Augusto González Pradillo.

Poco antes del mediodía de este domingo, 8 de enero de 2023, sólo había dos hombres en la Calle Mayor Alta, que es como los antiguos llamaban a este tramo del centro de la ciudad. Sólo dos: este que les escribe y el que estaba arrimado a un banco, espalda en pared, el culo sobre el suelo, la guitarra en el regazo y la funda entre las piernas. Tenía tan buena voz y era tanto el silencio que llenaba el aire entero con una canción de Antonio Flores. Un paisaje yermo, sembrado de nostalgias y con las luces de la Navidad centellando por encima de su cabeza. Entre la maravilla y el espanto.

Toda la iluminación navideña está encendida, en este día inhóspito y gris, incluida la de esa Navilandia que ya empezaban a desmontar los de las fragonetas blancas.

El esfuerzo de la municipalidad ha sido intenso, empeñados en que los vecinos seamos felices porque lo propicia el Consistorio con la administración de su dinero (suyo, de los vecinos, habrá que recordar una vez más). A partir de ahora, seguirá otra feria, que será la de las obras (Miguel Fluiters, Julián Besteiro…), la de las inauguraciones (Oficina de Turismo y lo que caiga) y un no parar de acciones, estrategias, mensajes, apariciones, ruedas de prensa, reuniones con colectivos… es el tiempo de la política cuando ya se agota el tiempo, antes de las elecciones. Para el final, siempre nos quedará la Feria Chica, como guinda del pastel.

De aquí en adelante, se apagarán los ecos de las disputas en Facebook entre los recalcitrantes de uno y otro signo sobre si la Cabalgata fue un amor o un horror. En Orense también andan en eso, por culpa de los camellos que lucieron los Reyes, vetados por aquí. Y en Ciudad Real, donde lo apañaron todo con 70.000 euros y bastante cutricie, también se han enzarzado, según las crónicas.

Desde el primer lunes en el que nos hemos quedado huérfanos de «Navilandia», los niños de la capital empezarán a olvidarse de sus juguetes, que para eso están. Los mayores también deberían olvidarse de los suyos, bastante más caros, y ponerse a la faena, que no falta. O sea, a lo que importa. O a lo que debiera importar, si al menos coincidimos en que el Ayuntamiento está para conseguir que todo funcione, no para esa entelequia que es «hacernos felices», en general, a cascoporro, como el que regala gominolas veganas para alimento del alma.

Afortunadamente, no hay que esperar a que vengan a salvarte: cada cual podemos ir haciendo nuestra ciudad, la que llevamos dentro, y juntarla con la del prójimo, a ver qué sale. Así es como se ha hecho siempre y así seguirá siendo, aunque nunca falten los que se empeñen por ahí en redimirte de la obligación de vivir y de la condena de ser responsable de ti mismo. Hemos delegado el uso de esos dineros que no tenemos más opción que entregar con nuestros impuestos pero no hemos renunciado a ser, ni mucho menos, por nosotros mismos todo lo que somos.

Ha cerrado «Navilandia», que no fue ni el infierno con que algunos amenazaban ni el paraíso que otros prometieron.

Eso, y tantas cosas más, son solo accesorios prescindibles en el día a día de una ciudad que todavía hay que levantar, mejor si lo hacemos cada mañana, para habitarla y hacerla realmente nuestra, de palabra y de obra. No sé si usted me entiende.

Aquí el único imprescindible eres tú. Y disculpa el tuteo, pero a estas alturas del artículo, algo de intimidad parece que ya tenemos…


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