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28 abril 2026
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Lovaina, la ciudad que enseña a vivir… y que sabe revivir

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Cuando en 2030 los medios de comunicación te hablen de forma reiterada de Lovaina no deberías mostrar extrañeza. Estamos seguros de que este reportaje te animará, más que sobradamente, a pisar una de las ciudades universitarias más famosas del mundo y conocerla. Y conocerla es el paso más inmediato para disfrutarla.

Al comienzo de la próxima década, lucirá el título de Capital Europea de la Cultura. Con todo merecimiento, como vas comprobar. También podría ser reconocida como un reducto del saber vivir, que no se enseña en las aulas pero que se palpa en las calles. Hazlo ya. ¿Para qué esperar?

Vamos a ello.

¿Qué ver en Lovaina?

Nuestro consejo es que no te aceleres pero, si aun así te empeñas en considerar Lovaina sólo como un complemento a tu paso por Bruselas (a 20 minutos en tren) y camino de Brujas, aprovecha al menos para lo siguiente:

Ayuntamiento-Biblioteca Central-Oude Markt, sus terrazas y la estatua de la kotmadam-San Pedro-Colegios universitarios-Iglesia de San Miguel-Gran Beaterio…

Hay mucho más que ver, pero los acelerados ya tienen trabajo con lo anterior. Y quienes quieran encontrar más razones para la visita, que no duden en seguir leyendo.

Lovaina no es algo ajeno a España

En 1635, una ciudad española (que actualmente no lo es) afrontó el asedio de decenas de miles de franceses y holandeses.

Su muralla, un círculo casi perfecto, resistió el acoso.

Quienes estaban intramuros eran soldados españoles, suizos y de otras nacionalidades. Los vecinos que los acompañaban hoy se llaman lovainenses y coinciden con los españoles contemporáneos en haber olvidado aquel suceso.

Algo, o mucho, ha quedado de la lejana convivencia y no es necesariamente malo, sino todo lo contrario.

Al español se le mira con buena cara en esta parte de Flandes, a pesar de nuestro empeño en hablar bastantes decibelios por encima de lo que por aquí se acostumbra. No son escasos los que responden en español a la mínima ocasión. Como son amables hasta el extremo, aseguran que lo hacen «por practicar» aunque la amplia sonrisa que les acompaña acredita que lo hacen por cortesía.

Está tierra, lisa como un folio, tiene mucho escrito en el español de Castilla, aunque sean pocos los que sepan o quieran leer aquellas historias.

Más recientemente, a los viajeros peninsulares lo que nos gusta hasta el éxtasis es la arquitectura gótica flamenca, esa que se desparrama en las Grotte Mark de sus ciudades principales, desde Bruselas a Brujas pasando por Gante o Malinas. Y Lovaina no se queda atrás.


Disfruta con los ojos…

El edificio del Ayuntamiento es un flamígero ejemplo de lo que significa tener vecinos ensoberbecidos, como los de la cercana capital.

Apenas acabada la Edad Media, lo que les abrumaba a los que mandaban por aquí era la pesada sombra de Bruselas y toda su vanagloria.

Música con sorpresa en la iglesia de San Pedro

Los burgueses de este burgo aún sentían como un guantazo permanente para su orgullo lo mal que había ido la construcción de la iglesia de San Pedro, justo enfrente del edificio municipal y que no fueron capaces de levantar tal y como pretendían… porque se les caía. Cuando no era el inestable terreno el que devolvía al suelo los sillares de piedra era la falta de dinero la que impedía proseguir la construcción. Un sindiós histórico.

El sueño de levantar hacia el cielo una altísima y espigada fachada no prosperó, ya decimos. Pero el fracaso permanente no era una alternativa. Fue entonces cuando la caliza se hizo intrincadísimo encaje enfrente y lugar de paz dentro del templo. Es lo que ahora vemos… y oímos.

La nave se ha llenado, a lo largo de los siglos y hoy mismo, de música celestial, que juega a acariciar los rayos del sol que se cuelan, en mil colores, por las vidrieras.

Es esta una iglesia inesperadamente luminosa y la sorpresa de ese coro cantando piezas religiosas para ti como casi único espectador es un privilegio para degustarlo. Luego sabrás que tienen su sede en la Abadía del Parque, que visitarás y en donde un canónigo te bendecirá los pies de paseante viajero.


• Derroche gótico para munícipes

La plaza se cierra por uno de sus lados con el edificio conocido como la Mesa Redonda, de origen gremial y que tuvo que ser devuelto a su estado original con una severa reconstrucción tras la Gran Guerra.

Pero volvamos al Ayuntamiento, que con su gloria gótica es, de largo, el más relevante monumento de Lovaina.

Para ser justos, a los munícipes no les importó dejar la obra sin rematar durante siglos, que son los mismos siglos en que las hornacinas quedaron vacías.

Lucía menos, sí, pero como contrapartida se evitaban tener que discutir qué santos y en qué lugar se colocaban o qué parte de la nobleza quedaba fuera de este escaparate tan especial.

Llegado el siglo XIX, la espera terminó. Puestos a restaurar, y ante la insistencia de Victor Hugo, se esculpieron 236 esculturas, dedicadas a cuanto personaje hubiera tenido relevancia local. La lista, bien se ve, salió extensa, pero encaja perfectamente en el conjunto.

Para nosotros, que hacemos pacíficamente el mismo camino mucho más belicoso de nuestros antepasados, es más que relevante esa galería de personajes. Al buscar, hallas entre los representados no sólo a Carlos V y Felipe II, sino también a Juan Luis Vives.

• El espíritu de Vives aún sobrevuela Lovaina

Si somos sinceros con nosotros mismos, reconoceremos que Luis Vives apenas nos suena a otra cosa distinta que no sea una vieja editorial, la Edelvives de los Maristas. Y sin embargo, forma parte de la «Santísima Trinidad» del pensamiento, una cumbre insuperada desde el siglo XVI y que completaban Erasmo de Roterdam y Tomás Moro. Ahí es nada…

Juan Luis Vives llegó hasta aquí huyendo de España. Segunda generación de un familia de judíos levantinos cristianados a la fuerza. La envidia de sus riquezas y la falta de prudencia de los interfectos hizo que su condición de conversos pesara menos que las sospechas (cuando no certezas) de que seguían practicando a escondidas su religión.

Así las cosas, a su padre lo terminarían quemando vivo; el cuerpo de su madre, que murió por la peste, fue exhumado muchos años después y también quemado. Como para quedarse al alcance del Santo Oficio…

Aquí, en Lovaina, Vives encontró a compatriotas que lo respetaban, le aconsejaron prudentemente y siempre le protegieron. Desde aquí partiría para la corte inglesa, reclamado por Catalina de Aragón… para terminar cayendo en desgracia, por culpa de Enrique VIII.

Tras tantas idas y venidas, terminó muriendo en Brujas.

De sus cenizas no queda ni una brizna, puesto que la iglesia donde se le sepultó resultó arrasada tras la Revolución Francesa.

Un final triste para una vida intelectualmente esplendorosa como pocas.


• El ejemplo memorable de las beguinas

La Lovaina que conoció Vives ya llevaba siglos practicando la libertad del modo más emocionante que quepa imaginar: sus beguinas.

Desde el siglo XIII hay constancia de mujeres que vivían en común como una alternativa al convento o a un matrimonio inconveniente. La última beguina de Lovaina, según nos cuentan, murió en 1964.

De aquello nos ha quedado todo un barrio, Patrimonio de la Humanidad, que no podía ser hollado por los hombres y que hoy recibe turistas de todos las naciones. Aún se conservan 70 casas con su traza original.

• Monumentos para ser andados en cada calle

Lo que hace de Lovaina un chute intenso de optimismo es la presencia de los 60.000 alumnos de su Universidad, que guarda insospechados parecidos con la de Alcalá de Henares, por entorno y por historia.

La castellana y la flamenca son las únicas ciudades de la Cristiandad que tienen una iglesia Magistral. A Cisneros hay que reconocerle que la suya le quedó más enhiesta, aunque la flamenca también tiene su encanto, que ya hemos reflejado.

Más difícil resulta calibrar donde están los más impresionantes edificios universitarios y quién gana por cantidad además de por calidad. A orillas del Henares fructificaron más conventos que aquí, cerca del Dijle. Cuestión de criterios.


Lovaina, la ciudad que sabe vivir… y revivir

Lovaina, tantas veces metida en guerras que no eran estrictamente suyas, ha resucitado más veces que Lazaro. Muerta bajo las bombas alemanas de 1914 y 1940 junto con gran parte de los edificios civiles, la Biblioteca Central nos sirve hoy para recapitular una buena sartenada de conceptos:

– Lo mucho que les gusta figurar a los norteamericanos, que dejaron constancia en piedra de quienes por aquí ayudaron.

– La omnipresencia de Jaume Plemsa, que también tiene escultura en los soportales.

– Que al valenciano Guastavino no se le evoca sólo con las bóvedas de ladrillo que levantó en Nueva York sino también con estas. Se explica porque el arquitecto de la recuperada biblioteca lovainense fue el mismo de la Central Station neoyorquina.

– Que quemar libros es una vocación germánica tan potente como la de escribirlos: en la II Guerra Mundial hicieron cenizas 800.000 volúmenes. Y aún así, la cultura permanece y la vida sigue.

– El que los cuatro miembros de la familia real tengan lugar de honor en la fachada no supone que Bélgica se considere demasiado monárquica. Al menos, a estas alturas del telediario.

Y así podríamos hacer recuento y anecdotario con ese o aquel monumental edificio si no fuera porque, al fin y al cabo, lo que más reconforta de Lovaina son sus calles y quienes las pisan, sus plazas y los que se sientan en ellas.

Es este un modo de vivir que oscila entre la eufórica alegría juvenil, las charlas relajadas de las terrazas y el permanente milagro de no ser arrollado por una bicicleta. Siempre en Flandes. Más, aquí.

La cerveza y sus trasiegos

Cuando Carlos V marchó hacia a España para vérselas con sus nuevos vasallos, era un joven  que no hablaba español… ni bebía vino.

Como buen borgoñón criado en Malinas, lo suyo era la cerveza y en esa fidelidad se mantuvo toda su vida, hasta el punto de haber dispuesto su propia cervecería en Yuste, donde pasó sus últimos años, entre trago y trago

Lovaina es plaza fuerte, aun sin murallas, donde se producen los muchos millones de litros anuales de Stella Artois, una de la cervezas más consumidas del país. De hecho. los lovanienses la beben con frecuencia y con soltura, aunque tengan el corazón partido (o compartido) con otras especialidades, esencialmente por causa de las muchas cervezas artesanales que han ido prosperando.

Atrévete a beber lambic

Pasión regional, y que llega hasta las puertas de Bruselas, es la que se vive cada año en mayo por las lambic, en su variante geuze, con un festival itinerante que anima a recorrer más de una decena de cervecerías… con los resultados felices que cabe imaginar.

Para quien lo desconozca, habrá que aclarar que las cervezas lámbicas son de generación espontánea. Cuando la temperatura y la época del año es la adecuada, se abren las ventanas próximas a la piscina de fermentación y allí se obra, en muy pocas horas, el milagro de que las bacterias naturales asomen y e inicien casi mágicamente el proceso.

A partir de ahí viene la alquimia de guardar en enormes barricas de roble la incipiente cerveza hasta que rebose. Acto seguido, comienza un largo periodo de maduración y afinamiento por el sencillo procedimiento de esperar un año, dos o tres para el siguiente paso. Dependiendo de la variedad, habrá una segunda fermentación en botella y el maestro cervecero sabrá el porcentaje exacto que debe tomar de las distintas barricas para el producto final.

Lo que a simple vista es idéntico color y similares burbujas ofrece sabores, aromas y paladares muy diferentes dentro de la misma bodega.

Ejemplos de lo que decimos lo encontramos en Boon o KM, pero también en la abadía norbertina que antes citamos y que nos lleva por otros andurriales humanos, artísticos y etílicos.

La abadía del parque

Si empezamos por la cerveza, una pequeña instalación presidida por San Arnulfo da hectolitros suficientes para completar un amplio catálogo abacial.

Cuando llega el mediodía y es festivo, desde lo alto de la torre llegan los sonidos de un carrillón tan heterodoxo que comienza el repertorio por el Yellow Submarine de Los Beatles y lo continúa de tal modo que llegas a temerte que termine por tocar Los pajaritos o Paquito el Chocolatero.

Ni el carillonero está borracho de cerveza ni se trata de un desconocido, sino del mismo músico que se ocupa muy sensatamente del carrillón de la Universidad. Adaptación al medio se llama eso.

A nadie le molesta pasarlo bien y echarse una risas incluso en muros con tanta historia, pues la abadía comenzó su actividad en el siglo XII y sólo algunas guerras y la Revolución Francesa acabaron, siempre provisionalmente, con la actividad de los religiosos.

Ahora apenas quedan cinco con los que te puedas cruzar, vestidos de blanco, por los pasillos. Es uno de ellos el que, por ser 26 de abril, se toma algo más de media hora en bendecir a los paseantes por el hecho de serlo, sin más. ¿Cabe mayor gozó para un viajero que ser puesto bajo la protección de la divinidad de modo tan inesperado?

Él y sus dos monaguillos atienden a los que se van acercando al peculiar hisopo, del tamaño de una escobilla king size. También lo hizo este paseante viajero, alertado de que no se volverá a repetir la ceremonia hasta dentro de un año, lo cual acrecienta nuestra satisfacción más incluso que nuestra fe.

Sea cual sea la temporada del año, el turista ocasional hará bien en acercarse por aquí aunque solo sea por conocer a Hansche y sus increíbles estucos en los techos del refectorio y la biblioteca. Cuesta mucho trabajo encontrar algo semejante en Europa: un delirio de bulto redondo con una técnica tan sofisticada que no se cree y unos resultados que impresionan hasta al más indiferente.

Dicho todo lo cual… al arriba firmante ya sólo le queda repetir, como tantas veces en esto de andar y ver por Flandes, el dank je agradecido por lo mucho disfrutado y aprendido en estas calles y dentro de algunos de sus más bellos muros.

Así Lovaina, la ciudad que puede enseñarte el buen vivir, con todos los honores, porque ella misma sabe lo que es revivir.

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