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«El caballero de Olmedo»: Teatro en verso para jóvenes cerca de la acampada de Sol

La vida, allá por donde mires, es un espectáculo. La diferencia está en que no siempre merece nuestro aplauso. Esta vez, en el Teatro de la Comedia, aplauso y ovación por la recreación de "El caballero de Olmedo", de Lope de Vega.

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Una obra luminosa en una tarde de intensa tormenta tropical, dicho sea a modo de resumen.

Dado que Madrid es una paradoja cotidiana, al paseante no le incomodan en exceso las obras de la calle del Príncipe. Allí es donde ha ido a parar bajo el paraguas, mientras a escasa distancia otros acampan en la Puerta del Sol, no muy lejos de los lujos del Four Seasons.

A mitad de esa calle se abre un túnel del tiempo, que por 25 euros te lleva cómodamente sentado –junto con un puñado de magníficos actores– hasta la Medina del Campo de hace cuatro siglos. Resulta más barato que cualquier otro transporte público este viaje al que te invita de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en la recoleta bombonera que es el Teatro de la Comedia.

El día de autos, cuando ya es noche cerrada, este que les escribe se sienta en la platea y goza de una obra, por de pronto, bien recitada. El verso correctamente usado tiene efectos catárticos, en ese dejarse llevar por el fondo y la forma, suavemente.

Dicen los que de esto saben que «El caballero de Olmedo» pasó desapercibida desde su publicación póstuma hasta casi el Desastre de Cuba… que ya es pasar. Sea como fuere, es un clásico para nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras entendederas.

Fuera ha dejado de llover y dentro animan al público a tomar asiento.

Si la cultura no despertara tantos recelos y la basura televisiva no le ocupara tanto tiempo a los españoles, asomarse a los teatros sería más frecuente. Para alimentar la esperanza, en esta función se nota la presencia de un nutrido grupo de estudiantes: han acudido con algunos profesores para ver la obra, convertida así en una actividad extraescolar. Tras los aplausos finales, con sus muchos vítores desde los palcos, uno comprueba que se lo han pasado bien. Gracias, Lope.

Para que el experimento funcione tan eficazmente como lo hace se han tenido que juntar varios elementos:

  • La acertada dirección de Laila Ripoll, veterana y acreditada en estas lides.
  • La magnífica puesta en escena de Arturo Martín Burgos.
  • Asumir que la tragicomedia es drama entreverado de sonrisas, como aquí se hace.
  • Llegado el momento, ser capaces de poner en escena una fiesta con todo el plantel sobre las tablas que, de tan briosa, emociona.
  • El trabajo coral de unos actores que ensalzan el texto y no lo humillan… al contrario de lo que ocurre tan a menudo en las series de televisión, donde el farfulleo es norma.

Al final de la representación, el público aplaudió sobremanera a Víctor Sáinz por su Don Alonso, pero también a Toni Misó, por su Tello.

A Laila Ripoll, al revisitar el texto de Lope de Vega le ha salido una obra de terror gótico, sobre todo en su tramo final. El espíritu de Mary Shelley y aquellas celebres tertulias que ofrecía a Lord Byron antes de escribir su «Frankenstein» sobrevuelan esas escenas que anticipan la muerte del protagonista. A cimentar ese propósito ayuda además, y sin chirriar, haber trasladado la acción a la España del primer Romanticismo.

Tras la representación, la muchachada ocupa la acera entre los no pocos jubilados que también han disfrutado de la obra de Lope de Vega y de esta recreación.

Más allá, en la Carrera de San Jerónimo, un joven corre a todo correr, perseguido por otros dos, que le gritan para que se detenga. El ladrón no llega al edificio del Congreso de los Diputados (y Diputadas) porque intenta escabullirse por Cedaceros. Se desconoce el desenlace, aunque se supone.

La vida, allá por donde mires, es un espectáculo.

La diferencia está en que no siempre merece nuestro aplauso.

Esta vez, en el teatro, aplauso y ovación.

(Las representaciones de «El Caballero de Olmedo» en el Teatro de la Comedia se mantendrán hasta el 22 de noviembre, de martes a domingo, a las ocho de la tarde).

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