
Texto y fotos: Jesús Orea
Alemania es un país “exportador”/emisor de turistas —y de muchas otras cosas, fundamentalmente relacionadas con el sector automotriz y de maquinaria, tecnológico y químico— más que “importador”/receptor, si bien esta es una tendencia que viene cambiando desde hace ya algún tiempo.
Así, en 2025 fueron cerca de 40 millones los turistas extranjeros que visitaron Alemania, todavía lejos de los 102 millones que viajaron a Francia y los casi 97 que lo hicieron a España. El sur, con su cálida belleza mediterránea y su potente infraestructura hotelera y hostelera, sigue siendo el destino turístico por excelencia de la vieja Europa. No obstante, los países del centro y el norte europeo cada vez son más atractivos para vacacionar porque, pese a su frialdad y humedad climáticas, a lo que se suma su oscuridad gran parte del año, ofrecen unas singularidades monumentales, medioambientales y etnológicas muy especiales. Esos activos, hasta no hace mucho, solo podían disfrutarlos sus propios habitantes y, en bastante menor y obligada medida, los emigrantes atraídos por su prosperidad económica y social. El 20 por ciento de la población alemana es inmigrante.
En la primera quincena de junio y durante una semana, he viajado con un grupo de buenos amigos a la Selva Negra alemana y a Alsacia, hoy francesa, pero con una indeleble y evidente huella alemana pues, junto con Lorena, han sido dos territorios que a lo largo de la historia han ido alternándose entre el dominio galo y el germano.
Obviamente, las fronteras, las nacionalidades y los pasaportes son lo que son y dicen lo que dicen, pero la geografía humana a veces discrepa de la física, también de la historia, aunque menos. Digo esto porque, sobre todo en Alsacia, la mayoría de los nombres son de origen teutón, aunque a través del alsaciano, uno de los cuatro dialectos que se hablan en la zona. Babel no está tan lejos del corazón de Europa porque, precisamente en la Alsacia y concretamente en su capital, Estrasburgo, late fuerte el pulso de la Unión Europea a través de la presencia allí de la sede de su parlamento, compartida conBruselas, y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), entre otras instituciones comunitarias.
Nuestro viaje a la Europa central que bañan grandes ríos –el Rhin, el Meno, el Neka y el Ill, entre otros, comenzó en Frankfurt de Meno, que es el nombre oficial y completo de la capital financiera continental, pues hay otro Frankfurt, mucho más pequeño, al noroeste de Alemania, junto al Oder, en el límite con Polonia, corazón de la antigua Prusia que, con el impulso del emperador Guillermo I y el canciller Bismarck, dio paso al II Reich, tras varios siglos de desaparición del primero, el del sacro imperio romano germánico. Del tercero, prefiero no acordarme.
FRANFURT: OCIO EN LA CIUDAD DEL NEGOCIO
Frankfurt de Meno es, hoy, una ciudad de unos 800.000 habitantes —2 millones y medio más si sumamos su área metropolitana— que vive más del turismo de negocio que del de ocio.
Al ser la sede del Banco Central Europeo y del alemán, la actividad financiera capitaliza muchos de los millones de metros cuadrados de oficinas que ofrecen las decenas de rascacielos que hay en su skyline, un Manhattan en pequeño; aunque quizás deberíamos decir de bolsillo: se ría más apropiado.
Desde el mirador de la Main Tower, de 54 plantas, por 9 euros se puede ver en 360 grados toda la ciudad y comprobar que debajo del acero y el cristal están los bosques. Las numerosas e importantes ferias que se celebran en Frankfurt, otorgan al barrio de Messe (que es el de la ciudad financiera y donde se emplazan los recintos feriales y sus servicios complementarios, incluidos numerosos hoteles) un movimiento frenético de personas y mercancías que acuden allí por razones profesionales y comerciales.
El turismo de negocio es generalmente muy lucrativo y en el caso de la capital del estado federal de Hesse, seguro que le reporta más que sus famosas salchichas —muy ricas con chucrut y puré de “kartoffel” (patata en alemán), opción más saludable que las “pommes” fritas—, aunque a mí me gusta más la variedad rostbratwurst, parrilleras y no escaldadas como las frankfurt, y con su toque de pimienta.
La verdad es que el turismo convencional o de ocio, en esta ciudad, no tiene demasiadas opciones, más allá del entorno de la Römerberg, la plaza donde están la iglesia gótica, hoy templo protestante de San Nicolás, con su carillón de 35 campanas, y el ayuntamiento, amplia y circular, y en la que se pueden admirar las típicas casas entramadas de la zona.
La catedral, de buena planta y altura, no es de las más espectaculares que se pueden ver en Alemania, donde el gótico se enseñorea en los principales templos para buscar a Dios en la luz a través de la altura y los vanos. Un Dios sobre el que retiñen católicos y luteranos; los primeros, apostólicos y romanos; los segundos, nacionalistas y austeros en formas y más cerca del santísimo a través de su palabra que de la transubstanciación, a la que niegan aunque acepten la presencia de Cristo en la Eucaristía.
La cercana casa natal de Goethe y el Museo del Romanticismo alemán anexo, merecen ser visitados, especialmente por quienes crean, como yo, que la poesía no es un lujo cultural. Los puentes sobre el Meno, especialmente el de hierro, también llamado viejo, unen el casco histórico con los nuevos barrios de expansión residencial de Frankfurt. En este puente se cuentan por millares los candados que hay enganchados a sus barandas, casi todos ellos con dos nombres y una fecha. Es probable que se rompan antes las uniones que los propios candados.
PASEO EN BARCO POR EL RHIN MEDIO Y VISITA A HEIDELBERG
A menos de una hora de Frankfurt hay la opción, que nosotros elegimos, de hacer un recorrido fluvial en barco por el Rhin. El nuestro duró hora y media, embarcándonos en Ruedesheim y desembarcando en St. Goar, tramo que goza de la declaración de patrimonio de la UNESCO por su belleza natural y monumental.
El viaje fue muy placentero porque íbamos cómodamente instalados en la parte superior de la embarcación, pese a que nos llovió a ratos, admirando los viñedos que proliferan en las riberas de este gran río, unos viñedos a veces sobre superficies tan inclinadas que nos recordaron a los de la Ribera Sacra lucense. También el vino blanco es el más habitual de esta gran y amplia zona vitivinícola, sobre todo el de la variedad Riesling. Si la cerveza alemana tiene la fama (justa, sin duda), su vino, especialmente el blanco, también la merece. Al tinto alemán le faltan muchos soles y le sobran lluvias.
Tras disfrutar del crucero por el Rhin, entre viñedos y fortalezas, nos dirigimos en autobús a Heidelberg, una histórica y bella ciudad, sede de la primera universidad alemana.
Callejear por ella es una delicia, alternándose en sus calles comercios variopintos y sedes de facultades y escuelas universitarias porque su campus no está concentrado, sino disperso por toda la ciudad, sobre todo el casco histórico.
Es obligada la visita al castillo, su “schloss”, una fortaleza ubicada en un elevadísimo emplazamiento al que hay que acceder a través de un teleférico que tarda 90 segundos en hacer el trayecto.
El antiguo museo de farmacia (“apotheke” en alemán) de Munich, trasladado a Heidelberg tras la II Guerra Mundial, nos espera en este castillo con sus curiosidades, incluido un botiquín de viaje del siglo XVIII, el más antiguo del mundo. Otro récord Guinness nos aguarda en este castillo: el tonel de vino más grande. Tanto que en él caben unos 220.000 litros de vino que, incluso, dan para un par de chateos de una cuadrilla, no muy grande eso sí, de bilbaínos. Es tan grande el tonel que sobre él hasta se celebraban bailes.
• ——————————————————— •
LA SELVA QUE LES PARECIÓ NEGRA
A LOS ROMANOS
• ——————————————————— •
Heidelberg ya atrás, pero aún cerca, nos aguarda la Selva Negra, así llamada (“Silva nigra”) por los romanos cuando llegaron a ella en los “limes” del imperio y comprobaron que era tan espesa que apenas podía penetrar en ella el sol, de ahí su oscuridad y negrura.
La Selva Negra es amplísima, pues tiene casi 160 kilómetros de largo y 50 de ancho. Sus bosques de abetos, hayas, robles, abedules y otras especies atlánticas se alternan con claros y valles que recuerdan mucho al norte galaico y cantábrico español.
Muchas son las opciones que se ofrecen para conocer la Selva Negra; nosotros optamos por dedicarle una jornada completa. En ella vimos un centro etnográfico, el de Gutach, realmente interesante, en el que se muestra e interpreta la dura vida de los habitantes de la zona a través de dos viviendas-granja del siglo XVII que se conservan fielmente, una de una familia luterana y otra de una católica, con sus evidentes diferencias simbólicas.
Después fuimos a la cascada de Triberg, que forma el río Gutach en esta típica localidad montañosa, con más de 160 metros de caída y muchas opciones para visitarla y hacer senderismo a su alrededor.
Finalmente, visitamos el lago Titisee, de origen glacial. Se trata de un bello paraje con entorno y ecosistema lacustre al que llegamos en una jornada de lluvia y frío por lo que apenas pudimos disfrutar de él.
Titisee es, hoy, un centro turístico puro y duro, con las ventajas de oferta de servicios que ello comporta y los inconvenientes propios de un lugar con un impacto antrópico notorio. Aunque a veces no queda más remedio, reconozco que no me gusta hacer turismo dándome codazos ni ser codiciado objeto de deseo de comerciantes y hosteleros, ávidos de que elijas su negocio y no el de al lado.
HOHENZOLLERN: UN CASTILLO DE CUENTO Y CUENTA
Con la visita al castillo de Hohenzollern, a cierta distancia de Titisee que recorrimos en autobús mientras sesteábamos acunados por las curvas del recorrido —sobre estupendas carreteras en lo que a asfaltado se refiere, eso sí—, concluyó nuestra intensa jornada nigraselvática.
Este espectacular castillo, cuya imagen da portada a este reportaje y que parece sacado de un cuento –incluso se dice que su imagen inspiró alguna de las películas de Disney– está ubicado en una escarpada loma (855 metros de altitud) sobre la que se domina una amplia campiña del lander de Baden-Wurtemberg, entre las localidades de Hechingen y Bisingen.
Es obra de mitad del XIX, en estilo neogótico, sobre ruinas del primitivo castillo del siglo XI y de las del posteriormente reconstruido en el XVI.
Mezcla de museo y negocio de hostelería, lo mejor son sus vistas desde él y, especialmente, su impactante planta y fortaleza vista desde la distancia. Su edificación me recordó a las construcciones de Exin castillos con las que tanto disfruté de niño y que, hoy, solo son juguetes “vintage” de segunda mano, a precios de primerísima.
FRIBURGO: LA CIUDAD LIBRE Y ECOLÓGICA
Dos tardes en Friburgo, donde pernoctamos en otras tantas jornadas, nos dieron tiempo suficiente para conocer esta histórica y bella urbe alemana que fue una de las “ciudades libres” —solo dependía del emperador— del sacro imperio románico germánico, de ahí el origen toponímico de su nombre.
Llegamos tan a tiempo que, cuando accedimos a la plaza de su famosa catedral con intención de visitarla, policías y guardias de seguridad nos echaron de allí, sin muchos miramientos, porque, justo a esa hora, la cerraban para después abrirla al público, pero previo pago. La causa es que allí se iba a celebrar un concierto de rock.
Friburgo es también ciudad universitaria así que pudimos comprobar que el grupo que actuaba ese día y que nos impidió ver el interior de la catedral tenía tirón entre la muchachada estudiantil germana.
Por cierto, esta ciudad está considerada la capital ecológica de Alemania porque es la que más horas de sol tiene al cabo del año; lo del famoso microclima, vaya, que toda ciudad que se precie arroja contra su competencia como ventaja competitiva para atraer visitas y negocios.
Por su ecologismo militante y su mejor insolación, allí abundan las bicicletas, más que en el Tour, el Giro y la Vuelta juntas, y tejados y balcones compiten por ver quién coloca más paneles solares para generar energía fotovoltaica renovable de autoconsumo. Friburgo tiene muchos rincones que merece la pena visitar, pero yo recomiendo no dejar de ir a la plaza de los Agustinos, un lugar con un sabor especial, como el de la cerveza “Agustiner” que sirven en un establecimiento típico. Y tópico: cerveza y salchichas o codillo con chucrut y puré de patatas o “pommes” fritas esperan a los clientes.
• ——————————————————— •
CAMINO A ALSACIA:
CORAZÓN FRANCÉS, ALMA GERMANA
• ——————————————————— •
Dejamos ya atrás la Selva Negra y algunas de las ciudades de referencia que están en su entorno, como es el caso de Friburgo y también de Baden-Baden, una especie de Montecarlo a la germana pues es un lugar con casino, balnearios, hipódromo y un glamuroso y caro comercio. Turismo de lujo, vaya.
La visita al inmenso bosque que les pareció negro por su espesura a los romanos ha sido apenas panorámica, cuando lo ideal habría sido disfrutarla con más tiempo y menos prisas. Volveremos, como el general McArthur a Filipinas.
Nuestro estupendo guía, Óscar, un alicantino realmente profesional, empático y elegante y prudentemente contenido, nos dirigió después hacia la Alsacia, de corazón francés y alma alemana, aunque en realidad es un híbrido de ambas naciones y culturas que tantos desencuentros han tenido a lo largo de la historia. El último, hace poco más de 80 años y con muchos muertos y destrucción por medio: la II Guerra Mundial.
La bellísima ciudad de Colmar fue nuestro primer destino alsaciano, un lugar con el encanto especial que le otorgan las casas entramadas y su “pequeña Venecia”, así llamada por los canales que atraviesan parte de ella, con sus puentes, barcas tipo góndolas y casas floridas. Visita obligada, sobre todo en diciembre, cuando ésta y otras ciudades alemanas y francesas de la zona se inundan de coloristas mercadillos, casi siempre nevados en esa Navidad casi de cuento que allí se ofrece.
Tras Colmar visitamos una bodega de vino ecológico alsaciano en Ribeauville, la de Louis Sipp. Allí hicimos una cata (a palo seco, eso sí) y nos atendió, en español y muy bien, la propia esposa del bodeguero. Blanco, solo vino blanco, porque el tinto que hacen, poco, no nos lo quieren dar siquiera a probar a los españoles, dándose por derrotados de antemano ante los superiores cuerpo y buqué de nuestros caldos, especialmente el Rioja y el Ribera de Duero. Probamos seis vinos de cuatro variedades y/o pagos, todos ricos, pero sin llegar ninguno al frenesí: Sylvaner, Riesling, Hageneau y Gewurztraminer. Por cierto, esta última es una variedad de uva blanca y de nombre casi impronunciable para un español que también se cultiva en algunas bodegas hispanas, entre ellas “Río Negro”, en Cogolludo (Guadalajara).
Tras Colmar y Ribeauville, la siguiente parada fue Riquewihr, un pueblo medieval muy bien conservado y considerado como el de mayor encanto de toda la Alsacia. Apenas es una calle, larga y empinada, pero conformada por casas entramadas y pintadas con colores diversos, incluso algunos arriesgados, que, efectivamente, dan un embrujo, una magia, una hermosura especial a este pueblecito. En él se ofrece tanta restauración y comercio y está siempre tan lleno de gente que a algunos ya les parece un parque temático más que una villa alsaciana que tuvo la suerte de no ser bombardeada en la última gran guerra. En todo caso, merece la pena conocerlo, aunque recomiendo ir allí como hacen las palometas en el mar —los “papardos” que llaman en Comillas—, contra corriente y huyendo de los bancos del resto de peces; es decir, en estaciones y fechas en las que no sea temporada alta porque, de lo contrario, habrá momentos en los que no sepas si estás saliendo o entrando en el metro o haciendo cola para un concierto de Bad Bunny. Y sin derecho a casita.
ESTRASBURGO: LA CIUDAD DE LOS CAMINOS Y LOS CANALES
Tras la pequeñez, que no la soledad, de Riquewihr, nos esperaba la grandeza (en muchos sentidos) de Estrasburgo, la capital de Alsacia, también de la región francesa del Bajo Rhin y media capital de Europa, como ya hemos dicho al principio.
La ciudad de los caminos, que ese es el origen toponímico de Estrasburgo, nos recibió a media tarde con un sol sonriente que dejaba atrás los días de lluvia y fresco que, hasta ese momento, nos habían acompañado en este viaje. La lluvia, intermitente, molesta a veces, no nos impidió hacer nada, si bien nos jarreó, literalmente, cuando visitábamos el castillo de Heidelberg. Dicen que en Alemania hace frío medio año y el otro medio, mucho frío. Y entre medias, llueve mucho. Yo, la verdad, no pasé frío, pero porque no me quité nunca una chaqueta que llevaba y, a veces, sobre ella, no me quedó más remedio que ponerme un chubasquero y reforzar mi protección con un paraguas. Me tira mucho el norte de España, sobre todo Cantabria, así que, por mí, todo en orden en el viaje, climatológicamente hablando. Y en casi todos los demás sentidos, también.
El sol de Estrasburgo nos levantó el ánimo, que nunca fue bajo, bien al contrario, pero los españoles, como las plantas, además de agua (que no faltó como ya he dicho) necesitamos luz y calor para cargar las pilas. Somos fotófilos y heliófilos por decirlo finamente.
La capital alsaciana es, sin lugar a dudas, una de las ciudades más bellas de toda Europa, plena de monumentos, ambientes y detalles urbanos, con especial relevancia de los canales que la recorren, comunican y vertebran. Arrastra una importante y singular historia de frontera y encrucijada de caminos, con sus ingeniosas fortificaciones a base de piedra y agua, algunas de origen incluso romano, como bastantes de las ciudades en las que hemos estado en este viaje.
Los canales del río Ill son navegables. Y los navegamos, viendo primero el casco histórico de traza y aspecto medieval, con sus casas entramadas, muchas de ellas pertenecientes a los gremios de comerciantes, tan importantes para la ciudad en el pasado, después sus ampliaciones ya en la edad moderna y, finalmente, los nuevos barrios contemporáneos que han surgido en las últimas décadas para otorgar espacio a los imponentes edificios del parlamento europeo, el TEDH y otras instituciones europeas que allí tienen su sede. Incluido el Consejo de Europa, que no forma parte de la estructura de la UE, pero que es la principal organización defensora de los derechos humanos del continente.
La catedral de Notre Dame de Estrasburgo es una auténtica joya de origen románico, pero fundamentalmente gótica y tardo-gótica que disfrutamos de manera especial porque hasta pudimos oír misa dominical en ella. Un organista y una salmista con voz soprano magistrales hicieron aún más cálida nuestra visita a la Notre Dame alsaciana. Curiosamente, mientras en España se celebraba el Corpus, allí se celebraba su octava. Los franceses, siempre por delante. Bueno, casi siempre, que no por mucho madrugar amanece más temprano. Y ese refrán no se lo saben.
Además de disfrutar del gran ambiente en las calles que, a poco que el tiempo lo permita, tiene Estrasburgo, incluido un animado e inquieto movimiento estudiantil pues también es ciudad universitaria de antiguo, y de su monumentalidad y belleza natural, sobre todo la aportada por los canales, un total de trece museos esperaban nuestra visita. Apenas estuvimos 24 horas allí por lo que nos tuvimos que conformar con ver solo algunos, destacando entre ellos el de Arte Moderno y Contemporáneo, el Histórico y el Alsaciano. También hay un planetario y un observatorio astronómico.
Como ya quedó acreditado en un reportaje anterior publicado en este mismo medio y firmado por ese gran paseante viajero (también buen periodista y escritor, aunque en esto último no se prodigue) que es Augusto González Pradillo, Estrasburgo es una ciudad con tanta personalidad y atractivos que, cuando se va a ella, parece que siempre se ha estado allí. A Estrasburgo no se va, se vuelve.













