Augusto González Pradillo.

Dos semanas después, y con las que aún nos quedan por delante, ya estamos todos saturados de coronavirus en sesión de mañana, tarde y noche. Crea el lector que ese colapso íntimo también nos afecta a los periodistas, expuestos en primera fila a un aluvión de datos negativos y a muy pocos que nos abonen la esperanza. Pero es precisamente esa, la esperanza, la mejor opción entre todas las posibles.

Cada día, poco después del amanecer, se oye el ruido de los motores en el parque móvil de la Diputación. Cada día, en el muro exterior, crece un poco más la mala hierba. No hay tiempo para cortarla, pero sí que merece que nos fijemos en ella: está floreciendo en estos días. No es la planta más útil, ni la más bella, pero alegra el alma ver que lo que en otros momentos despreciaríamos hoy reconforta la vista.

Exterior del parque móvil de la Diputación el 24 de marzo de 2020. (Foto: La Crónic@)
Exterior del parque móvil de la Diputación el 24 de marzo de 2020. (Foto: La Crónic@)

En la ciudad, los comercios están cerrados. Los escaparates se han congelado, como si un mal viento hubiera dejado las calles sin vida. En uno de ellos, desde días antes de la declaración del estado de alarma, yace lo que pudo ser parte de la Semana Santa. Ahí están todos los aditamentos posibles para el cofrade, incluidos costales y morcillas. La carga de un paso no es mayor que la que ahora todos llevamos a nuestras espaldas, sin más protección que el sentido común. Y sostenidos por nuestro civismo. Estamos comprobando todo lo que de bueno tenemos dentro y todo lo bueno que podremos llegar a hacer, cuando esto pase.

Escaparate en Guadalajara con accesorios para la Semana Santa. (Foto: La Crónic@)
Escaparate en Guadalajara con accesorios para la Semana Santa. (Foto: La Crónic@)

Cuesta no pensar en Chernóbil (la ciudad, no el disco bar) cuando ves los columpios de los parques como rehenes atados, encintados para que nadie los use como si hubiera alguien con ganas de hacerlo. Faltan los niños, pero los niños están ahí… más arriba, en cada casa. Poniendo a prueba a los padres y su paciencia. Estudiando lo que les será útil algún día, quién sabe cuándo. Ellos son, para todos, la esperanza.

Columpios condenados en un parque de Guadalajara.
Columpios condenados en un parque de Guadalajara. (Foto: La Crónic@)

El tiempo parece haberse detenido allá por donde mires. Parece que no se necesiten relojes, a falta de actividad laboral, sin prisas ni atascos que lidiar. Pero sí son necesarios: para no faltar cada día bien puntuales a la cita de las ocho, con nuestros aplausos.

Aplausos desde el confinamiento en los hogares de Guadalajara. (Foto: La Crónic@)
Confinamiento en los hogares de Guadalajara. (Foto: La Crónic@)

Como periodista sin máscara ni mascarilla (¿Aún estamos seguros de que no son necesarias para los que salimos a la calle por causa de fuerza mayor? ¿Alguien tiene alguna que le sobre?) la ciudad desolada por el coronavirus es un reto más allá de las aceras y el asfalto. Aquí vivimos y aquí seguiremos viviendo. Tendremos que hacerlo muy bien para que, cuando todo fluya, vivamos todos juntos una ciudad mejor.

Esa es mi esperanza. Compartida con muchos.