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Vermeer vive en Madrid, con vistas a Delft

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Viajar no es sólo coger un avión para huir de tus rutinas. Para esos propósitos también sirven los museos, que a veces son viajes de ida y vuelta por caminos impensables.

Para avalar esa teoría bien vale la exposición dedicada en el Thyssen de Madrid a un puñado de obras maestras del Mauritshuis, de La Haya. Los 14 euros de la entrada incluyen también este escogido y temporal, tesoro, que es muy conveniente disfrutar antes del 10 de enero, momento en que los lienzos volverán a su país.

Basta coger el ascensor de la planta baja, pulsar para llegar a la segunda y, tras abrirse las puertas, transportarte varios siglos atrás.

La primera obra casi te asalta en el rellano y ya anticipa la calidad del conjunto.

A punto de cumplir 400 años, es un bodegón de Pieter Claesz que ilumina cuanto le rodea.

Lo que tenemos a nuestro alrededor es, en esta y en el resto de las paredes, la vanidad burguesa hecha arte, lo cual no es nada baladí.

Un cuadro para una casa «con posibles» en aquellas provincias holandesas del siglo XVI debía merecer su precio tanto por el tema elegido como por la solvencia en la ejecución. Así se suceden las escenas domésticas (como es quitarle los piojos al niño, sin ir más lejos), el llanto del crío insoportable con su tambor a punto de la reprimenda o los paisajes urbanos que muestran patinadores con el culo al aire, más los personajes ligeramente grotescos que, por contraposición, ennoblecen al pater familias. Hay fumadores, pero faltan bebedores… y es que no todo se puede reunir en 25 cuadros.

Dentro de lo más conocido (y agradecido por el público en general) figuran los Rembrandt, ya sean retratos o autorretratos, pero también ese maravilloso «Jardín del Edén» pintando al alimón por dos grandes como fueron Brueghel El Viejo y Rubens. Es un juego entretenido comparar las carnosidades de este y los paisajes de aquel, con técnicas tan diferentes.

Pero seamos sinceros: aquí no hay nadie que no haya venido para ver «el Vermeer».

Antes de extasiarse, el visitante haría bien en no hacer de menos a Gérard ter Norch, por varios motivos. El primero de ellos, su capacidad de ser un empecinado trashumante, mucho antes de que la Unión Europea rompiera las fronteras: hasta en Madrid anduvo, como pintor cortesano, además de largos e intensos periplos por Inglaterra, Alemania, Francia e Italia por las más variadas razones. Lo que aquí nos emociona es su «Mujer escribiendo una carta».

¿Está a la altura de Vermeer por composición y ejecución? Juzgue el lector la disposición y factura de las telas, la piel del cuello, el mínimo hueco –tan sugerente en su nimiedad– entre el vestido y el escote, los caracolillos del peinado, la forma de coger la pluma, el gesto y la paz del rostro. No es Vermeer, pero no desmerece. En realidad, está en el origen del gusto de Vermeer y de otros artistas de la región por el tema epistolar y la forma de resolverlo como este, su predecesor.

Con más curiosos alrededor nos espera, definitivamente, Vermeer.

«Vista de Delft»

Estamos ante un óleo de un formato mayor al habitual en este pintor, más del doble que en «La joven de la perla», por ejemplo. Ante la «Vista de Delft», a este que les escribe los ojos se le van a las mínimas pero empastadas pinceladas que sirven al pintor para sugerir los pañuelos que cubren a las mujeres. Quizá una forma inconsciente de escapar en ese momento inicial de quedar atrapado ya de entrada por tanto derroche de perfección técnica como derrocha esta obra.

El cielo, en lo que parece una tormenta en retirada, manda sobre los dos tercios del lienzo; y el agua, el resto. En medio, Delft y un barco a la derecha, como un fantasma vencido. En todo el cuadro, un silencio que casi se oye. Lo que habla con murmullos y sin palabras es la luz del sol, que ilumina la ciudad sin dejarse ver, acariciando los edificios.

Acaba de aterrizar en Madrid este que es uno de los cuadros más famosos de Occidente. Y como siempre ocurre con el arte enmarcado, es mucho mejor verlo de cerca.

Por más que el huecograbado se esforzara desde hace un siglo en reflejar la realidad del óleo sobre papel couché, no hay comparación. Además, los responsables de esta exposición del Museo Thyssen han acertado de pleno en la ubicación y en el montaje de las 25 obras que componen esta reducida pero valiosísima muestra temporal.

Para la ocasión no se han ocupado salas de la planta baja sino el ya referido nuevo espacio en la segunda. De este modo, el visitante se encuentra con estos tesoros y sigue, sin solución de continuidad, con lo mucho bueno que de la pintura flamenca y holandesa guarda la colección permanente de la Thyssen-Bornemisza.

Como se lee en alguna de las paredes del museo, «la cultura beneficia seriamente la salud».

Anímese a comprobarlo.

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