Augusto González Pradillo.

No podemos quejarnos de nuestro Ayuntamiento. Da igual a cuál nos refiramos: todos los ayuntamientos nos cuidan incluso más de lo que nos merecemos. Y si te quejas, estarás en inferioridad técnica, ante la presunción de excelencia que tantos y tantos están dispuestos a propagar, se supone que cobrando.

En el caso de este tórrido fin de semana, con una ola de calor de imposible escapatoria, hay que agradecerle sobremanera al Ayuntamiento de Guadalajara que esta sea una de las pocas capitales de provincia sin termómetros en las calles. ¿Qué mejor manera que esta para no obsesionarnos cuando intentamos escapar del alicatado en granito de calles y plazas, bajo el sol del mediodía?

Guadalajara es una ciudad caliente: no necesariamente por la vida sexual del personal (que eso sí que va por barrios) sino por el clima imposible de controlar en casi todas sus calles. En el año de la puñetera «Filomena», el calor nos ahoga en un verano infernal… pero sin que en la calle sepamos a qué temperatura concreta.

Hace años, hubo muchas risas con la incapacidad de la concejala Isabel Nogueroles (como si la culpa fuera suya) para que un concurso público restituyera los termómetros con publicidad, después de una larga temporada en la que el concesionario explotó esos espacios sin contrato en vigor, cobrando la publicidad y sin pagar por ello al Ayuntamiento… porque nadie se había dado cuenta de que el papelito había prescrito.

Hubo acto de contrición, como suele acontecer  en política. También propósito de la enmienda, en forma de concurso público que quedó desierto. Tan desierto que hasta hoy, años después la cosa sigue sin resolver. Ni con el PP+Ciudadanos ni con el PSOE+Ciudadanos tienen nuestros males remedio, que diría la copla. Incluso puede que tengamos una nueva versión del disparate, con cierta concesión que afecta, mire usted por dónde, a otras publicidades en soportes municipales en las calles del municipio.

¿Será mejor así? ¿Es una ventaja vivir sin enterarse de casi nada, a la vista de lo que ocurre a nuestro alrededor?

Sin que el termómetro de Hernando nos asuste con temperaturas inverosímiles sudamos igual, aunque quizá suframos menos.

Quizá por eso en la web del Ayuntamiento se dificulta hasta el extremo la extenuante búsqueda de los contratos menores, hasta darte de bruces contra una pared. ¿Para qué saber? ¿Para qué conocer? ¿Para qué fiscalizar desde la calle lo que los propios concejales de la oposición tampoco parecen añorar? Porque luego, cuando alguno se despereza y denuncia los contratos recurrentes al mismo empresario, ese mismo adalid de la justicia vestido de concejal se calla el nombre, para no pecar.

El Dante no murió en la Italia del siglo XIV sino que habita entre nosotros, escondido en nuestros ayuntamientos. Cuando nos lo cruzamos por los pasillos se ríe y nos susurra: Perded toda esperanza.

La Divina Comedia hecha consistorio. Y lo que te rondaré, moreno.

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