Turistas frente a Gordes, en el Luberon. (Foto: La Crónic@)

Imaginemos esta escena, tan real que no se olvida: en el aeropuerto de Marsella, voces en español inundan la terminal, acabando con el bendito silencio. Aunque te refugies en los auriculares, la algarabía va y viene, siguiendo a los niños, padres y hasta a la abuela de un grupo familiar de 14 miembros, que esperan su avión para regresar a Madrid. Dado que es imposible evadirse de sus conversaciones, tan a grito pelado como si estuvieran en la Gran Vía, te enteras sin quererlo de que vienen de pasar una semana en Gordes, todos juntos. Como tú. Y sin haberte cruzado con ellos. Han sobrevivido sin daños colaterales tanto el Luberon como su provenzal, y proverbial, paz. Si esta región es capaz de tanta resistencia a los decibelios españoles es que merece la pena glosar sus muchas virtudes. Eso es lo que vamos a hacer.

La Provenza no es la Toscana, aunque lleguen a confundirlas algunos turistas cuando llegan, sobre todo si son ingleses o norteamericanos. Un aire sí que las empareja, no sólo por los cipreses y el sol, que cuando cae a plomo en pleno verano se diría que revienta las piedras. Con inteligencia, a la Provenza hay que ir en primavera o en otoño, aunque en cualquier otro momento del año encontrarás motivos también para justificar el viaje.

Es esta una tierra que parece absorber el ruido y alejar el estrés, como por ensalmo.

Aquí a los ciclistas se los respeta, sin que parezca que los conductores tengan instinto asesino, aun cuando las estrechas carreteras obligan a tomarse el tiempo en todo lo que tiene de relativo… por falta de espacio en la calzada, para adelantar. Einstein lo habría explicado mejor. Por lo demás, si en vez de dar pedales el lector es amigo de andar por los caminos, avisemos que en pleno verano se cierran la mayoría de ellos, para evitar indeseados incendios forestales. Luberon es un paraíso para los senderistas y quieren que siga siéndolo. Algunos podrían tomar nota, por aquí cerca.

A lo largo de todo el año la hospitalidad provenzal está a nuestro alcance pero lo ideal es aprovechar la larga primavera que por aquí se acostumbra, de marzo o a junio; también, e incluso sobre todo, los meses de otoño para asistir al espectáculo de los cambiantes colores del paisaje, según amarillean las hojas de los árboles.

Una de las recoletas calles de Gordes en mayo de 2022 . (Foto: La Crónic@)

Gordes, piedras celestiales

Pero vayamos ya, sin más circunloquios, a Gordes, la localidad que nos ha traído hasta aquí. En el punto más animado de su caserío, donde se cruzan todos los caminos, aún abre sus puertas un bar singular: el Círculo Republicano. Dejando atrás la barra y las pocas mesas de su interior, la terraza del fondo es la mejor atalaya para ver el paisaje y empezar a entender Gordes.

Una cerveza de trigo, de barril y bien tirada, ayuda a asumir que las insuperables vistas que tienes ante ti no son el mayor regalo de este pueblo. Con un poco de imaginación, es como si vieras, todavía tertuleando por aquí, a los prebostes locales, casi como si del casino de un poblachón manchego se tratara. Pero es en Francia y en un entorno de ensueño.

Hasta 1957, los escasos habitantes de Gordes se surtían todos de agua potable en la fuente de la plaza Genty Pantaly, llamada así por un cocinero de principios del siglo XX. Lo explican, lo de la fuente, en los folletos turísticos: una franqueza inimaginable en España para esos opúsculos promocionales, siempre tan dados a lo encomiástico.

Para conseguir una somera guía, lo mejor es acudir antes que nada al castillo. No tiene pérdida y es donde se encuentra la Oficina de Turismo, con asistentes muy amables. (Atento: cierran al mediodía «francés», durante una hora o algo más a partir de las 12.30)

Lo mejor que puede hacer el visitante de Gordes es perderse por sus calles, tan recoletas.

Subir. Bajar. Avanzar. Retroceder.

Si acaso, consultar el plano para certificar que estás en el interior de la iglesia de San Fermín, un templo del XVIII. A este que les escribe no le conmovió tanto el recuerdo del gremio de los zapateros, que pagó un gran cuadro que aún sigue allí colgado, como ver a una joven encender unas velas, solos ella y yo acompañados, quizá, por el Espíritu Santo revoloteando por los alturas. Tal vez solo fuese el zureo de una paloma.

Gordes es Camino de Santiago, pero nunca lo fue demasiado, porque el mayor flujo de pelegrinos se lo llevaban las poblaciones del valle de Calavon. Lo de crecer sobre un risco escarpado a veces también condiciona… Aun así, de aquellos tiempos queda la Almoneda de Santiago, de la que sólo podemos contemplar su fachada, como en pie sigue también la Puerta de Saboya, una de las entradas medievales a la villa.

Y a partir de ahí, siga paladeando el lector lo que le salga al paso, que tanto puede ser un cuadro de Vasarely colgado de una fachada (en recuerdo de sus estancias), la sabia forma de aprovechar la piedra del lugar en paredes y pavimentos, las numerosas cuevas y bodegas… o las casas que se ven y las que se intuyen, recuperadas por gentes que han ido viniendo desde el norte, cargadas de buen gusto y de dinero. Porque Gordes, al igual que tantos pueblos por toda Europa, ha revivido por el afán de artistas y burgueses de encontrar su pequeño paraíso. Así es la vida, no pretendamos cuestionarlo.

De lo que Gordes ofrece a la vista, dejamos una cumplida reseña en la siguiente galería gráfica. De lo que a pocos kilómetros de allí se regala al espíritu, lo detallamos un poco más abajo.

Sénanque, más allá de los campos de lavanda

El cister está aquí. Tres abadías, como tres hermanas, marcan la espiritualidad de la Provenza en el Luberon. A Sénanque, que es donde estamos, se accede desde un cómodo aparcamiento y, si es la fecha adecuada, con un coqueto campo de lavanda en flor como marco para que la foto sea la más conocida, y reconocible, de este lugar. Intentemos ir más allá del tópico.

Para visitar Sénanque, si es que creen en el criterio de este periodista, escapen tanto de enero y febrero (a causa del frío que el mistral mete hasta los huesos) y también de julio y agosto, cuando los turistas lo llenan todo y el calor agota al más paciente émulo del santo Job. Y sí, en efecto, renunciar a la visita en julio es aceptar que no haremos la misma foto que otros muchos, del monasterio y su lavanda en flor. Es un peaje asumible, créanlo.

Abadía de Sénanque
Abadía de Sénanque, en el Luberon (Francia).

Con sabio juicio estético, no dejan entrar con culotte. Aquí estamos a lo que estamos, como nos recuerda el mismísimo diablo, esculpido en piedra enfrente de la sala capitular para alertarnos de que la palabra, sobre todo cuando no viene a cuento, es obra del Maligno. A los monjes lo que les señalaba es que era obligado el silencio fuera de ahí.

En esta abadía hay margen para admirarse de lo que puede dar de sí la sencillez monacal. No renunciaban a celebrar la grandeza de Dios ni el poderío terrenal que Éste les concedía, aunque de un modo tan austero que hasta los capiteles del claustro lo demuestran: cada uno es diferente, cada cual con su particular decoración, incluso abigarrada… pero el conjunto es casi el paradigma de la desnudez hecha piedra. Y sin representación humana, más allá de una solitaria imagen de la Virgen.

Sorprende que sobre lo que fueron dormitorios, el techo se moviera durante un terremoto a principios del siglo XX y se quedase en el intento, como avergonzado el poder telúrico de la tierra de incomodar el sueño de los monjes. Lo que no permitió Dios lo facilitaron los hombres, pues terminaron por expulsar a los religiosos de estos contornos durante una larga temporada.

Antes de que la comunidad fuera y viniera al hilo de la política, rezaron y trabajaron durante siglos, como hoy incluso puedes ver en los campos de lavanda. Lo de hacer códices miniados debió ser también una ocupación importante, como denota que la única chimenea estuviera y esté, precisamente, en el scriptorium; nunca fue buena idea intentar escribir con los dedos congelados y con sabañones… 

Andan en estos tiempos, tantos siglos después, de obras en la iglesia, de una sola y sencilla nave, con arcos apenas apuntados. En otras partes de la abadía, lo que manda es la bóveda de cañón, como corresponde a sus inicios, en el siglo XII.

En realidad, uno se quedaría tranquilamente sentado en el claustro, como hacen tantos, arropado por la piedra labrada de pilares, arcos y muros. Es como si el universo entero se hubiera plegado hacia adentro, contigo en su centro, hasta remansarse en este punto. El juego de las sombras da tanta calma como el propio silencio del lugar.

Pero es momento de seguir camino, en busca de pueblos como L’Isle-sur-la-Sorgue, Cavaillon, Lourmarin, Lauris, Oppède y tantos otros que nos esperan en esta comarca. En LA CRÓNICA ya ha habido quien no se podido resistir a sus encantos y ha escrito sobre ello.

Es solo al salir cuando caes en la cuenta de la infinidad de marcas de canteros que hay en los muros. Una de ellas se te aparece como si fuera la representación de un hombre con los brazos alzados, sujetando el mundo o la nada. Será una ensoñación. Para lo que no hay duda es que fueron ellos los que hicieron posible este gran milagro, sillar a sillar, a cambio de unas monedas. Nadie recuerda sus nombres; hoy debemos recordarlos.

Abadía de Sénanque, cerca de Gordes. Marca de cantero.(Foto: La Crónic@)

 

Más información:

• Sobre el Luberon:

Información general sobre la región (en francés e inglés)

• Sobre Gordes:

Oficina de Turismo de Gordes

gordes@luberoncoeurdeprovence.com

• Sobre la Abadía de Sénanque:

www.senanque.fr

Cómo llegar al Luberon

La mejor manera, por cómoda y rápida, es hacerlo en avión si vives en Madrid o te resulta fácil acercarte a la T-4. Desde allí es Iberia, a través de Air Nostrum, la que enlaza con Marsella, de una manera realmente eficiente. Luego, media hora de autopista y estarás en tu lugar elegido.

Avión de Air Nostrum en el aeropuerto de Marsella, tu vía de entrada más cómoda hacia Aviñón. (Foto: La Crónic@)

(Este reportaje se ha realizado con la colaboración de
Destination Luberon y de Atout France)