El solar de la plaza de Dávalos, en octubre de 2022. (Foto: La Crónic@)
El solar de la plaza de Dávalos, en octubre de 2022. (Foto: La Cró[email protected])

Andar Guadalajara es cruzarse con viejos conocidos. A diferencia de lo que ocurre con los humanos, que se te van muriendo, los solares son los más fieles compañeros de tu existencia: aunque pasen los años, ellos siguen allí.

Además, contrariamente a lo que se aprecia en los bípedos implumes (más alejados de lo apolíneo a cada década que pasa) estos espacios de la ciudad mejoran en sus hechuras, se perfeccionan en su barroquismo creciente, del mismo modo que los buenos vinos. Sólo los malos se avinagran, ya saben, tanto si tratamos de caldos como si nos referimos a las personas.

Hay más de 100 de solares para elegir en Guadalajara, lo que dice mucho del interés de sus responsables por darnos material sobre el que regodearnos en lo que contemplamos, pues la mayoría están en permanente jornada de puertas abiertas, en contra de la ordenanza. Con 100 poetas conocidos y reconocibles, la ciudad sería distinta. Con 100 empresas innovadoras, esta capital tendría un futuro. Con 100 especuladores generosos, y no recalcitrantemente avaros, nos sobraría dinero. Con 100 santos, nos habríamos ganado el cielo. Con 100 canallas estaríamos en la gloria… pues al pasar revista nos sale que en esta última relación son bastantes más los que tienen cabida.

De entre todos los solares del centro, uno de los más admirables es el de la plaza de Dávalos, tanto por lo que encierra dentro como por todo cuanto le rodea.

Allí, a escasos metros, una buena inversión de dinero público reconvirtió las ruinas de un palacio en un templo del saber llamado Biblioteca, que merece una visita aunque sólo sea por recorrer el inmueble y sus detalles. Sí, se puede.

Al ladito, sobre la cuestionable geometría de la remozada plaza, hay paneles enhiestos, reservados para exposiciones temporales, que los vándalos no vandalizan. Será que aún hay esperanza.

Unos metros más abajo, los camareros de un restaurante van y vienen, cargados de platos y de equilibro, sin que nada se vierta. Como metáfora, no tienen precio; y el sobreprecio sobre el menú del día, por los portes, es poco más de un euro.

Hay que bajar bastante más, hasta la calle de Alvar Fáñez, para sentir en alguna sombra el recuerdo de Juan Antonio Martín y su eterno «Chaplin». En Guadalajara hubo un tiempo añejo en que viejas caballerizas mutaron en sucursal alcarreña de «La Mandrágora», con noches y madrugadas tan felices como pletóricas. Vivieron. Vivimos. Vivirán los que vengan después, si aciertan a repetir aquel milagro, adaptado a futuros nuevos tiempos. ¿Aún quedará alguien que sepa de qué estamos hablando?

En el solar de la cacharrería no hay loza ni botijos desde hace décadas. Queda en pie una ventana, sin vigía que la use como cofa (insistamos, cofa, no cofia) ni tampoco como atalaya, asomado el aire a un horizonte sin vistas. Debajo, un grafitero ha dejado su firma en esta obra inconclusa que es el solar, entre basura creciente y ladrillos titubeantes, en la duda eterna de si caer o mantenerse. Casi igual que nosotros, indecisos entre arruinar la esperanza o salvarnos de la ruina que por tanta desidia, con tanto empeño, se obstina en anegarnos.

El solar no tiene la culpa de ser así. Ni él ni sus hermanos, la familia más prolífica de esta parte del reino.

Otros, sí.

Otrosí rotundo en la sentencia que merecerían, con jueces o con urnas, compensando tanto agravio ciudadano desde donde alcanza el tiempo.


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