La iglesia del Carmen, de Guadalajara, reflejada sobre una furgoneta el 22 de julio de 2020. (Foto: La Crónic@)
La iglesia del Carmen, de Guadalajara, reflejada sobre una furgoneta el 22 de julio de 2020. (Foto: La Crónic@)

Para clamar a los cuatro vientos que Guadalajara es una mierda debiera ser requisito indispensable haber nacido (o haberse criado) en esta ciudad. Los años de residencia, cuando son pocos, no suponen título habilitante para aborrecer de la capital alcarreña. Dicho de otro modo: de lo mío despotrico como me place, pero no consiento que los de fuera lo hagan. Si no les gusta, que se vayan.

Aún recuerdo la escena, en plena pandemia, de una cuadrilla de sanitarios en el exterior de la Residencia de Estudiantes de la Diputación. Tres mozas y un gañán, los cuatro sin mascarilla, cuando el resto de la humanidad circundante permanecía confinada en sus casas de día y de noche. Y cuando salíamos, lo hacíamos hasta con guantes de nitrilo, por si acaso. Ellos, no: ahí estaban relajándose al sol, fumando a cara descubierta, repanchingados en los bancos, juntitas las unas con el otro, con la filósofa de turno dictando sentencia: “Guadalajara es un horror, qué cosa más fea, ¡qué pueblo más cutre¡” Así lo soltó y así lo oí. Ya que no la respondí sobre la marcha, me lo he guardado para hoy, ahora que llevará un par de meses pontificando sobre lo que desconoce desde su pueblo, quizá en La Mancha.

Guadalajara es una mierda, probablemente. Pero es nuestra mierda. Y así seguirá siéndolo incluso aunque le pongamos un lacito, porque tiene mal arreglo. Pero que no venga nadie a insultarla, porque yo también soy Guadalajara. Y al que me insulta, le recuerdo a sus muertos.

Avisados quedan todos los bocazas del orbe que por aquí se acerquen.

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