Augusto Gonzalez Pradillo.

Este año, lo más importante de la prueba de la Selectividad no era el resultado académico, aunque eso fuera lo más relevante para los alumnos. Tampoco era esencial llegar a una conclusión inequívoca de si ahora hay que llamar a esa prueba EvAU, Evau, EBAU o de cualquier otra forma de cuantas la combinatoria ha hecho posible que se haya visto escrita en estos días. Ni siquiera vamos a divagar sobre el sentido de un examen que agobia al alumnado (como se les llama ahora en politiqués) y tiene muy poco de reválida, que es como nació y para lo que debiera servir.

En julio de 2020, lo más destacado de las pruebas llevadas a cabo durante cuatro días en el campus de Guadalajara ha sido el estricto control aplicado para evitar que el COVID-19 se enredara por aquí.

Agua gratis en cada examen para las bocas resecas. Hidrogel y más hidrogel para las manos, a la entrada y a la salida. Todos a la distancia adecuada, que no es la que manda el pudor sino la que exige el sentido común y la norma sanitaria. Un mayor número de correctores y de profesores ayudantes. Una carpa en Magisterio para dar sombra y evitar soponcios. Dos ambulancias dispuestas en las sedes (que no tuvieron que hacer ningún traslado, afortunadamente). Información previa sobre el aula asignada a cada examinando, a los que se identificaba cuando ya estaban sentados en su mesa, para no hacer colas…

Mucho esfuerzo de los responsables, al mismo nivel sino más que el de la preocupación de muchos por las notas, que se conocerán en breve.

Lo de saber cómo aprovechará todo esto para el futuro está menos claro. Tan poco claro como todo en España desde que el bicho apareció. Y no me refiero al ministro. Que también.