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EL PASEANTE / Un bebé muerto en Nepal

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Son todo ventajas cuando puedes escribir sin más dictado que la propia voluntad, sin recibir a cambio más compensación que la atención de algún lector descarriado o inusitadamente fiel. Eso es lo que le ocurre a este paseante antes, durante y después de ponerse delante del teclado. Y eso explicará la deriva de este artículo.

Es el día en que Nepal ha quedado abierto en canal, arrasado por una riada mortal. No es la primera vez en que ese pequeño país asalta los titulares con una desgracia descomunal.

En este 2026 que transitamos como podemos, entre calores inhumanos y una mala gestión política desbocada, ponernos ante la muerte de otros nos ayuda a discriminar lo relevante de lo fútil. Y no hay nada más importante que la vida, sobre todo cuando se pierde.

Entre los cientos de fallecidos por el desbordamiento del Bhote Koshi hay españoles, junto con muchos turistas de muy diferentes nacionalidades. Eso aumentará, sin duda, los ecos en Occidente de la desgracia.

Y ha sido en ese mismo instante cuando, como un flash, te ha devuelto la memoria la imagen de aquel hombre camino de Pashupatinath.

Él iba y tu volvías, después de algunas horas entre las piras funerarias, incapaz de regresar a Katmandú, apresado por lo inenarrable de ver y oler ese transitar entre la vida y la muerte junto a las aguas del Bagmati.

En aquel día de un mes de julio, era el muy olímpico 1992, el tiempo se detuvo ante la entereza de ese nepalí que frisaría la cuarentena, tez oscura y camisa blanca.

Caminaba con la mirada al frente, perdida, por el arcén de la carretera, sin aparente temor a ser atropellado. El rostro tenía un gesto que ha permanecido inmutable desde entonces dentro de tu cerebro y que, como esa misma mañana, aún eres incapaz de definir con palabras.

En sus brazos llevaba el cuerpecillo de un bebé. Nunca sabrás si era un recién nacido o si había llegado a vivir algunos días, semanas o meses. Sólo viste a un padre llevando al hijo envuelto en un breve sudario blanco, como una involuntaria ofrenda a Shiva, poderosa y ausente.

Nadie te ha resumido tan claramente el valor de lo inefable.

Desde entonces, este paseante viajero ha conocido muchos cementerios. De algunos ha escrito. Otros, se los ha reservado para sí. No fue hasta hace unos meses, en Nápoles, cuando volvió a cruzarse con un difunto inesperado, seguido por un cortejo doliente de varios familiares que se abrían hueco detrás del difunto por el medio de una Via dei Tribunali atestada de turistas. Estaban terriblemente solos con sus llantos, más solos incluso que el muerto, entre tanta muchedumbre.

Rimó Bécquer la supuesta soledad de los muertos y la frase tuvo un éxito que la persigue desde hace siglo y medio. En realidad, somos los que quedamos los más inermes, incapaces de comprender la muerte de los otros. Tan natural. Tan irremediable. Una verdad vertiginosa como sólo puede serlo asomarse a un precipicio sin fin, que es de lo que se trata.

Hay muchos muertos en Nepal, una cifra que aumenta a cada hora que pasa, pero este día entenderá el lector que dedique un recuerdo a quien ahora debería tener 34 años de vida y no llegó a cumplir ninguno.

No le conocí pero nunca ha dejado de acompañarme.

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