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16 mayo 2024
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EL PASEANTE / Los políticos y la falta de tiempo

Respecto a los carteles electorales hemos dejado el tiempo suficiente para que algo se arregle solo, por sí mismo. La acción de la omisión, que siempre termina por llegar. Ya sólo falta que algunos caigan en la cuenta, tomen nota y crean que pueden aplicarlo sin excusas al término de su mandato. Para que luego digan que en esta casa no damos ideas y que sólo nos quejamos.

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No hay mal que cien años dure… ni cuerpo que lo resista. Porque el que resiste gana. Y es que, en caso de duda, tú dale tiempo al tiempo, ya que con tiempo y paciencia se hace la ciencia. Y así… podríamos estar toda la eternidad, enhebrando refranes.

El tiempo, que es lo que discurre entre dos cosas que pasan, carece de una buena definición, más allá de lo obvio. En puridad científica, el tiempo no existe. Aunque eso, claro, vete tú a decírselo al cura en el momento de la extremaunción y luego al médico cuando acabe de firmar el parte de defunción. Cosas que pasan, como ya queda dicho. Aunque llegue un momento en que ya no te pasen a ti.

Ojipláticos andamos los ciudadanos en estos días de vísperas electorales al comprobar que nuestros políticos, tan amados, son capaces a la misma vez de quejarse por no haber tenido tiempo en cuatro años de hacer lo mínimo que se esperaba de ellos y, sin inmutarse, retorcer el espaciotiempo de Einstein hasta poner todo nuestro entorno patas arriba por el afán de decir que han cumplido parte de lo prometido, aunque sea en fase de licitación, de proyecto o de obra inconclusa. Y entre medias, fiestas, conciertos y chundaratas.

Viene esta reflexión a propósito de ese letrero apenas visible que sobrevive a los edificios ausentes de la Plaza de Prim, que son dos.

Quien se fije, mirando al cielo temerariamente por el riesgo cierto de pisar una cagada de perro al no mantener la vista en el suelo, encontrará en lo que fue muro de la tahona una frase apenas legible, pero que se cumple escrupulosamente: «Prohibido fijar carteles». En este caso, sin la preceptiva y proverbial apostilla de «Responsable la empresa anunciadora».

Así, sin base documental, cabría conjeturar que eso se pintó hará unos 70 años, cuando nadie se atrevía a plantar nada en pared ajena por miedo no a la multa, sino a los guardias. Era un incivismo subsidiario del temor. Luego, tras la muerte de Franco, cuando las campañas electorales se hacían empapelando las paredes hasta el extremo de poner, superponer y volver a tapar con los carteles propios la propaganda del contrario, entre broncas nocturnas de unos contra otros, la norma se incumplía de forma apabullante, aun estando pintado este aviso y decenas como ese por toda la ciudad. Hoy, y así desde hace mucho, se respeta con la facilidad que da la pura inexistencia de la cartelería andante o rampante, que ya ni se imprime ni nadie la recuerda. En la próxima campaña electoral lo comprobará.

¿Somos más cívicos o más relimpios por hacer prescindible eso del «Prohibido fijar carteles»? ¡Quiá!, como repondría Sancho ante la mirada benevolente de Alonso Quijano. Simplemente, hemos dejado el tiempo suficiente para que algo se arregle solo. La acción de la omisión, que siempre termina por llegar. Décadas de espera y nosotros ahí, aquí, ahora, votantes o abstencionistas siempre impacientes, incapaces de entender que en cuatro años apenas se puede hacer nada. Ni en cuatro años más. Ni en cuatro veces cuatro. Ni en cuarenta y cuatro, si vienen mal dadas.

Tranquilos todos: llegará un día en que ese letrero ya no se leerá, con las letras tan desvanecidas que ni se intuyan; un momento habrá en que este artículo se pierda en las tinieblas de Internet, olvidado en algún servidor malayo o islandés y que, en fin, el autor de estas letras ya no sea recuerdo sino sólo olvido para los que están por llegar mientras el planeta sobreviva.

El tiempo lo cura todo, dice el más estoico de los refranes. El tiempo, sí, que va a ser cierto que existe y que a nosotros, humildes humanos descargados de cargos, nunca nos sobra.

Tiempo siempre escaso como para ver, sin lamentarlo, que otros lo despilfarren, a nuestra costa.


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