El Paseante


Hay una expresión en el castellano que es de las más inclusivas que pueda uno, o una, imaginar. Incluye por igual a hombres y mujeres, iguala a ambos sexos. Vale para todos, sin distinción de género. Pruebe a decirlo en voz alta: “Vete a hacer puñetas”. Incluso puede aplicarle algún decibelio más y proferirlo a voz en grito, allá donde corresponda: “¡Vete a hacer puñetas!” Si la ocasión lo requiere, puede usar con énfasis adecuado palabras más escatológicas o sexuales, pero tampoco es imprescindible para lo que hoy nos ocupa.

Le garantiza este humilde paseante que los efectos balsámicos no tardarán en hacerse notar, a poco que aplique el tratamiento.

Cuando decida hacerlo con el prójimo que se lo merezca, primero reinará un silencio incómodo, que dará paso a una paz intensa y puede que duradera según vaya espantando de su camino a petardos y petardas, tontos y tontas, coñazos y coñazas. Hacer puñetas, que son las bocamangas de encaje de nuestros atribulados magistrados, es un acto de justicia. O de Justicia, tan vilipendiada.

Le propongo que nos pongamos de acuerdo, al menos, en aceptar que en estos tiempos nos está sobrando paciencia y tolerancia con la estupidez, que es el peor pecado capital para la vida en sociedad.

Por algún sitio habrá que empezar a hacer limpieza.

La escoba la tenemos todos y a mano: menos callar y más mandar a esparragar. Si todos lo hiciéramos y empleáramos en la tarea un poco de disciplina, qué pronto mejoraría lo que nos rodea… Y así, hasta la victoria final.