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3 marzo 2024
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Los 6 vecinos de La Vereda te esperan con su Museo Etnográfico, desde el 22 de abril

El museo etnográfico ocupa una vivienda de la treintena de su reducido caserío. Allí se ha recreado la vivienda típica de esta comarca, lo que permite recuperar cómo era su modo de vida.

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Si las cuentas no fallan, en 2022 el pequeñísimo pueblo de La Vereda tenía 3 habitantes. Aceptemos que llegan a la media docena, como nos cuentan, puesto que nadie mejor que ellos mismo para saber lo que es vivir en este enclave del norte de Guadalajara. Y también, para ser conscientes del esfuerzo que ha sido necesario para inaugurar, el próximo 22 de abril, un museo muy especial.

A partir de ahora, curiosos y turistas tienen un motivo más para acercarse a la comarca de la Arquitectura Negra y visitar este pueblo museo, pedanía de Campillo de Ranas. Detrás de mucho de lo que se ve está la Asociación Cultural ‘La Vereda’, que se ha esforzado en conservar la tipología de sus escasos 35 edificios, casas que un día tuvieron que abandonar los vecinos por el proyecto de un embalse en la zona.

El museo etnográfico de La Vereda ocupa una vivienda de la treintena de su reducido caserío. Allí se ha recreado la vivienda típica de esta comarca, lo que permite recuperar cómo era su modo de vida.

En la parte superior está la biblioteca y un taller de telares para los socios. Y es en la parte inferior de la casa donde, tras realizar algunos trabajos de mejora, con el encalado de paredes, construcción de los suelos o el tratamiento de las vigas, se ha dado forma a lo que era una casa de antaño, gallinero incluido. El trabajo lo han asumido la treintena de socios.

Así, en la vivienda se puede ver el zaguán, la típica cocina de entonces con sus pucheros, o cómo era el comedor de la época, con sus estanterías en madera rústica, cerámicas. También se han incluido otros elementos como un tacatá de niño, muñecas… todo, aportado por antiguos vecinos de La Vereda.

Una gran ilusión, un gran esfuerzo

Pablo Sanz es uno de los socios de ‘La Vereda’; lleva cerca de 40 años aquí y asegura que este museo responde a una demanda de quienes vienen a visitar el pueblo. «Son muchas las personas que han volcado su esfuerzo para poder mostrar a la gente como es una casa típica de esta zona; era una demanda a la que no podíamos negarnos», afirma.

De hecho, las distintas dependencias se han separado con muros a media altura con el fin de facilitar la visualización del interior de la vivienda. «No es nada del otro mundo pero nos ha supuesto una gran ilusión y un esfuerzo considerable. Gastamos nuestro tiempo y dinero en hacer esto para todo el mundo y la gente que ha venido y lo ha visto ha quedado encantadísima», añade.

Aquí no llegan los cables de la luz ni el agua corriente por los conductos tradicionales, pero sus escasos habitantes toman el líquido elemento de un cercano manantial y cuentan también con alguna placa solar. En La Vereda no se permite realizar construcciones nuevas, pero sus antiguos edificios están rehabilitados.

¿Para cuándo el arreglo de la pista forestal?

El deseo de gente como Pablo es que les arreglen la pista forestal para llegar a este bello enclave en el que de forma habitual viven media docena de personas.

Fue en 1972 cuando La Vereda y Matallana fueron abandonados; en ese momento, este pueblo pasó a depender del Ayuntamiento de Campillo y en 1983 este diseminado urbano pasaría a ser propiedad de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, salvo cuatro edificios que se quedó Campillo y que luego cedió a la asociación: la casa del secretario, el ayuntamiento, la escuela y la antigua fragua.

Previamente, ante el riesgo de que este bello enclave pudiera desaparecer, en 1977, un grupo de arquitectos de Madrid y amigos entendieron que, dado su valor patrimonial y etnológico, merecía ser recuperado y restaurado.

Fue entonces cuando el antiguo ICONA, propietario del paraje, les propuso constituir una asociación sin ánimo de lucro para llevar a cabo esos fines. Así nació la Asociación Cultural ‘La Vereda’.

La concesión inicial fue muy amplia en cuanto a extensión, incluyendo en el pliego de condiciones no solo los edificios de La Vereda, sino también los de Matallana, junto con pastos y tierras de cultivo de ambos pueblos, ubicados todos ellos en el monte denominado «La Vereda, Matallana y El Vado».

La vigencia de este primer contrato fue de 10 años. Pasado ese tiempo, volvió a salir a concurso público con el mismo procedimiento, pero esta vez separando ambos cascos urbanos, uno para La Vereda y otro para Matallana, y la asociación a la que pertenece Pablo se presentó al primero, obteniendo un nuevo periodo de 10 años.

Desde entonces, al término de las sucesivas concesiones, se han presentado a los concursos convocados para La Vereda, y ha obtenido su adjudicación correspondiente, aunque en la actualidad se podría decir que se encuentran en una especie de limbo administrativo ya que la Junta tendría que haber afrontado de nuevo la renovación o actualización de dicha concesión con la forma jurídica que haga falta para ello, pero es algo que aún no se ha hecho, tal y como señalan a Europa Press para LA CRÓNICA fuentes municipales.

El propósito principal de esta asociación era regenerar y revitalizar el núcleo urbano de La Vereda, junto con el medio natural sobre el que se asienta. Manteniendo la tipología de los edificios y el carácter de la arquitectura negra tradicional.

La Asociación se rige por unos estatutos y sus decisiones se toman en asambleas trimestrales de socios. Actualmente son 35, el mismo número que el de viviendas disponibles. La Junta de Comunidades de Castilla la Mancha no permite que haya más socios que viviendas, ni tampoco nuevas construcciones, solo para rehabilitar las existentes.

De acuerdo a los estatutos, los habitantes de La Vereda que integran la asociación se comprometen a mantener y rehabilitar el edificio que se les adjudique, y si no cumplen los fines requeridos, pueden causar baja. También se responsabilizan de participar en trabajos comunitarios, así como en cualquier otra tarea necesaria para la rehabilitación del pueblo.

Cada año se celebran las fiestas de la localidad en un fin de semana próximo al 29 de junio (San Pedro), llevándose a cabo concursos, pasacalles, disfraces, cena comunitaria, y se realiza el encendido del horno de cerámica para cocer y esmaltar piezas elaboradas en su taller.


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