Redacción de LA CRÓNICA, en la calle Pintor Antonio del Rincón, de Guadalajara.

Con más de 70 pacientes ingresados por COVID en el Hospital de Guadalajara, la provincia no está para fiestas. Y la capital, tampoco. Con dos muertos más esta misma semana y con 274 víctimas recordándonos nuestra incapacidad para evitarlas tampoco hay margen para la frivolidad. Nos llamarán aguafiestas en algunas redes sociales, pero nuestro deber es intentar acercarnos lo más posible a la verdad y mostrarla, aunque sea desagradable.

La capital de la provincia ha seguido este miércoles el camino de Toledo y Ciudad Real que, al igual que ya ocurrió más cerca con Azuqueca de Henares y Marchamalo, han endurecido las medidas para intentar frenar el virus, el mismo COVID-19 que ha vuelto a correr a sus anchas por la imprudencia de bastantes. Demasiados.

Hace algunas semanas, desde LA CRÓNICA ya animábamos a nuestros lectores para que asumieran que de esto no nos salva nadie más que nosotros mismos. En primera persona. Con nuestra responsabilidad individual. Ni podemos confiar en los particulares irresponsables ni, desgraciadamente, tampoco estamos a salvo de la impericia reiterada en la administraciones públicas.

Desde LA CRÓNICA nos venimos empeñando en aportar datos objetivos, de las fuentes más reputadas. Pues ni aun así… El Instituto de Salud Carlos III, en su última entrega, acaba de confirmar que en la provincia de Guadalajara el número de casos habría bajado en un 57 por ciento en la semana pasada respecto a la anterior, arrojando una tasa de 126 positivos por 100.000 habitantes, frente a los 319 de la Comunidad de Madrid. En consecuencia, el problema estriba en que la capital y el Corredor del Henares más la Campiña están mucho peor. ¿Pero hasta qué punto?

Guiarse por el número de positivos que afloran es lo que parece haber sido tenido en cuenta para establecer medidas especiales en Guadalajara. En las últimas cuatro semanas, según los datos de la Junta, en la capital se han contabilizado sucesivamente 125, 89, 260 y 295 positivos. Lo aceptaremos como cierto, aunque haría falta saber cuántos PCR han sido necesarios para encontrar a todos esos infectados, un dato que jamás se aporta desde Sanidad. Nos queda, por tanto, ver el número de pacientes ingresados en el Hospital (que es continuadamente creciente) y el de fallecidos, que tampoco ha parado, aunque sea a un ritmo menor que meses atrás.

Con todo lo escrito, comprenderá el lector que los periodistas que aquí están trabajando sólo pueden ofrecerle su esfuerzo y un ruego por triplicado: prudencia, prudencia y prudencia.

No estamos para fiestas.

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