La paloma muerta que le ha servido a El Paseante para hilar su artículo. (Foto: La Crónic@)
La paloma muerta que le ha servido a El Paseante para hilar su artículo. (Foto: La Cró[email protected])

Que no tiemble el concejal de Limpieza, porque no me voy a meter con él. Haber encontrado una paloma muerta, y sin retirar, esta mañana en la calle no va a ser motivo de reproche. Lo de las meadas de los borrachos, que inundan el centro de la ciudad, si merecería más crítica: el día en que la orina del trasnochador lleve ácido, los surcos que dejan cuando desaguan llegarán hasta el subsuelo.

Esta vez, lo de toparse con una paloma al alba y sobre el asfalto, tras una noche entera en duermevela por el zureo inmisericorde de sus hermanas, tiene algo de justicia (poética) y de oportunidad para una necrológica, necesariamente distinta de las que se aplican a los humanos.

Han sido estos últimos unos días de intensas disputas por Twitter acerca de cómo los animales entran en nuestras vidas y la condicionan. Que se lo digan a Elisa Beni, que ha probado la miel en los mismos tarros que antes solo manaban miel. Que se lo recuerden a Morante, el torero proscrito por un rato. Que se lo adviertan al vecino del cuarto y a su perro, tan ladrador y molesto como el amo.

El resto de los animales no son como los seres humanos. Tanto es así, que muchos consideran que los (otros) animales son, precisamente, mejores que nosotros. Cuestión de perspectiva.

A fin de cuentas, lo que hay debajo de todo este cruce de banalidades es la mera ignorancia y la soberbia, que impiden mirar a los demás sin petulancia y a uno mismo sin tanta insensata indulgencia. El exceso de ruido no solo aturde sino que impide la comunicación, como vienen recordando los semiólogos desde hace medio siglo.

Lo único que nos iguala de verdad a los humanos con el resto de los animales es la muerte, tan olvidada siempre pese a ser nuestra mayor certeza.

Y la muerte estaba allí, sobre el suelo, esta mañana. Y era bella.

Al pájaro le llegó con su último aliento para estirar no solo la pata, sino también el ala. Y para exponerla entera, como un abanico con país de plomo.

Sobre el suelo de la ciudad estaba el cielo de Velázquez, en un gris inmóvil que eran muchos grises. El blanco, su contrapunto.

Todos los colores están en cada uno de ellos, como todos estamos en todos, aun sin quererlo. Ser onda y partícula al mismo tiempo… aunque pocos sean luz y apenas produzcamos más que sombras. Paradojas de la materia humana.

Disquisiciones aparte, la muerte es la forma más sencilla de entender la vida. Será por eso que, de tanto ocultarla, nos morimos sin haber comprendido casi nada.

Esa paloma, carente de sentido, al menos ha dejado antes de irse el regalo de una hermosa imagen del fracaso.

Esta vez, la fotografía llegó antes que la escoba, la realidad antes que el velo.

Si pasa por allí no quedará nada, ni tan siquiera el recuerdo.

Más artículos de El Paseante: