Augusto González Pradillo.

Hemos tenido que llegar al primer viernes de marzo de 2021 para que, en pleno ayuno cuaresmal, desde la Comunidad de Madrid nos hayan regalado un pantagruélico banquete de argumentos asombrosos, que no sabrosos, sobre el COVID. Para no abusar del lector, ni saciarle tampoco el apetito de experiencias más fuertes por su cuenta, nos ceñiremos al penúltimo argumento del viceconsejero de Salud Pública de la Comunidad de Madrid para afirmarse en rechazar el cierre perimetral.

Al que llaman Zapatero «El Bueno» se le ha ocurrido razonar que «si vas a impedir que la gente se mueva fuera, se va a mover dentro, y si acotas más el toque de queda puede producirse más condensación de gente en una franja horaria determinada, como de 15.00 a 20.00». Pareciera que los madrileños son considerados como partículas elementales de elementales impulsos, incapaces de dejar de moverse, incapaces de razonar y de ayudar a preservarse y a preservarnos del contagio.

Con la que está cayendo, viene a plantear Antonio Zapatero (se supone que comanditado por la presidenta Díaz Ayuso) que es preferible que el madrileñamen –como diría Paco Umbral si no estuviera muerto y olvidado– se mueva por la ancha Castilla y por la costa peninsular antes que dedicarse a dar vueltas por Aranjuez o por Chinchón. Algo así como socializar la pandemia ante el inexorable imperativo categórico que atribuyen al madrileño desde esa su Comunidad: la condena a moverse sin capacidad de detención, en Semana Santa o en cualquier jornada que no sea laboral.

Más que a la comparación con Sísifo, el político madrileño ha condenado a sus paisanos a asumirse cabalmente como electrones, que esos sí que corren incesantes. Antonio Zapatero e Isabel Díaz-Ayuso serían, en tan cuántica analogía, el protón y la neutrona, deshaciendo a voluntad el equilibro atómico y dejando escapar a los que por ahí orbitan en cuanto ellos dos lo decidieran sólo con cortar la carga eléctrica con que los retienen. Libres para estamparse fuera de la órbita contra la realidad.

Perdone el lector la chanza y la física cuando de lo que debiéramos hablar es de pandemia y de política.

Hoy nos hemos visto abocados a todo el surrealismo precedente si queríamos ponernos al nivel de la ocurrencia de quienes andan afanosos en el regate corto frente al virus. Que, bien es cierto, no viven sólo en Madrid. Pero algunos, según se lee, están empeñados en convertir la populosa Villa y Corte… en corte de los milagros. Mejor pararse y pensar. Mejor pararse y no contagiar.

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