Exterior del Museo del Prado, en Madrid.
Exterior del Museo del Prado, en Madrid.

Andan estos días en Guadalajara (la capital del estado de Jalisco, en los Estados Unidos Mexicanos) muy contentos por poder tener en la segunda ciudad de aquel país 50 cuadros del Museo del Prado a su disposición hasta el 31 de agosto. Son, como habrá deducido el lector, meras reproducciones, fotografías que se instalan en la calle, como aquellas que ya pudimos ver en Sigüenza hace dos años y que fueron el comienzo de algo muy especial.

Del encuentro en 2020 entre el director Falomir y el presidente García-Page ha hecho mención este diario al conocerse que, al fin y ahora, está cerca de ultimarse el acuerdo para traer parte del Prado oculto para su exhibición permanente en el Palacio del Infantado, sede del Museo de Guadalajara. Es una grandísima noticia. Será aún más relevante cuando los 9 millones de euros anunciados hayan convertido el monumento más destacado de la ciudad en una referencia nacional.

Sea cual sea el número de óleos elegidos y el nombre de sus autores, dada la importancia de lo que contienen los almacenes de la pinacoteca el acierto tiene que resultar poco menos que inevitable. Optemos, al menos esta vez, por el optimismo en vez de por la desconfianza que es habitual cuando se entrecruzan cultura y política.

Es muy probable que el primero en asociar públicamente Museo del Prado y Palacio del Infantado fuera Jordi Badel, va para dos décadas, cuando ejercía como concejal de Cultura en el Ayuntamiento de Guadalajara y como bípeda condena de Jesús Alique, que a lo más que llegó fue a sobrellevarle durante el agotador único mandato de ambos en la capital. La idea de Badel era buena, al margen de quien la planteara. Y lo sigue siendo.

Si el lector alcanza a ver el día de la inauguración de este «Prado alcarreño», y si desde LA CRÓNICA podemos acompañarle, será ocasión para felicitarnos. La proximidad a Madrid no siempre le ha servido a Guadalajara para ser una mejor ciudad. No lo era en el siglo XIX, cuando los funcionarios cogían el tren en Atocha para guadalajarear y volverse luego a sus casas. Tampoco cuando andado el siglo XX y lo que llevamos de XXI, son decenas de miles los que duermen aquí pero trabajan allí. Ni, entre medias, las muchas décadas de capital provinciana y somnolienta por Franco y sus fantasmas hasta que aflojó la inquina y llegó el primer plan «de descongestión industrial», con los polígonos del Henares y del Balconcillo como resultado.

Ahora, de lo que estamos hablando es de la posibilidad de (re)crear una ciudad culta, como lo fue la del Marqués de Santillana y también, por qué no, la de los heréticos alumbrados que crecieron alrededor de los Mendoza. Una ciudad que alimente de ilusión la provincia toda hacia un futuro menos cutre y desaliñado. ¿Por qué no soñar?

Puestos a desengañarnos, cabría pensar que esto del Museo del Prado forma parte de la surtida panoplia de esfuerzos que se están haciendo desde Toledo para que Alberto Rojo renueve como alcalde, algo que no todos ven probable, ni aquí ni allá. Incluso si ese fuera el motivo, bienvenido sea.

Más valen un puñado de cuadros que apostarlo todo a unas Ferias irrepetibles, que es en lo que andan algunos desde 2019, cuando no pudieron conseguirlo. También nos serviría tener un Hospital ampliado y plenamente operativo, cuando lo consigan, que siempre será más fácil que encontrarle destino a la Prisión Provincial, a los antiguos Juzgados, al Parque Móvil de los Ministerios y a tantos y tantos bienes públicos sin uso que hasta enumerarlos duele.

Una mejor ciudad, más culta y digna de orgullo, reclamo para forasteros y nunca más condenada a pedir perdón ante quienes la critican, tantas veces con razón.

Con sólo alcanzar un esbozo de eso, ya sería mucho. Si todo se culmina con la calidad y la ambición que el proyecto merece, será mucho más.

Que nadie lo emborrone.

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