentas, lo que arregle en el sentido que corresponda «lo de Cataluña».

La máquina del parking te reclama lo suyo: 5,60 euros para dejarte que vuelvas a la Alcarria.

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