"Iván Fandiño ha muerto". Lo avanzaba LA CRÓNICA DE GUADALAJARA al caer la tarde de aquel sábado, con esas cuatro palabras que muchos de los miles de lectores sorprendidos por la tragedia no querían creer.

Vasco de nacimiento, gallego de estirpe y alcarreño de adopción, de ese hombre ya sólo nos quedan los recuerdos, que es de la materia de la que están hechas nuestras vidas incluso mucho antes de que el corazón deje de latir.

A Fandiño se le rinden hoy honores desde la lejanía. En Guadalajara lo hacemos desde la cercanía de tres lustros de convivir con sus sueños, de aplaudir sus realidades y sus momentos de gloria.

Casi la mitad de los científicos que se adentran en la Física niegan que el tiempo exista. Es una convención nuestra, dicen, una forma de ordenar el cambio de un modo lineal. Pura convención. Lo malo es cuando la muerte le pone fin a esas disquisiciones. A partir de ahí se acaba el entendimiento y nuestra comprensión ante lo desconocido.

Puede que los sabios estén en lo cierto y el tiempo no exista, porque los que vamos a las plazas de toros hemos visto cómo realmente se detiene en un natural eterno pero fugaz o en uno de esos cambios de mano, relámpagos sin fin. También, a veces, en el muleteo de Fandiño. El de Orduña. El de Tórtola. El nuestro. 

El tiempo, nos insiste la ciencia, es la apariencia lineal de una sucesión infinita de cambios de estado: el semáforo que pasa del rojo al verde, el párpado abierto o cerrado, el silencio tras el ruido… o el caos de la embestida de un animal ante el impávido hombre que le espera para ofrecernos, como por un milagro, la armonía absoluta del temple del diestro y la casta brava del toro. Si el tiempo se detiene para quien lo ve desde el tendido, qué no será para quien crea fragmentos de eternidad sobre la arena del ruedo.

Sólo la muerte rompe la cadena del tiempo. ¿Será también, como el propio tiempo, apenas una apariencia? Esa esperanza es la que deseamos para la esposa y la hija de Iván, para sus familiares, para sus amigos, para todos los que le admiraron en vida y le añoran ya, hoy, ahora que ya no es posible soñar, como él soñaba, con faenas perfectas donde el tiempo se detuviera en una eternidad fugaz y luminosa.

Descanse en paz, Iván Fandiño.

P.D: A los que no les gusta acudir a las corridas de toros, que sigan sin hacerlo, pues nadie les obliga. Que respeten al resto. Sólo eso.

P.S: Este artículo fue publicado el 18 de junio de 2017. Hoy sigue vivo, como el recuerdo de Iván Fandiño. El domingo, 29 de septiembre de 2019, habría cumplido 39 años.