Augusto González Pradillo.

Que a estas alturas del telediario tengamos todavía que explicar lo evidente puede desmoralizar a cualquiera incluidos aquellos que aún guardan esperanzas sobre las capacidades del género humano.

Los lectores de LA CRÓNICA se desayunaban este sábado con un titular de los de frotarse los ojos, no porque fuera inexacto o inoportuno, sino por todo lo contrario.

El día del estreno del nuevo salón de plenos del Ayuntamiento, precisamente ese, uno de los debates tuvo que ver con la defensa de que cada cual se acueste con quiera, dicho llanamente. Ni siquiera una cuestión tan básica como es la libertad individual une siempre y a todos en la Corporación, como se ha vuelto a demostrar.

Ignacio de la Iglesia es un buen tío, buena gente y un español esforzado en la defensa de los derechos de las personas, incluido la sexualidad como cada cual la entienda. Y desde 2019, a eso le une el hecho de ser uno de los concejales cuya labor es más unánimemente reconocida dentro y fuera de la casas consistoriales. Quizá el que más, incluso.

De la Iglesia tuvo una atinada, y doliente, intervención a propósito del Día del Orgullo y de la declaración institucional que se proponía para apoyar los derechos del colectivo LGTBI. La mera necesidad de ese recordatorio ya debería preocupar; que la votación no fuese unánime abochorna, pues no parece que de la discriminación por razón de sexo (y de la sexualidad) quepa hacer bandera.

O España es un país de ciudadanos libres o no será gran cosa, por muy grandilocuentes que nos pongamos para argumentar según qué. El sexo y el seso son dos atributos personales e intransferibles. El primero no habría que mostrarlo ni metafóricamente; el segundo no tendrían que demostrarlo nuestros representantes, puesto que su aplicación se les supone.

A veces, parece que no tanto.

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