Redacción de LA CRÓNICA, en la calle Pintor Antonio del Rincón, de Guadalajara.

Los lectores de LA CRÓNICA saben bien que este diario tiene una acreditada pasión por el periodismo de viajes, con sección propia en forma de revista. Ese mirar más allá de la punta de nuestros zapatos ayuda a relativizar lo propio y a aprender de lo ajeno. Y una vez que se levanta la vista, desde aquí también se observa cómo se hacen las cosas más allá de los Pirineos. Hay motivos para tomar nota, por nuestra salud y para nuestro futuro. Y eso es de aplicación incluso para aquellos que no tengan demasiadas simpatías «al francés» desde la Guerra de la Independencia.

Va para dos siglos que Napoleón moría en uno de los lugares más inhóspitos del mundo. Todavía hoy, la isla de Santa Elena es el paradigma de la soledad, perdida en lo más profundo del Atlántico, lejos de todo. Aquello ocurrió el 5 de mayo de 1821, después de que aquel hombre tan grande como bajito fracasara en lo de liberar a Europa del Antiguo Régimen a cañonazos y a mayor gloria de Francia.

Desde mucho antes, en España ya se podían encontrar francófobos y francófilos, en distinta proporción según las épocas. Ahora, cumplida la quinta parte del siglo XXI, sigue habiendo motivos para mirar a ese país, sobre todo cuando hacen las cosas bien. A las puertas de una nueva y trepidante temporada turística, más nos vale fijarnos en lo que está ocurriendo por allí.

Los españoles, sobre todo los de Madrid y sus aledaños, tendemos a creer que a los turistas se les atrae organizando Fitur (que no está de más), confiando en que haya sol todo el verano y esperando que los tabloides británicos no mientan demasiado sobre Benidorm. Si eso no bastaba para antes de la pandemia, ya dirán ustedes cómo queda el esquema cuando el virus está tan a gusto que se resiste a marcharse.

Pero hay formas de avanzar y que se note.

Por ejemplo, con la gratuidad de las pruebas PCR. En el país de Macron no es una promesa, sino una realidad. Más exactamente, es el único país en que no cuesta ni un euro hacérsela.

Así las cosas, el que viaje desde España deberá llevar su certificado y haber pagado en origen por dejarse penetrar con un hisopo hasta el fondo de la nariz: a la molestia se une los 150 euros que viene costando el martirio. Cuando el español que arriba a Francia tenga que volver, la PCR para el retorno sí que es gratis, como para cualquiera ciudadano de la República gala.

Si a eso le sumamos que el Gobierno de Macron ya tiene marcado muy claramente cómo desescalar el octógono hasta finales de junio… la comparación aturde y enoja a partes iguales, ante la inconcreción persistente que se vive en la España de las 17 autonomías, con un Gobierno central en constante estrategia evasiva.

Europa lleva intentando ser un proyecto común desde Carlomagno, Carlos V y Napoleón. A lo largo de un milenio, a base de pólvora y diplomacia nunca terminó de salir bien ningún intento. En nuestros días, ni por la economía ni bajo el COVID-19 andamos acompasados por el mismo camino. 

Si el virus y su expansión terrible no nos ha enseñado aún que las fronteras no existen y que tenemos la obligación de convivir para vivir es que no hemos aprendido nada.

Para ilustrarse en ese empeño de salir de uno mismo viajando, los lectores de LA CRÓNICA siempre tendrán en IDEAS PARA VIAJAR los mejores consejos para abrir horizontes y asomarse al mundo, con la mejor información a nuestro alcance. Muchos de esos destinos estarán en Francia, previsiblemente.

No nos lo agradezcan: aprovéchenlo. Lo de hacer gatis las PCR no es nuestro cometido, pero sí lo es reclamarlo.

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