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Un oso abandonado en la ciudad

Alguien sostiene al oso con manos invisibles. A otros, bípedos, también. De eso trata la historia que hoy nos presenta El Paseante.

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En tiempos, esa ciudad de Castilla acogía de cuando en vez a algún perro vagabundo. Ya no se ven. Ahora es un oso.

Por entonces, en las casas se criaban niños y no mascotas. La política del Régimen y la bendición de Dios las llenaba de electrodomésticos y de letras por pagar, no de animales.

Los hijos de esos matrimonios, según iban creciendo, hacían de las calles su mundo, cuesta arriba y abajo, creando sin saberlo una geografía de recuerdos.

Hoy en día, los cívicos dueños que no quieren verse multados por la municipalidad esperan a que su vástago canino levante la pata para rociar la orina con un spray. Décadas atrás, el pantalón corto implicaba la libertad de mear en cualquier esquina, sin mayor cuidado que el de hacerlo fuera de la vista de un guardia o de cualquier otro emboscado con aires de autoridad. La vejiga te hacía libre y tú sin saberlo.

Por la misma plazuela de esas andanzas, corriendo como va el siglo entre absurdos mundiales, resulta de lo más normal que haya tomado asiento un oso. Dicho sea literalmente.

Son ya varias las semanas en las que se le ha visto apoyado en una pared o enhiesto, a veces sonriente, siempre callado. Por una extraña indulgencia todavía no ha terminado en la furgoneta que recoge enseres abandonados, camino del vertedero.

Si lo miras compruebas que la vida no siempre le ha tratado bien, lo que te anima a una suerte de solidaridad entre sedentes: a los dos se nos hace escombro el cuerpo serrano al paso de los días, cada vez más amojamado por los años y no sólo por los calores. Pero a él, ciertamente, aún se le ve bastante lozano.

No sabes por dónde se mueve el oso cuando no está al descubierto. Tampoco alcanzas a imaginar de dónde ha venido. ¿Cuál fue su osera en el invierno pasado?

Dado que es de peluche, lo de andar, siquiera perezosamente, se antoja un ejercicio difícilmente voluntario. ¿Quién le ayuda?

El oso está sólo aunque acompañado de aquel o de aquellos que le mantienen vivo. Colosal misterio urbano.

Guadalajara, que es la ciudad donde el plantígrado de nuestra historia todavía habita, a veces sirve para algo impensado. Por ejemplo, para darte lecciones humanas con un protagonista inanimado.

Alguien sostiene al oso con manos invisibles. A otros, bípedos, les mantiene las ganas de seguir respirando la palabra dada en un saludo, la charla del café, la bendición del cura, asistir como a un espectáculo al revoloteo de los críos en la tierra o de los vencejos en el cielo de un atardecer…

Y así va siendo.

Hay veces que vivir no paga impuestos.

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