Modelos publicitarios sin mascarilla en una parada de autobús, el 2 de agosto de 2020. (Foto: A. González / La Crónic@)
Modelos publicitarios sin mascarilla en una parada de autobús, el 2 de agosto de 2020. (Foto: A. González / La Crónic@)

Después del verano ya ha venido el otoño. Y el coronavirus sigue ahí. Hace unas pocas semanas, mientras el personal se esforzaba por irse unos días a la playa, este que siempre pasea para usted escribió de ojos y miradas. Tuvo un relativa acogida entre los siempre escasos lectores de esta columna, para qué negarlo.

En el noveno mes del Año del Virus, acogotados entre los entusiastas del desastre y los negacionistas del peligro, habrá que intentar sacar algo positivo de la pandemia… Por eso, quiero que lean, o relean, lo que sigue. Está bien escrito y tiene fundamento. Más allá de la literatura, estas pocas líneas nos aferran a la vida. Eso es más que mucho en estos tiempos. Además, se lo regalo:

Mirar cómo es debido a los ojos del prójimo es más complicado de lo que podría parecer. No por lo mecánica del gesto, sino por lo que exige la buena educación para no adentrarnos en terrenos indebidos.

Los perros conocen bien el procedimiento: si quieren algo, miran fijamente. Te buscan la mirada y te la aguantan, impasibles. Su paciencia es la propia de un animal salvaje al acecho de su presa. De buen rollo, pero sin inmutarse. Ahora, gracias a las mascarillas del coronavirus, los humanos también nos fijamos en los ojos. Fugazmente, pero como si bebiéramos miradas.

Hasta que el COVID se hizo peste y habitó entre nosotros rehuíamos el roce de las pupilas, sobre todo entre desconocidos. Ni siquiera los amantes andaban duchos en el arte de acariciar sin aspavientos y sin tocarse, solo con la veladura de una mirada. Eso que hemos ganado.

Cumpliendo los dictados de la autoridad, los feos andamos embozados por la calle. Ya solo nos avergüenzan las lorzas, tan difíciles de esconder incluso vistiendo de sayón. Somos feos anónimos incluso, dado lo fácil que resulta pasar inadvertido, al menos en primera instancia. Y entre tanto miedo, los ojos iluminaron todos los rostros.

Hace mucho tiempo, un religioso metido a profesor de Lengua y Literatura animaba a sus alumnos (todos varones, con exceso hormonal creciente) a confiar su futuro al descubrimiento de unos bellos ojos de mujer. Aseguraba aquel hombre venerable, supongamos que amparado en los clásicos y falto de experiencia, que mientras los rostros se ajan con el paso del tiempo, solo las miradas mantienen viva la llama de la juventud. Era un optimista, pero no andaba tan desencaminado. No hay tristeza ni dolor que haya logrado arruinar el brillo en esos ojos de los que aún seguimos enamorados.

Estaban estos días las marquesinas de autobús asaltadas por jóvenes lozanos, que anunciaban perfumes a cara descubierta. Es un error. Mientras ellos se esforzaban por engatusarnos con ficticias hermosuras, los que somos feos, algo católicos y muy sentimentales sabemos que nuestro futuro está en buscarnos por los ojos, resaltados por una mascarilla.

El coronavirus nos ayuda, cuando hay esperanza, a refugiarnos en los ojos del otro, en su mirada. No todo es pánico. Es un alivio.

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