Más allá de lo que pudieron vivir en directo los que se sentaron este sábado en el Teatro Auditorio Buero Vallejo, el pregón de Ferias pronunciado por Carmelo García permanecerá como un pieza especialmente emotiva para cuantos hayan disfrutado, siquiera una vez en su vida, los días festivos de la capital alcarreña.
Por ello, lo reproducimos íntegro y recomendamos su lectura:
Buenas noches, Guadalajara.
Antes de empezar, quiero dar las gracias de corazón a nuestra alcaldesa y a la corporación municipal de Guadalajara por haber pensado en mí para pronunciar este pregón. Para alguien que ha nacido aquí, en la residencia vieja, que ha estudiado y trabajado aquí y que siente esta ciudad como parte inseparable de su vida, os aseguro que es un regalo muy especial.
Y permitidme que aproveche este momento para dar las gracias también a tantísima gente que, desde que fui elegido rector de la Universidad de Alcalá, me ha parado por la calle, me ha escrito o se ha acercado simplemente para felicitarme. Me ha emocionado especialmente comprobar que muchos guadalajareños lo han sentido un poco como algo suyo. Y tienen razón: también lo es. Porque uno llega a donde llega con su trabajo, claro, pero también llevando consigo el lugar del que viene, la educación que recibió, las personas que encontró por el camino y la ciudad en la que aprendió buena parte de lo que sabe de la vida.
Tengo que confesar que casi me ha hecho tanta ilusión el cariño con el que Guadalajara ha recibido mi nombramiento como el propio nombramiento. Porque ser rector es un enorme honor, pero es, sobre todo, una responsabilidad; una responsabilidad que no siempre es fácil de llevar. En cambio, sentir el afecto de tu gente, encontrarte con alguien que te dice «qué alegría, Carmelo» y darte cuenta de que lo dice de verdad, sin esperar absolutamente nada a cambio, es de esas cosas que compensan muchos días difíciles.
Así que gracias. Gracias por ese cariño, por esa cercanía y, sobre todo, por hacerme sentir que una pequeña parte de esta responsabilidad que hoy tengo también pertenece a Guadalajara. Y quizá por eso me hace todavía más ilusión estar esta noche aquí, no tanto como rector, sino como uno más de vosotros, para hablar de nuestra ciudad, de nuestras ferias y, inevitablemente, de algunos de los recuerdos que han hecho que esta sea mi Guadalajara.
Cuando Ana me propuso ser pregonero de las Ferias sentí, junto con la alegría y el enorme honor que supone, una cierta preocupación, porque uno se va acostumbrando a discursos de rector, buscar datos, ordenar ideas, hablar de la ciudad, de su historia o de sus instituciones, pero creo que un pregón tiene que ser otra cosa. Tiene que salir de dentro, de la memoria, de los recuerdos que cada uno ha ido acumulando y que, casi sin darse cuenta, han acabado construyendo su relación con una ciudad como Guadalajara.
Y cuando empecé a buscar en mi baúl de los recuerdos me di cuenta de que los primeros recuerdos de Guadalajara no eran precisamente festivos. Para un niño que venía de un pueblo, Guadalajara era el lugar al que había que venir para las cosas importantes y no siempre agradables. Era el ambulatorio de la plaza del Jardinillo, donde se formaban enormes colas para hacernos los análisis de sangre; fue también una operación de anginas, sin anestesia, que desde luego no contribuyó demasiado a mejorar mi opinión sobre la ciudad; y fue también la vieja Residencia, donde me operaron de apendicitis.
Pero Guadalajara era también la ciudad a la que veníamos a comprar, porque durante muchos años fue el lugar donde se abastecían muchos de los pequeños comercios de nuestros pueblos. Acompañaba a mi madre, que regentaba una tienda de ultramarinos en Cogolludo, a Marqueta para encargar calzado, hules, los belenes que luego se venderían en Navidad. Mucho tiempo después, cuando mi tía se quedó con la tienda, seguí haciendo yo aquel encargo y compraba allí la lotería de navidad de la cofradía de San Crispín, patrón de los zapateros. Recuerdo Marqueta, Vacas y tantos establecimientos cuyos nombres siguen en nuestra memoria aunque hayan desaparecido de las calles: las pescaderías de Maragato y Ramos, Olivares, la zapatería Marelvi, la cacharrería de Manuel Rodríguez, la cerería, los tejidos Madrigal, la fotografía de Mariano Viejo, la droguería de García o la sastrería de Octavio Olalla.
Aquellas visitas a Guadalajara, en autobús, tenían además sus pequeños rituales. El autobús nos dejaba junto al Infantado y desde allí subíamos la calle Mayor, atravesando una ciudad que entonces tenía un ritmo muy distinto. Recuerdo el gentío congregado alrededor del Bar Soria, junto al Bilbao y al Bar Río, que afortunadamente sigue abierto. En los alrededores se reunían agricultores y ganaderos de la capital y de la provincia, y allí se compraban y vendían tierras, cosechas y ganado.
Mi madre, mi hermano y yo teníamos asuntos bastante menos importantes que resolver. Uno de nuestros rituales era comer un bocadillo de tortilla junto a Reyes, el fotógrafo y la tienda de navajas. En un local diminuto y muy bien aprovechado. Y por la tarde regresábamos con nuestras compras, muchas veces con un par de paquetes de Vacas o de Marqueta bajo el brazo y aquel precintado verde que todavía soy capaz de recordar.
También recuerdo las ópticas de la calle Mayor, porque yo empecé pronto con esto de las gafas. Muy pronto. Las primeras me las compraron con cuatro años en Luxonia y después vendrían las de Muñoz y unas cuantas más, aunque en aquellos tiempos no se tenían gafas de repuesto y los cristales se llevaban partidos hasta su cambio. Y, muy cerca de todo aquello, estaba la iglesia de San Nicolás.
En mi familia éramos mucho de ir a la Iglesia de San Nicolás y, pensándolo bien, también tenía cierta lógica geográfica, porque estaba cerca del ambulatorio. Pero la verdadera razón era mucho más profunda. Al entrar en la iglesia, a la derecha, en el altar de la Virgen del Pilar, se habían casado mis abuelos. Mi madre me llevaba allí a misa y a rezar, y aquel lugar fue quedando unido a mi familia y a mi vida mucho antes de que yo pudiera entender lo que eso significaba.
En medio de aquella Guadalajara de médicos, compras, recados, bocadillos de tortilla, ópticas y visitas a San Nicolás había, sin embargo, un momento del año en el que todo cambiaba. Bastaba con que mi padre pronunciara una frase:
-Este año, hijo, te llevamos a las Ferias.
Y aquello era otra cosa, oye.
Para un niño, las Ferias convertían Guadalajara en un mundo más que mágico. Recuerdo los puestos de patatas fritas, preparándolas allí mismo, delante de nosotros, y aquellos enormes bidones de aceite de los que salían crujientes y recién hechas. Recuerdo los puestos de juguetes, con sus cartones llenos de pequeños tesoros: un juego de médico, uno de coches, un equipamiento de policía, indios y vaqueros, una trompeta con teclas, un tambor, un sombrero… cosas muy sencillas ahora, pero que eran más que suficientes.
Y casi tan importante como haber ido era poder contarlo al día siguiente. Llegar y decir a los amigos que tus padres te habían llevado a las Ferias te hacía sentir importante. Habías estado en Guadalajara, habías visto las atracciones, los puestos, la gente, las peñas.
Mis padres habían conocido otras Ferias y me hablaban también de ellas. Habían ido al Teatro Chino o al Teatro Luengo, habían visto cantar a Rafael Farina y actuar a Juanito Navarro o a Antonio Ozores. Eran sus recuerdos, como nosotros fuimos construyendo después los nuestros. Yo recuerdo espectáculos taurinos como la charlotada, a precios más populares que las corridas, con el Bombero Torero y los enanitos que hacían recortes inverosímiles ante las vaquillas, que entonces contemplábamos con los ojos de un niño y que hoy vemos, lógicamente, desde una sensibilidad diferente. Forman parte de la fotografía de una época, como tantas otras cosas que han cambiado con nosotros.
Y recuerdo sobre todo las peñas en su desfile hacia la plaza de toros. Yo las veía pasar de la mano de mi padre, fascinado por el ruido, los colores, la música y aquella cantidad de gente. Seguramente no entendía bien qué era una peña ni por qué todo aquello provocaba semejante entusiasmo, pero sí entendía una cosa: allí estaba pasando algo importante. Guadalajara estaba de fiesta.
Las Ferias solo tenían un defecto, y era bastante serio para un niño: anunciaban que se acababa el verano y que había que volver al colegio. Durante muchos años no conseguí resolver aquella contradicción entre la alegría de que llegaran las Ferias y la desgracia de saber lo que venía inmediatamente después. Porque quizá piensen ustedes que a mí me gustaba ir al colegio, pero vamos… nada más lejos de la realidad.
Con el tiempo, sin embargo, Guadalajara dejó de ser la ciudad a la que venía y pasó a ser la ciudad en la que empezaba a vivir una parte importante de mi vida. Vine a estudiar al Colegio Diocesano y empecé a conocerla de otra manera, como les ocurrió a tantos chicos y chicas de los pueblos de nuestra provincia.
Creo que esto merece ser recordado. Para muchas familias, Guadalajara fue la ciudad que permitió que sus hijos continuaran estudiando, se prepararan y pudieran dar después el salto a la Universidad con relativa facilidad. Hoy puede parecernos natural, pero no siempre lo fue, y quienes veníamos de un pueblo sabemos bien lo que significaba que la educación estuviera cerca y que estudiar no exigiera romper completamente con tu familia o con tu tierra.
Yo recuerdo aquellos años del Diocesano y posteriormente del Brianda, y especialmente las tardes de estudio en la biblioteca del Infantado. Allí estábamos, dentro de uno de los edificios más extraordinarios de Guadalajara, aunque tengo que reconocer que nuestra sensibilidad hacia el patrimonio dependía bastante de la fecha del siguiente examen.
Pero allí, sin saberlo, estábamos construyendo nuestro futuro. Por eso, tantos años después, y después de toda una vida dedicada a la Universidad, miro aquella etapa con un agradecimiento especial. Sé lo que significa para un joven de un pueblo tener cerca la posibilidad de formarse, poder elegir y saber que el lugar en el que ha nacido no va a determinar hasta dónde puede llegar.
Esa convicción me ha acompañado siempre y me acompaña hoy con una responsabilidad especial como rector de la Universidad de Alcalá. Quiero una Guadalajara y una provincia y una región en las que nuestros jóvenes encuentren oportunidades para estudiar y construir su futuro, y una Universidad que sientan cercana y suya, porque la Universidad no pertenece únicamente a quienes estudian o trabajan en ella; pertenece también a la tierra en la que está. Y la Universidad de Alcalá es, y debe sentirse cada día más, Universidad de Guadalajara.
Aquel muchacho que pasaba las tardes estudiando en la biblioteca del Infantado, por supuesto, no pensaba en nada de esto. Bastante tenía con el siguiente examen. Además, tengo que reconocer que era bastante empollón, aunque poco a poco fui descubriendo que la vida no podía consistir exclusivamente en estudiar. No fue un descubrimiento inmediato, pero acabó llegando.
Y así fui conociendo otra Guadalajara. La del Parador, La Palma y, por supuesto, la Vinacoteca, donde bebíamos ribeiro en aquellos tazones al estilo gallego. Estuvo también El Cortijo, de vida bastante fugaz, donde hoy se encuentra el Biosfera, y el Mesón Alcarreño. Y estaba Bardales, que era un auténtico hervidero de gente. Entrábamos por allí empezando con un aguardiente en las Palmeras y acabábamos siempre en el Pi, entre amigos, música y una cantidad de humo que hoy cuesta hasta imaginar. Aquello tenía una ventaja: si al día siguiente no recordabas perfectamente con quién habías estado hablando, siempre podías echarle la culpa al humo.
Estaban también las discotecas: el GU, Nardos, donde celebrábamos las fiestas del Diocesano y después las de la Universidad para sacar dinero para los viajes, el Puzzle, el Cherno; Y la música de los grupos de aquí, Bailén, Xúcar, Tucán…, que forman también parte de la banda sonora de aquellos años, junto a las verbenas en las ferias, especialmente la de los Caracoles, siempre tan concurrida. En mi fase final fue Despistados quien puso banda sonora, unos paisanos que siguen sonando en todo el país, con su Física y Química.
Cómo me voy a olvidar de la Volvoreta, donde se bailaba, se bebía y se fumaba —entonces las tres cosas parecían formar parte inseparable de salir de noche— y donde Camilo Sesto era el rey de la noche. Después la noche se iría desplazando hacia la zona de la plaza de Dalí, pasando por el Salón, el Hipopótamo. Cambiaban los sitios, pero no demasiado las ganas de estar juntos.
Naturalmente, también cambiaron las Ferias. Ya no eran las que contemplaba de la mano de mi padre, sino las que vivía con mis amigos. Llegaron las carpas de las peñas, la música, los bailes, las noches que se iban alargando y, por supuesto, las atracciones.
Tengo que confesar algo que seguramente no encaja demasiado bien con la imagen de alguien que se subía a todo lo que tocaba: tengo un vértigo de espanto. Pero a determinadas edades uno puede tener vértigo; lo que no puede es reconocerlo delante de los amigos. Así que me subía a las atracciones más peliagudas intentando mantener el tipo. Por fuera procuraba aparentar una tranquilidad absoluta; por dentro estaba dispuesto a prometer cualquier cosa con tal de volver al suelo. Con los años he llegado a la conclusión de que una parte considerable de la juventud consiste precisamente en eso: en hacer voluntariamente cosas que te aterrorizan para evitar que tus amigos descubran que eres una persona sensata.
Las Ferias también me proporcionaron algunas de mis primeras lecciones de economía aplicada. Recuerdo aquellos puestos que anunciaban un pollo con sus patatas a un precio extraordinariamente atractivo. Para unos jóvenes con poco dinero parecía una oportunidad inmejorable: te sentabas, pedías el pollo, las patatas y, naturalmente, algo para beber. El problema llegaba cuando traían la cuenta y descubrías que el pollo, efectivamente, costaba lo que decía el cartel; lo que nadie te había explicado era lo que costaba la bebida. Alguna vez acabamos haciendo cuentas porque sencillamente no llevábamos dinero suficiente para pagar. Años después me dediqué a la Economía. No digo que fuera por aquello, pero desde luego entendí muy pronto la diferencia entre el precio anunciado y el coste final.
Y estaban las noches de las peñas, bailando en sus carpas, recorriendo Guadalajara y encontrándote continuamente con unos y con otros. Esa es una de las cosas que siempre me han gustado de las Ferias: durante unos días la ciudad se convierte en un enorme lugar de encuentro. No hacía falta organizar demasiado porque sabías que, antes o después, acabarías encontrándote con todo el mundo. Para lo bueno y… para lo malo.
Las horas pasaban hasta llegar a ese momento en el que volver a casa ya parecía absurdo porque quedaba el encierro. Así que esperábamos hasta el amanecer y entonces se producía una de esas imágenes tan nuestras: los que terminábamos la noche nos mezclábamos con quienes acababan de levantarse y llegaban perfectamente despejados para ver el encierro, mientras nosotros intentábamos aparentar exactamente lo mismo.
Una de aquellas noches la recuerdo de una manera muy especial porque mi despedida de soltero fue precisamente en Ferias. No sé si celebrarla entonces fue fruto de una decisión muy meditada, pero sí puedo decir que fue perfectamente coherente con nuestra manera de vivirlas. Después de toda una noche de celebración acabamos donde había que acabar: en el encierro y, después, preparados para el chocolate con churros.
Mirándolo ahora, casi parece una frontera entre dos épocas de mi vida. Las Ferias habían comenzado siendo aquel lugar extraordinario al que me llevaba mi padre; después fueron las de los amigos, las atracciones, las peñas, las noches y los encierros; y aquella mañana, celebrando que iba a casarme, empezaban de alguna manera las Ferias de la vida adulta.
Y eso me lleva a pensar que quizá la verdadera historia de las Ferias no está en los programas que guardamos ni en que seamos capaces de recordar qué actuación hubo cada año. Cuando pensamos en ellas recordamos cosas mucho más pequeñas: un olor, una canción, una calle, una persona, una noche que terminó de día, una noria a la que no querías subir, una cuenta que no podías pagar o un chocolate con churros al amanecer. Y, sobre todo, recordamos con quién estábamos.
Con los años he entendido también mejor aquella otra dimensión de Guadalajara que había conocido de niño de la mano de mi madre. La Virgen de la Antigua forma parte inseparable de la historia y de la identidad de esta ciudad y, por supuesto, de sus Ferias. Su santuario ocupa la antigua iglesia de Santo Tomé y desde 1883 es oficialmente la patrona de Guadalajara. Han pasado generaciones desde entonces y cada mes de septiembre la ciudad vuelve a encontrarse alrededor de ella.
Porque las Ferias son el ruido, la música, las peñas, los encierros y las calles llenas, pero son también tradición y memoria. Y se tenga una relación más o menos cercana con la devoción religiosa, es difícil entender las Ferias de Guadalajara sin entender lo que la Virgen de la Antigua ha significado y sigue significando para muchos guadalajareños.
Pero mi vínculo religioso más personal está en otro lugar. Yo sigo volviendo a San Nicolás. Y tengo que confesar que, cuando las cosas de la vida aprietan, todavía entro allí. A veces para rezar y otras simplemente para sentarme un rato. Quizá para volver, aunque sea por unos minutos, a aquel lugar al que me llevaba mi madre y en el que, muchos años antes de que yo naciera, mis abuelos habían comenzado juntos su vida.
Todo esto que les he contado puede que no sea especialmente significativo para mucha gente. Son recuerdos muy pequeños y muy personales: un bocadillo de tortilla, unas gafas compradas con cuatro años, una tienda que ya no existe, una tarde estudiando en el Infantado, una madre que te lleva a rezar, la mano de tu padre mientras pasa las peñas, una noria a la que te subes muerto de miedo, una noche en Bardales o bailando en una carpa, o una despedida de soltero que termina en el encierro.
Pero todo eso conforma mi Guadalajara.
Porque una ciudad no son solamente sus calles, sus edificios, sus monumentos o sus instituciones. Una ciudad es también la memoria que vamos dejando en ella y la que ella va dejando en nosotros. Esta es la Guadalajara a la que primero venía con mis padres, la que después me permitió estudiar y crecer, la que me dio amigos y oportunidades, la que ha estado presente en algunos de los momentos más importantes de mi vida y la que hoy tengo el privilegio de servir también desde la responsabilidad de ser rector de su Universidad.
Es mi Guadalajara. La quiero y la defiendo, y trabajaré siempre por ella, porque creo en sus posibilidades, porque esta ciudad y esta provincia merecen oportunidades, inversión, educación, futuro y confianza en sí mismas. Pero, sobre todo, por una razón mucho más sencilla y que esta noche puedo decir sin necesidad de ningún cargo: porque la quiero.
Quizá de eso trataba realmente este pregón. De explicar por qué.
Y por eso quiero terminar pensando en los niños que vivirán estos días sus Ferias. En quienes mirarán las luces y las atracciones con los mismos ojos con los que nosotros las mirábamos, en quienes pedirán algo que han visto en un puesto, en quienes se quedarán sorprendidos al ver pasar a las peñas y en quienes volverán a casa convencidos de haber vivido el acontecimiento más importante del año. Ellos todavía no lo saben, pero alguno quizá guardará estos días para siempre.
Tampoco yo sabía que tantos años después recordaría el olor de aquellas patatas fritas, los cartones de juguetes, el bocadillo de tortilla, las tardes del Infantado, las carpas, los encierros o la mano de mi padre mientras veía pasar a las peñas. No podía imaginar todo lo que vendría después: los estudios, los amigos, la Universidad, mi familia, las responsabilidades, los buenos momentos y también esos otros en los que uno vuelve a sentarse un rato en San Nicolás.
Yo no sabía nada de todo eso. Solo esperaba que llegara septiembre y escuchar a mi padre decir:
-Este año, hijo, te llevamos a las Ferias.
Y aquel niño era feliz.
Muchos años después, tengo el enorme privilegio de poder decírselo esta noche a toda Guadalajara: ya estamos de Ferias. Vividlas, disfrutadlas, encontraos con vuestra gente y guardad algún recuerdo de estos días, porque quizá dentro de muchos años descubráis que aquellas pequeñas cosas que parecían no tener importancia eran precisamente las que habían ido construyendo vuestra vida.
¡Viva Guadalajara!
¡Viva la Virgen de la Antigua!
¡Y vivan nuestras Ferias!

