Fotos: Nacho Izquierdo
Textos: Augusto González

Rebeca Paz, trabajadora de Geacam, bombera forestal

• Con 45 años como argumento, esta mujer es mucha mujer, aunque no se vea de su fisonomía ni de su personalidad más que lo poco que permite la pantalla de su visera. Ella está ahí, debajo de tres capas de polietileno. Si esto fuera un pase de modelos, describiríamos lo que vemos como “Buzo de polietileno amarillo con cremallera y costuras selladas. Protección química excelente. Superficie lisa que facilita la evacuación de liquidos. Muy buena resistencia a la abrasión, al desgarro y a la perforación. Estiramiento del material hasta un 400 %”. Pero no es un pase de modelos sino la puñetera realidad, sin margen para la frivolidad. Y Rebeca está en medio, jugándose su salud para asegurar la nuestra, desinfectando las calles y los edificios del bicho canalla que no se ve pero que está ahí. Como Rebeca. Uno, mata. Ella, salva.

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Ambrosio Díaz García, voluntario de Cruz Roja

• Anda el personal confinado por toda España en un sinvivir por culpa del coche que no ha terminado de pagar, ese que está sin usar desde el comienzo de la alarma. ¿Aguantará la batería para cuando volvamos a arrancarlo? A Ambrosio también le preocupa el estado de sus vehículos, pero con más fundamento: todos los días se ocupa de que la flota de Cruz Roja en Guadalajara esté en las mejores condiciones, bien limpia, sin que nada falte. Cuentan que Henry Dunant creó la Cruz Roja tras la batalla de Solferino y sus 40.000 muertos, en el siglo XIX. Nosotros, en pleno siglo XXI, llevamos 10.000 caídos… y subiendo. Ambrosio nunca tendrá tanta fama como el fundador, pero créanme si les digo que este voluntario y todos los que están a su lado son, en este día, mucho más necesarios.

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Carmen Serrano Palacio, limpiadora

• A la admirada Toti no hay rincón del Centro de Salud de Marchamalo que se le resista. Esto es una batalla permanente dentro de una guerra particular, que se saldará sin medallas. Carmen bien podría ser Doña Carmen, pero es Toti para quienes la ven ir y venir por salas, despachos y pasillos como si en verdad las trompetas del Apocalipsis estuvieran sonando y no hubiera tiempo para dejar todo limpio, a prueba de revista. Es la responsabilidad del trabajo bien hecho, con nombre de mujer. No hay medallas para premiar tanto valor. Aunque sí palabras, como quieren serlo estas. Para ella y para todas las limpiadoras de esta España tan necesitada de una limpieza a fondo.

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