Al filo de las ocho y media de la tarde, Gómes, Hernández y Caballero, salían por la puerta grande de «Las Cruces», un día antes de que el coso cumpliera 35 años.

Tarde de toros el sábado en la plaza seguntina, inaugurada un 14 de agosto, de 1987, hace 35 años exactamente.

Retransmitido por la televisión regional, presidió el festejo la alcaldesa de Sigüenza, María Jesús Merino. «Las Cruces» registraron una media entrada, con 1.600 espectadores. El cielo amenazaba una lluvia que no llegó a hacer acto de presencia. Sí hubo, por el contrario, rachas de viento que entorpecieron en algo la lidia de los novilleros, sobre todo en los medios. Los novillos eran de la ganadería jienense de Guadalmena.

Abrió plaza el caballero portugués, David Gomes, con Cristalado, un utrero negro listón, con mucho ritmo y calidad. El luso desplegó una cuadra de caballos jóvenes. Escuchó palmas en su primero. Gomes reconocía en el callejón que le faltó ligazón a su faena en el que fue su primer festejo de la temporada en España. “En Portugal, no matamos. La falta de práctica ha hecho que el rejón de muerte quedara atravesado, y que el novillo no cayera pronto”, decía al terminar su primera faena.

En su segundo, de nombre Inquemable, que salía a la plaza cuando asomaba el sol entre las nubes, Gomes redondeó su tarde, cortando dos orejas en una faena vistosa, clavando siempre en su sitio. Pese a que mató a la segunda con el rejón de muerte en una estocada desprendida que ahogó al animal, vio premiada su labor con dos orejas.

Víctor Hernández, que actuaba por cuarta vez en Sigüenza, cuajó una gran faena a su primero, un Cantarito con pitones más propios del arte del rejoneo. Hernández estuvo brillante con el capote. A pesar del viento que impedía dominar bien los vuelos, arrancó con unas tafalleras de mucho mérito. “Las Cruces me transmite sensaciones desde el primer día. Una tarde más, estoy disfrutando de esta maravillosa plaza y de este fantástico público”, declaraba tras matar de un estocadón a su enemigo y de cortarle dos orejas.

En el segundo, de nombre Cachivache, Victor Hernández redondeó la tarde. Fue en Sigüenza donde debutó con picadores, y, desde entonces, su idilio con la ciudad se extiende en el tiempo, en la que es su plaza talismán. El público lo quiere, lo aprecia y no se cansa de verlo.En las cuatro tardes que ha toreado en Las Cruces, ha salido a hombros.
Cerró su faena, antes de la espada, con unas manoletinas de infarto. Bien otra vez con el acero, el novillero se llevó, con justicia, las cuatro orejas. “Numéricamente la tarde ha sido importante. He tenido sensaciones buenas, pero sigo persiguiendo la perfección. No me conformo. Doy gracias a Dios por el calor de esta afición, por haberme puesto aquí y que me apoyen”, declaraba poco antes de salir a hombros.

El tercer novillo, Campanita, fue para Manuel Caballero, hijo del matador Manuel Caballero, figura del toreo que abrió todas las puertas grandes de las plazas importantes. En su tercera novillada picada, demostró detalles de mucho mérito. “Me he sentido bien frente al novillo. El aire ha respetado mi faena y, aunque era un poquito tardo, cuando cogía la muleta, el animal la seguía hasta el final”, señalaba el chaval tras su primero, encantado con el público seguntino “cariñoso conmigo desde el capote hasta la espada”. La presidenta le concedió las dos orejas.

Su segundo tuvo menos ritmo que sus hermanos. Pese a dejar de nuevo testimonio de su clase, sobre todo algunos muletazos profundos con la mano izquierda, acusó la inexperiencia. Caballero, sincero, también lo reconocía. “Estoy feliz de estar aquí y de haber podido triunfar, entre comillas”, terminaba. Cortó una oreja, de sus tres en la tarde.

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