Redacción de LA CRÓNICA, en la calle Pintor Antonio del Rincón, de Guadalajara.

Hay que empezar a sospechar muy seriamente que el viejo palacio levantado sobre las huertas de los condes de Monclova se construyó con materiales elásticos. Sin suponer la existencia de elastómeros en los capazos de los albañiles del siglo XVII no hay explicación para que en el edificio principal de ese paraje madrileño quepan tantos ministros al frente de gabinetes con nombres tan inusitadamente largos como el del Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática o el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación. Los que ostentan un rótulo más conciso son el de Consumo y el de Universidades, lo cual no sorprende a la vista de quienes son sus titulares.

Tantos servidores tiene a su cargo el presidente Sánchez que le vicepresiden el Gobierno cuatro mujeres. La vicepresidenta cuarta es la ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, un denominación casi breve frente a otras. En lo que Teresa Ribera no se muestra igual de contenida, sino feroz o feraz según los días, es en lo de asustar al personal con sus propósitos, a cual más estruendoso… y siempre obstinadamente caro para nuestros bolsillos.

El penúltimo ataque a nuestra estabilidad económica y anímica, un chispazo semejante al que se sufre al meter los dedos en un enchufe, nos ha llegado con su forma de abordar, tan desinhibida, el incremento de la factura eléctrica.

Frente a la falta de soluciones concretas, factibles y medibles para atenuar el saqueo a los hogares y a las empresas, Ribera ha derrochado falta de pudor al inclinar el debate hacia/contra las centrales nucleares españolas.

La propia ministra llegó a un acuerdo, no hace tanto, con las empresas propietarias para ir cerrando todas esas instalaciones entre 2027 y 2035. Que en la misma semana del “subidón” eléctrico haya argumentado que hay que hacerlas menos rentables, vía impuestos, porque tienen beneficios y están amortizadas no casa con la realidad. O, al menos, con la versión dada desde las propias nucleares. Ni con el sentido común.

En más de una ocasión, en LA CRÓNICA hemos podido escuchar de boca de los máximos responsables de la nuclear de Trillo que esa central, la más moderna del país, lleva años sin darle beneficios a sus dueños. No parece que sea esta la mejor manera de afrontar un negocio. Es la peor manera de hacerlo cuando al fondo de todo está un reactor atómico y, en su exterior, los contenedores con los residuos radiactivos que desde hace lustros debiera estar almacenando a su coste el Estado

Entre Teresa Ribera, la del gesto hosco, y los trabajadores de las nucleares que se esfuerzan por hacer bien su trabajo estamos los demás, esperando que nada se desmadre. Como si no tuviéramos derecho a confiar en la inteligencia de todos antes que en la buena voluntad de algunos.

Además de los matices inquietantes, no faltan los aspectos claramente irritantes en todo esto. Por debajo de la hojarasca de los objetivos para 2030, para 2050 o para el 2999 hay mucho dinero en juego: todos los miles de millones de euros que van a salir de los españoles para que las grandes eléctricas sigan ganando, junto con los fondos de inversión y las petroleras de todo el orbe, bajo la excusa de un ecologismo que sólo tiene de verde el color de los billetes.

Al pagano inteligente, como es usted, poco le importa pagar por un servicio adecuado a su coste, sobre todo si se presenta con la posibilidad (real) de elegir entre varias opciones. Al ciudadano, incluso al más desavisado, le termina cansando el empeño de coartarle libertades bajo el espantajo, tan a la moda, de un surtido catálogo de pretendidas buenas intenciones medioambientales. Quienes están sacando provecho en última instancia de la eólica, la fotovoltaica y se aprestan ya a repetir la jugada con el hidrógeno son los mismos que siempre se lo han llevado crudo con el gasóleo de nuestro coche y con el recibo de la luz: el oligopolio energético y el Estado. Y de ambos sabe mucho la ministra, tanto en casa como en la sala del Consejo de Ministros.

Por eso y por mucho más, ojalá Teresa Ribera se tomara una vacaciones, sobre todo si se fuese al Cabo Norte y se desplazara hasta allí en ecológica bicicleta. Ella ganaría en salud y nosotros en tranquilidad, durante una buena temporada.

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