Augusto González Pradillo.

Para los nacidos en Guadalajara hay pocos oficios más atractivos que el de Inspector Peripatético de la Calle Mayor. Es una categoría laboral que no figura dentro de las ofertas del SEPECAM, con lo cual se cubre (como hace siglos) por espontáneos y altruistas ciudadanos que, generosos con su tiempo y seguros de su vocación, dedican buena parte de sus vidas a recontar los adoquines, enumerar pintadas, saludar a los amigos, entretener las mañanas con una buena charla… y, últimamente, a añorar con nostalgia los buenos tiempos perdidos.

Los que peinamos canas más por genética que por senectud no tenemos por qué remontarnos al Café de las Columnas o a los urinarios del Jardinillo para dejarnos arrullar por la melancolía.

Todo cincuentón o sesentón con recuerdos puede asomarse a su infancia para resucitar del olvido las terrazas del “Regio” y del “Hernando”, que cuajaban de sillas y veladores metálicos los atardeceres de verano, llenos por lo demás de gritos infantiles, vuelos de golondrinas, nubes de cotilleos.

Perdido en el pasado, te reencontrarás con los mostradores de “Morillas” o la tienda aquella, por donde hoy ya no se alza la sede de Caja Guadalajara sino la de la Junta, donde tu madre compraba mientras tú te entretenías con las andanzas de “Urbano”, un guardia municipal como sólo podían serlo los de entonces, con salacot y porra blanca, a juego acharolado, personaje de un tebeo que nunca has vuelto a ver pero que tú sabes que no soñaste.

Mirarás de reojo los angelotes y las vírgenes de “Camarillo”, que compartían espacio sin prejuicios laicos con las guitarras españolas que tanto ansiabas y llegaste a rasguear, siempre mal.

Verás de nuevo los abrigos andantes con señor incorporado afanados en poner al día sus libretas en el banco, a las viejas comprando cirios y velones en la cerería de la Plaza Mayor y buscarás alguna dependienta joven de “Madrigal” con la que quisieras dejar de ser niño, siquiera con la mirada.

Tu estómago echará de menos los torteles hojaldrados de “Villalba”, el mayor tesoro de la civilización occidental, que te descubrió tu padre un día, sin darle importancia al acontecimiento, sin ser consciente de ello. A Proust se le avivaban las neuronas con el aroma de las magdalenas; al juntaletras alcarreño, con los torteles y su ausencia. Y aunque todos digan que lo memorable eran las trenzas, seguirás fiel a tu recuerdo y a sus gozos.

Si hay tiempo, te aventurarás hasta “El Buen Gusto” o el puesto de Pepito, que algo caerá, después de haber saludado a ese señor tan amable de “La Mallorquina”, siempre a la puerta con su mandil blanco, con sus muchos años, su mucho pelo blanco y al que siempre asociaste con el sabor indefinible de la horchata, fresca y blanca.

Las zaras en el “Atanasio” se quedarán para otro día, que hoy andas desperrado y con prisa. Y escaparás del Callejón de los Guardias, por si las moscas, por si los pescozones.

Hoy echas la vista atrás por entre las casas de esta ciudad que en tiempos fue la tuya y te sientes perdido. Tanto, que por un momento quieres correr por el pasillo hasta el aparador, buscar en el sobre del butano y con el dinero en la mano llegar hasta la trastienda de “Gutenberg” para encontrarte con tu objetivo: la colección de “Tintín”, 62 páginas de mundos posibles a todo color en tapa dura. El colega periodista del mechón pelirrojo no vendrá en tu auxilio esta vez, ni comprarás ningún libro a hurtadillas de tus padres, ni ellos te reprenderán después, santa paciencia, pero volverás a la Calle Mayor. También el próximo domingo, aunque es muy probable que faltes a la sesión infantil del “Cine Imperio” o a la misa de nueve, en San Nicolás.

Vuelves a la Calle Mayor, la que nunca anduviste, la que siempre andaste, porque eres de Guadalajara y hablas como te da la gana, como se habla aquí, venga.

Estás en la Calle Mayor, la de los solares caídos, las tiendas cerradas, los pisos en alquiler, el ultramarinos del siglo XXI renacido en manos chinas, los bancos que custodian tu dinero hasta el punto de que no te lo prestan, los estancos perdidos, los kioscos a media jornada y el desierto hecho de sombras sin pasos cuando dan las ocho y el penúltimo comercio deja sin luces el escaparate.

Somos lo que hemos sido. Somos recuerdo. Somos lo que recordamos y somos en aquellos a los que no olvidamos. Somos lo que vamos siendo. Somos lo que fuimos en las mismas calles que pisamos.


Al llegar al punto final, compruebo que en realidad es sólo un punto y aparte, porque lo escribí yo aunque ya no lo recordara y nadie lo recuerde. Se publicó por primera vez el 16 de febrero de 2009, en LA CRÓNICA. En la de Guadalajara.

Más artículos de Augusto González Pradillo: