El letrero en una puerta al que alude El Paseante. (Foto: La Crónic@)
El letrero en una puerta al que alude El Paseante. (Foto: La Crónic@)

Viajar ilustra hasta en tiempos de pandemia. Irse de vacaciones este verano ha supuesto hacer catálogo de mascarillas donde antes lo hacías de rostros humanos. En este 2020 de virus y desazón, hemos visto menos caras feas que nunca, al estar tapadas, aunque también nos hemos perdido el deleite de admirarnos de que la belleza exista y ande con cierto garbo por la playa. Un pibón, sea hombre o mujer, no es lo mismo con un bozal en la boca, por mucho que se contoneen sicalípticos en bañador.

Con todo, el descubrimiento más inesperado para este paseante ha sido un simple letrero, plantado en la puerta de una calle recoleta, en el centro de una villa medieval. El hartazgo convertido en literatura de alto nivel, con la concisión de un Augusto Monterroso y con la aguda precisión de un haiku: “No aparcar / ni por favor / ni pollas”. Es improbable que ningún poeta, sobre todo en este siglo sin poetas, sea capaz algún día de conseguir tanto con tan poco. Empezando por la sonrisa del viandante, atónito y feliz por haber encontrado a un héroe de la nueva realidad.

Porque ya somos muchos los que nos cansamos de tanta componenda.

Porque ya es momento de pasar del circunloquio al pensamiento concreto.

Porque ya sobra tanto buenismo para envolver la falta de soluciones, sobre todo para quienes las merecemos y no nos atrevemos a reclamarlas como correspondería.

Sabemos el origen del problema: la puñetera buena educación, aprendida en la niñez, que tanto nos ha costado. Ahora, al fin, la solución, plasmada en un papel:

Ni por favor ni pollas.

Con mucho menos fundamento que esas reveladoras palabras lanzaron sus manifiestos Tzara o Arrabal y están desde hace muchas décadas en los libros de historia. Perseveremos.

Fracasado el 15-M, cautivo y desarmado el ejército popular por la inanidad de sus dirigentes, la próxima revolución ya está escrita en una puerta, esperemos que nunca olvidada, de una ciudad del norte:

Ni por favor ni pollas.

Gracias, desconocido poeta, por iluminarnos, cansado de que te aparquen en la puerta y te toquen las esencias.

Amistad eterna y agradecimiento sin fin, profeta sin nombre. Y sigue anónimo, por favor, para no decepcionarnos.