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3 junio 2024
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Un ciego en el Infantado

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Venía este sábado El Paseante de LA CRÓNICA con su zurrón de sucedidos medio vacío. Una de dos: o a la ciudad le hacía falta quitarse la modorra o el colaborador de este diario necesitaba andar más, para encontrar algo reseñable. Quizá la culpa fuera de los dos, pero apenas traía algo inusual que llevarse a la tecla. Si acaso, lo de un ciego en el Palacio del Infantado

A El Paseante no le hacen caso ni dentro ni fuera de esta casa. Si le dejan escribir es porque su artículos le salen gratis a la empresa y porque molestan poco. Si no molestasen nada y ensalzaran las improbables virtudes de los políticos sería más rentable, pero es ese un género que se trabaja poco por aquí.

Según fue contando lo que le había ocurrido, este que les escribe se lo fue quedando para sí, dispuesto a trascribirlo con su firma y su foto y así salir del escondrijo en que los penúltimos criterios de la editora han postergado los artículos de opinión, escondidos, como vergonzosos o vergonzantes. "Más información, menos opinión", se ha llegado a escribir en un editorial. Como si fuera posible que a alguien le importe más lo que ocurre que lo que ya opina de ello de antemano.

Es el caso que este sábado sin gloria de 2019, un 30 de marzo en el calendario, un ciego con bastón blanco deambulaba solo y a solas por el zaguán del Palacio del Infantado. Lo hacía con más agilidad que la de aquellos que tienen dentro de sus ojos sombras de plomo, losas en los párpados y el negro por color de su arco iris.

Asombrado por la escena, El Paseante se fijó en que el ciego del palacio llevaba en la mano opuesta a la del bastón una libreta. Y que giraba el torso, como queriendo despedirse del Patio de los Leones, ese rescoldo de pasadas riquezas que aún le queda a esta ciudad. "Ahí va un ciego que algo ve", se dijo. Y no dijo más.

Contada la anécdota en la Redacción, pasado el momento de los chascarrillos chocarreros por el personal circulante, es el caso que el ciego me inspiró más afinidad que ternura. De ahí lo de robarle a El Paseante la anécdota y escribir sobre ella estás líneas sin apenas brújula. Como los pasos entre tinieblas de aquel hombre.

Porque vemos demasiadas veces sólo lo que queremos ver.

Porque somos incapaces tantas veces de entender lo que vemos.

Porque lo que existe, existe sin nosotros por más que sólo por nosotros tiene sentido. O no tiene ninguno, que es lo más habitual.

Porque aun a sabiendas de lo difícil que es ver, no debemos dejar de mirar, como el ciego que algo veía le enseñó sin pretenderlo a El Paseante, a mí y quizá también a usted, que lo está leyendo.

Los llamados intelectuales de lo que en tiempos se llamó izquierdas tratan de contraponer la sociedad con el individuo y restregárselos ambos a los presuntos intelectuales de la presunta derecha. Como si todos esos términos no fueran falsarios que no conocen descanso. 

Al final, e incluso a la mitad del camino, vemos claro que todos caminamos entre sombras. Como ese ciego que respira entre penumbras e intuía los grifos y los leones en piedra que bailaban frente a él.

Que le cuenten a ese hombre que esa o aquella sigla de ese o aquel partido contiene la verdad, envuelta en celofán o en papel de estraza, según qué ideología. A él puede que no le engañen, desde su experiencia. Con nosotros, impenitentes paganos, suelen tener más éxito. 

Después de que llegue, disfruten lo votado, que el gusto es suyo.

Al menos por aquí, no pidan entusiasmo.