Augusto González Pradillo
Augusto González Pradillo

El mismo día en que España y la Unión Europea superaban las más altas cotas conocidas de estupidez en la gestión de la pandemia, en una pequeña ciudad castellana el silencio era el mejor de los aplausos para quienes hacen bien su trabajo contra el coronavirus.

Nadie hasta ahora se lo ha reconocido como merecen. Apláudanlos conmigo.

La capital de esta provincia tiene en su centro un polideportivo que se construyó, hace décadas, por una de esas rivalidades políticas que sólo en contadas ocasiones sirve para algo más que ganar elecciones. Ahora, además, ha cobrado una inusitada importancia, puesto que en su pista es donde se está vacunando a muchas personas. Sin atascos, porque las citaciones se hacen en relación con la existencia de vacunas, cuyo acopio no da para demasiados excesos, según parece.

Cuando se presentó el dispositivo, desde este mismo periódico se afeó, con sutil elegancia, el empeño de todas las administraciones concurrentes en aparecer en todos los carteles, como si suya fuera la gloria o que sin ellos estuviéramos condenados al infierno. No citaremos a Sartre, pero ustedes ya me entienden.

Hasta cinco instituciones se publicitan en los letreros que anuncian el Centro de Vacunación Centralizada de Guadalajara. (Foto: La Crónic@)
Hasta cinco instituciones se publicitan en los letreros que anuncian el Centro de Vacunación Centralizada de Guadalajara. (Foto: La Crónic@)

Mucho más trascendente que tanto logotipo en danza está resultando, para el éxito del dispositivo de vacunación, el factor humano. Desde las chavalas de la puerta, los vigilantes de seguridad, todos los voluntarios de Protección Civil, los funcionarios de la Diputación, el personal administrativo, las enfermeras, los médicos… Ellos están muy por encima de las instituciones que les pagan, porque su amabilidad y dedicación no tienen precio ni caben en un salario o en una remuneración ocasional. Lo suyo es una propina constante de buen hacer, que se agradece aunque nadie se lo aplauda.

En estos días de despropósito permanente, nacional y europeo, los únicos que han sido eficaces contra el pánico que provoca tamaña inoperancia han sido ellos. Y sin ellos (sin su sonrisa, su amabilidad, su atención, su comprensión…  sin su humana profesionalidad) el miedo de muchos a AstraZeneca y a su mala prensa se habría convertido en pánico insuperable, trabando aún más una campaña de vacunación que parece diseñada por el más tonto de los Hermanos Marx.

La ciudad que nos ocupa, que es Guadalajara, acaba de cerrar el interior de sus bares y restaurantes, como si el mito del eterno retorno se hubiera hecho carne y habitara entre nosotros.

Mientras, en la pista del Polideportivo «San José» no se oyen ni murmullos, porque todo se desarrolla con orden y en calma.

La misma calma que algún día volverá a nuestras vidas y que hoy quiero romper con mi aplauso silencioso y por escrito.

Gracias.

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