Augusto González Pradillo.

No todo en las redes sociales es asco y perversidad. A veces, incluso tienen la virtud reseñable de poner en contacto a los seres humanos unos con otros, sin que necesariamente se maten o se escupan.

Eso, exactamente eso, es lo que pasaba esta semana, a los pocos minutos de que LA CRÓNICA publicase una información sobre el precio de los test de antígenos en España.

Sébastien es un francés que vive en España sin haber desfallecido, por ahora, en el intento. Más concretamente, es capaz de disfrutar del barrio de Salamanca sin necesidad de compararlo a cada paso con el París de Haussmann. Viene a ser, por tanto, un bípedo animoso y cordial con el que es fácil hablar, sonreír y reír.

¿Qué le pudo animar a apostillar, de inmediato, la noticia de este diario que le acababa de asaltar desde un enlace en Twitter? Esencialmente, el desparpajo ministerial de Carolina Darias al aventurar que el precio de los test de antígenos en España iba a rondar entre los 6 y los 10 euros. «A mí me han pedido 12 euros», alertaba el lector/informante desde la capital de España. Sin acritud, apostillaba que en su país, esa Francia que a muchos aún recuerda por aquí a los dragones de Napoleon, el precio ronda los 5 euros. Y que esas pruebas más baratas están disponibles para cualquiera desde hace mucho, mucho tiempo.

Ni el corso bajito ni el flamenco prognato nacido en Gante y jubilado en Yuste lograron hacernos iguales a todos los europeos por la fuerza de las armas. Otros lo han intentado con la economía, y tampoco. Merkel se va después de habernos hecho trabajar a bajo precio para los alemanes y tras facilitar la huida de los británicos. Macron resiste, sin apenas logros en la europeidad. No somos iguales, aunque seamos 400 millones con los mismos teóricos derechos.

En este verano de pandemia miraremos más hacia nuestros ombligos nacionales que hacia el horizonte continental. Preferiremos atestarnos en playas valencianas antes que asomarnos a cualquier aldea gala, por donde Astérix. Es lo que tiene el virus. Y la pereza, también.

Las pruebas del COVID son más caras en España que en Francia y, sin embargo, en la FNAC madrileña es posible comprar al mismo precio que más allá de los Pirineos, por apenas 7,70 euros, un libro desopilante de Fréderic Beigbeder: no tiene título, tan sólo lleva en la portada el emoticono que llora de risa y sus 301 páginas son un alegato mordaz y reconfortante contra este mundo nuestro, tan gracioso. Este Beigbeder no es el militar golpista del 36 pero si viviera en la Península no estaría libre de críticas acerbas, de trinchera a trinchera. Con menos méritos las recibe cada día Arcadi Espada, que en algo lo recuerda. Una de las últimas batallas del polemista francés le ha enfrentado con una youtuber francoargelina de 23 años, muy activa en las redes desde que tenía 15, y con/contra sus tres millones y medio de seguidores. Los virus de nuestro tiempo no tienen fronteras, ya lo ven.

Gracias a la denostada Europa de los mercaderes, nos cobran menos de 8 euros, aquí o allá, por un antídoto en papel contra la estupidez bienpensante que, por ahora, no está traducido al español. Y te piden más de 10 euros en España por el mismo test que vale la mitad en Francia. A ver si el problema no son los países sino nuestra incapacidad de superarlos. Y ahora, además, con la dificultad persistente para visitarlos.

A precio de saldo se nos está yendo el verano, en cualquier caso.

Deseemos bon voyage a Sébastien camino de su patria y también al lector que haya llegado hasta aquí, vaya donde vaya, porque es tiempo de tomarnos un descanso incluso de nosotros mismos. Todo sea dicho con permiso del COVID… ese indeseable invitado que es más insoportable que el más insoportable de los cuñados.

¡Feliz verano!

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