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14 julio 2024
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EL PASEANTE / San Inodoro

En España, aunque nos duela recordarlo porque la memoria nos hace llagas, hemos tenido a Isidoro de Sevilla, como también a Calderón o a Baltasar Gracián. En los tres coincide la gran veneración que les rinden las clases cultas europeas y el desdén garrulo con el que los tratamos por aquí.

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A ese compañero del trabajo, la creciente presbicia le está creando complicaciones inauditas. Ha sido llegar al 26 de abril y proclamar, convencido y tronante, que era el día de San Inodoro. Los ojos de espanto entre el resto del personal aún permanecen.

Han tenido que pasar minutos para que un alma caritativa haya revisado el calendario y le sacara del error: el santoral celebra a Isidoro de Sevilla, no al señor Roca. Sutil diferencia. Mátame, camión.

Ciertamente, en esta España de nuestras desazones es más fácil rendir devoción a San Inodoro que a San Isidoro. Los apretones que nos asolan tras leer las noticias por algún sitio tendrán que salir. Y en nuestra ignorancia colectiva, el sabio que lo fue a las orillas del río Betis es solo una tenue referencia del Bachillerato, aquella antigualla de cuando los ya jubilados algo tenían que estudiar.

Hoy, al único cartagenero al que se le reconoce conocimiento y reconocimiento popular es Arturo Pérez-Reverte, lo cual no es poco aunque ilustra bien sobre nuestra ignorancia casi universal.

No están los tiempos como para pretender que nadie tenga en cuenta que uno de los Padres de la Iglesia nació en Cartagena, mucho antes del cantón, a mediados del siglo VI, aún sin moros a la vista, porque ni siquiera había nacido Mahoma. Demasiados datos que retener, diría la ministra.

Pero en España, aunque nos duela recordarlo porque la memoria nos hace llagas, hemos tenido a Isidoro de Sevilla, como también a Calderón o a Baltasar Gracián. En los tres coincide la gran veneración que les rinden las clases cultas europeas y el desdén garrulo con el que los tratamos por aquí. Hay más casos, pero para qué seguir…

El compañero de la presbicia se ha ido al baño, con su smartphone. Volverá dentro de veinte minutos, después de haber repasado en el cacharrito todo el anecdotario de banalidades que un ciudadano del siglo XXI requiere para poder decir, con milimétrica precisión, que conoce lo necesario para ignorarlo todo y no desentonar. 

A ver si, al final, quien merece subir a los altares de nuestro reconocimiento es, realmente, San Inodoro.

Si nos empeñamos, algún día será verdad.

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