El primer mandato de Alberto Rojo en el Ayuntamiento de Guadalajara ya ha echado a andar. Con menos interés informativo que las andanzas de Belén Esteban en la vecina Alcalá de Henares, dónde va a parar, pero con el riguroso seguimiento que merece, al menos desde este diario.

Resulta significativo que su primera aparición pública ante los periodistas y como alcalde fuera, este martes, para congratularse de que el Estado le pague a la duquesa escritora cerca de un millón de euros por dejar libre de una vez el Palacio del Infantado. ¿Habría sido posible que el ministro de Cultura se soltara la melena y el dinero, en estas precisas fechas, con un alcalde de Guadalajara que no fuera del PSOE? Este periodista se lo preguntó directamente a Alberto Rojo y no sacó nada en claro de la respuesta. Será que el arriba firmante es duro de mollera y obtuso de entendederas. O será que el cordial alcalde tiene una acreditada capacidad para hablar sin decir, para luego no tener que desdecirse. 

Por el momento, lo que mejor se le entiende a Alberto Rojo es su propósito de convencernos a todos de que seamos felices, que sonriamos y que vayamos de buen rollo por la calle Mayor y, sobre todo, cuando andemos los pasillos de las Casas Consistoriales. Se hará lo posible, señor alcalde, para que nadie de su entorno tenga siquiera la tentación de acusar a los de este periódico de derrotistas. Con que nos consideren periodistas nos daremos por satisfechos.

Rojo y sus "nueve de la fama", ediles de muy diversa condición pero agrupados todos bajo la disciplina y las siglas del PSOE, deberán convivir con los tres ediles de Ciudadanos, incrustados como están en el equipo de gobierno tal que la veta del tocino en el jamón. Tan en un solo ser han empezado la andadura que dan ganas de llamar a los Padres de la Iglesia para que nos expliquen y nos permitan aplicar los entresijos de la Santísima Trinidad, de cómo es posible ser uno y trino a la vez; más exactamente, de ser a la vez un solo Ayuntamiento con un solo alcalde y no perecer en el chirriar de una bicefalia latente.

Alberto Rojo, que es de natural amable, acentuó este miércoles mucho más allá de lo conocido su predisposición a las buenas maneras a la hora de comparecer por segundo día consecutivo ante la canallesca, de la mano y junto con Rafael Pérez Borda, al que prodigó muestras de respeto, aprecio, educada consideración y alta estima. No es nada carnal, solo política. Pero en ese quererse mutuamente se juegan la estabilidad de pareja y los resultados de tal ayuntamiento. Y del Ayuntamiento, claro.

A la feliz pareja le deseamos lo mejor, al igual que a la parentela. Nosotros, desde fuera, nos dedicaremos a "goler", como en los pueblos cuando hay celebración. Más que nada, porque los gastos de esta boda los pagamos entre todos.

Que sea para bien y rentable para todos.